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Chapter 5: Chapter 5

Mateo enfrenta la presión de un duelo de exhibición obligatorio tras su ascenso a Élite. Valeria intenta comprar su patente para desmantelarlo, pero Mateo se niega, decidiendo forzar la simbiosis con el prototipo a pesar del daño físico que esto le causa, preparando el terreno para el duelo final.

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Chapter 5

El zumbido del Chatarrero-7 no era un ronroneo; era un grito agónico contenido en una jaula de acero. Mateo observó la pantalla de su terminal mientras el contador de deuda, una cifra implacable de 4.8 millones, parpadeaba en un rojo que le quemaba las retinas. La notificación oficial de la Academia no era una invitación, era una sentencia: "Duelo de exhibición, clase Élite. Fecha: 72 horas. Riesgo: Revocación total de licencia y confiscación de activos".

Silas emergió de debajo del chasis principal, limpiándose el aceite negro de las manos con un trapo que apestaba a ozono. Sus ojos, hundidos y cansados, se clavaron en la pantalla.

—Ya lo han hecho oficial —dijo Silas, su voz sonando como metal rozando piedra—. No es un duelo, Mateo. Es una purga. Saben que el núcleo no es chatarra común. Lo han detectado en la última auditoría; la firma de energía es demasiado pura, demasiado vieja para pertenecer a este siglo. Si entras en esa arena, te desguazarán para entender cómo un chatarrero logró que una pieza de museo superara a sus modelos de producción masiva.

Mateo sintió el peso del metal bajo sus pies.

—Si gano, me ascienden. Si pierdo, se quedan con el núcleo y mi vida queda en cero.

—Si ganas —corrigió Silas—, te convertirás en el blanco principal de cada envidioso con dinero en esta secta. La Academia no tolera anomalías que no puede controlar.

El eco de las botas de Valeria sobre el suelo metálico de la Academia, horas más tarde, fue un metrónomo de desprecio. Mateo apenas había logrado limpiar el hollín de sus manos cuando ella le cortó el paso en el pasillo principal. La heredera no estaba sola; dos guardias de seguridad flanqueaban sus costados como perros de presa.

—El olor a aceite quemado te precede, Mateo —dijo ella, deteniéndose a una distancia insultante—. He visto los registros. Ese motor es una pieza de ingeniería que no debería existir en tu clase. Véndeme la patente ahora y te libraré de la deuda.

Mateo sintió el contador de deuda parpadeando en su muñeca. Valeria no ofrecía caridad; ofrecía una ejecución civilizada. Si él entregaba el prototipo, su armazón sería desmantelado y él terminaría como un operario de bajo nivel en las minas.

—No está a la venta —respondió Mateo, manteniendo la voz firme. La mirada de Valeria, fría y calculadora, le reveló algo más profundo: ella no buscaba el motor por avaricia, sino por miedo. Temía que una anomalía como él demostrara que el talento real no se compra con los créditos de su familia.

—Entonces, que el mercado de sectas sea testigo de tu caída —sentenció ella, alejándose con una sonrisa gélida—. Te destruiré no solo en la arena, sino en tu reputación. Nadie recordará tu nombre cuando termine contigo.

De regreso en el taller, el aire estaba cargado de ozono y el olor acre del refrigerante quemado. Mateo se sentó en la cabina del Chatarrero-7, con los electrodos de la interfaz neuronal pegados a sus sienes.

—Si vuelves a forzar la entrada de datos, tu corteza cerebral se freirá antes de que el armazón siquiera llegue al sector de combate —gruñó Silas, señalando un monitor donde una línea de energía inestable bailaba como un electrocardiograma enloquecido.

Mateo ignoró el mareo que le punzaba detrás de los ojos. Cerró los ojos y, en lugar de mirar los indicadores, se dejó caer en la red neuronal del prototipo. Al principio, solo hubo estática, pero luego, el metal del Chatarrero-7 dejó de ser una máquina externa. Sintió la microfisura en la rodilla izquierda del chasis como si fuera un hueso propio, una punzada fría y aguda que le recorrió la pierna. Podía sentir el calor del núcleo antiguo, un pulso rítmico y hambriento que exigía más energía, más presión.

—Lo siento, Silas —susurró Mateo, apretando los dientes mientras una gota de sangre caía de su nariz sobre la consola—. No es una máquina. Es un anfitrión. Y si voy a morir en ese duelo, al menos sabrán que no soy solo un chatarrero.

El contador de deuda parpadeaba en un rojo enfermo. Mateo conectó el cable neural. El dolor no fue una sorpresa, sino una confirmación. Una descarga de estática fría le recorrió la nuca, un castigo inmediato por la simbiosis forzada. Sus dedos, entumecidos por el esfuerzo de la calibración, se cerraron sobre las palancas de mando con una firmeza desesperada. La pantalla táctil se iluminó: Duelo de Exhibición Obligatorio. Clasificación: Elite. Riesgo de Licencia: Total.

Mateo activó el encendido. El Chatarrero-7 rugió, una vibración que resonó en sus propios huesos, prometiendo un poder que la Academia jamás podría controlar, pero que pronto, muy pronto, le cobraría su precio en sangre.

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