Chapter 12
El aire en el hangar de Silas sabía a ozono quemado y a la amarga estática de una sinapsis forzada. Mateo se desplomó contra el chasis del Chatarrero-7, con los dedos aún encajados en la garra de mando, un espasmo residual recorriéndole el antebrazo como un cable de alta tensión pelado. La luz de neón del techo parpadeaba, proyectando sombras sobre la mancha de aceite que, para Mateo, tenía la forma exacta de su deuda: cuatro millones ochocientos mil créditos de asfixia financiera.
—Tu sistema nervioso está al límite, chico —gruñó Silas, sin levantar la vista de la unidad de control. Sus manos callosas temblaban, un detalle que no pasó desapercibido para Mateo—. Ese componente de Valeria no es una mejora. Es un grillete. Te obliga a una sincronización profunda que está friendo tus neuronas. Si vuelves a subirte, podrías no bajar con la mente intacta.
Mateo escupió sangre sobre el suelo metálico. El dolor en la base de su cráneo era un martillo constante. —La Academia me ha marcado como Amenaza Nivel Rojo. Si no gano este duelo, el desguace es lo de menos; borrarán mi nombre de los registros y mi familia será una nota al pie en el mercado de esclavos de la Secta.
Silas dejó la herramienta y se acercó, su rostro surcado por cicatrices industriales iluminado por la luz mortecina. —¿Crees que el duelo es el final? El consorcio que compró tu deuda no busca un piloto, Mateo. Buscan el núcleo. Es una llave maestra que no debería existir. Si ganas, no te liberan; te encadenan a una jaula más grande.
Mateo miró el Chatarrero-7. Activó el código de evasión de Valeria, ocultando su firma bajo una capa de ruido estático. —Si voy a morir en la arena, lo haré bajo mis términos.
*
Las alarmas de la Arena de Pruebas aullaban con un tono metálico. En el centro del foso, el Chatarrero-7 crujía bajo el peso de los supresores magnéticos. —¡Objetivo: Amenaza Nivel Rojo! ¡Neutralización inmediata! —rugió la voz sintética de la Academia. El público abucheaba con una intensidad que se sentía como presión física.
Desde el palco, Valeria observaba con una frialdad quirúrgica. Ella no buscaba salvarlo; buscaba que el Chatarrero-7 sobreviviera lo suficiente para filtrar la corrupción de los jueces ante los ojos de toda la Ciudad-Secta.
El primer oponente, un titán cromado, se lanzó con una lanza de plasma. Mateo sintió el componente de Valeria calentarse en su columna, un puente de datos que le permitía anticipar el movimiento del enemigo. Esquivó por milímetros y, con un giro brutal, desgarró el núcleo del otro mecha. El sistema, forzado por el protocolo de auditoría pública, no tuvo más remedio que desbloquear el nivel superior. El estruendo fue ensordecedor. Las luces de la arena pasaron de un rojo punzante a un dorado quirúrgico. El público calló, estupefacto.
Mateo no se detuvo. En el Nivel Superior, tres mechas de élite lo aguardaban. La sincronización neuronal, potenciada por el estabilizador, se sentía como una aguja al rojo vivo recorriendo su corteza cerebral. Cuando el líder atacó, Mateo canalizó el daño estructural de su propia rodilla derecha y la placa pectoral fatigada hacia el núcleo. La técnica prohibida transformó la debilidad en un empuje cinético devastador. El metal chilló, retorciéndose, y el Chatarrero-7 se movió con una fluidez antinatural, atravesando la formación enemiga en una reacción en cadena que desactivó los sistemas de la arena por completo.
El silencio que siguió fue absoluto. La deuda parpadeaba en las pantallas gigantes: 'CONGELADA POR DECRETO DE MERCADO'. Mateo había ganado, pero al salir de la cabina, sus piernas colapsaron. El aire sabía a victoria amarga.
Valeria se acercó, flanqueada por agentes del consorcio. No había rastro de compasión en sus ojos. Deslizó una pantalla ante él, revelando el esquema del núcleo. —Tu armazón no es un prototipo, Mateo. Es la llave de la infraestructura energética de toda la Ciudad-Secta. Lo que has hecho hoy no es pilotar; es declarar la guerra al sistema.
Mateo miró a su alrededor. La plataforma de premiación, antes un sueño de libertad, ahora se revelaba como la primera pieza de un tablero mucho más grande. El consorcio no lo había comprado para ejecutarlo, sino para usarlo como su arma contra el resto de las Sectas. El ladder, esa escalera de ascenso que creía haber conquistado, se extendía ahora hacia arriba, perdiéndose en las sombras de una conspiración que apenas empezaba a comprender.