Chapter 4
El Chatarrero-7 no se apagó; se rindió. El último pulso del reactor fue un gemido metálico que recorrió la estructura, dejando a Mateo suspendido en una cabina que olía a ozono, aceite quemado y fracaso inminente. En su retina, el contador de deuda destellaba con un rojo agresivo: 4.8 millones de créditos. Cada segundo de funcionamiento era un interés compuesto que lo enterraba más profundo en la fosa de la Academia.
Mateo salió de la cabina, con las piernas entumecidas por la sobrecarga. En el hangar, Silas no lo recibió con aplausos, sino con un destornillador en la mano y una sombra de terror en los ojos. El viejo mecánico estaba agachado sobre el núcleo de energía, que ahora brillaba con una luz azulada, casi violenta, que no pertenecía a ninguna máquina de la serie Siete.
—Has ganado el rango Elite, Mateo —dijo Silas sin mirarlo, su voz era un filo de acero—. Y con eso, has firmado tu sentencia. La Academia ha triplicado tus tasas de mantenimiento. Si no consigues piezas, el Chatarrero-7 será chatarra antes de que termine el turno de mañana.
Mateo se acercó, limpiándose el sudor con un trapo impregnado de grasa. —Ganar era la única forma de seguir en la escalera. Si me quedaba abajo, me desguazaban hoy mismo.
Silas golpeó el monitor, revelando un diagrama esquelético del armazón. Las alertas de fatiga parpadeaban en rojo, pero el núcleo, el corazón de la máquina, latía con una firma de energía que desafiaba la lógica. —Esto no es un motor de la serie Siete. Es un prototipo de una era olvidada. Si los auditores detectan esta frecuencia, no te desguazarán por deuda; te harán desaparecer por posesión de tecnología prohibida.
La revelación golpeó a Mateo con más fuerza que cualquier impacto en la arena. Su máquina no era una reliquia; era una bomba de tiempo.
Horas después, el pasillo de la zona Elite de la Academia se sentía como un corredor de ejecución. Sus botas, manchadas de aceite, chirriaban contra el polímero inmaculado. Valeria lo esperaba al final, apoyada contra una columna de cristal, impecable, como si el mundo no se estuviera desmoronando a su alrededor.
—El estatus es un peso muerto, ¿verdad, Mateo? —dijo ella, analizando su postura con una frialdad que le erizó la piel—. He visto los registros de tu última prueba. Esa técnica de transferencia de carga… no es estándar. Es un desperdicio que un piloto de tu clase se arruine intentando mantener una reliquia. Véndeme la patente. Limpiaré tu deuda y te daré un asiento en mi escuadrón.
Mateo sostuvo su mirada, sintiendo el peso de la humillación. Ella no quería un aliado; quería diseccionarlo.
—Si es un desperdicio, ¿por qué te importa tanto? —replicó Mateo.
Valeria sonrió, pero sus ojos permanecieron vacíos. —Porque las anomalías como tú eventualmente se estrellan, y prefiero recoger los restos antes de que el sistema los incinere. Si no vendes, asegúrate de que tu máquina aguante el duelo de exhibición de la próxima semana. Porque si pierdes, te quitaré el armazón pieza por pieza.
Mateo pasó de largo, con el pecho ardiendo. Al llegar a su terminal, la notificación de la Academia brilló en la oscuridad: duelo de exhibición obligatorio. La cláusula en negrita era clara: la derrota significaba la revocación inmediata de su licencia y la confiscación total de sus activos. La Academia había diseñado el duelo para que su máquina, bloqueada de suministros y asfixiada por deudas, fallara bajo la presión del combate.
Regresó al hangar. Silas seguía observando el núcleo prohibido, con las manos temblorosas.
—No tenemos piezas, Mateo —dijo el viejo, sin girarse—. Pero tenemos el prototipo. Si vamos a morir, que sea forzando los límites de lo que ellos creen imposible. La Academia quiere un espectáculo; dales uno que no puedan borrar.