The Price of Advancement
El zumbido del Chatarrero-7 al enfriarse sonaba como un estertor agónico, un quejido de metal fatigado que se filtraba por las paredes del hangar. Mateo bajó de la cabina, con los músculos todavía vibrando por la carga G de la última maniobra. Lo primero que vio al aterrizar en el suelo manchado de aceite fue la pantalla de su terminal personal. El dígito era una herida abierta: 4.8 millones de créditos. El número parpadeaba en rojo sobre negro, un recordatorio de que su victoria en la prueba de agilidad no era un triunfo, sino una condena financiera.
—Déjalo de mirar, Mateo —gruñó Silas desde la sombra de un estante lleno de piezas oxidadas—. Si lo miras más, la deuda no bajará, pero tus ganas de rendirte sí crecerán.
Mateo ignoró el comentario, pasando un paño por el actuador de la pierna izquierda. El metal estaba estriado, con marcas de fatiga que brillaban con un tono cobrizo poco natural. La técnica prohibida le había dado la velocidad necesaria para dejar atrás a los favoritos, pero el precio era evidente: el chasis estaba siendo devorado por su propio empuje.
—La Academia ha bloqueado mi acceso a los suministros —dijo Mateo, con la voz baja—. Intenté pedir los pistones de la serie Siete y el sistema los marcó como 'recurso restringido para pilotos en auditoría'.
Silas se acercó y golpeó el blindaje con el nudillo. El sonido fue hueco, revelando la fragilidad subyacente. —Quieren que te estrelles en la próxima prueba. Si no puedes comprar piezas, tendrás que improvisar con lo que queda de la tecnología antigua. Pero escucha bien: si el sistema detecta la firma de energía de esa técnica prohibida fuera de la arena, no habrá auditoría que te salve. Te borrarán del registro.
Al día siguiente, los pasillos de la Academia se sentían como una prensa hidráulica. El aire, filtrado y estéril, olía a ozono y al perfume caro que Valeria dejaba a su paso. Ella lo interceptó cerca del ala de mantenimiento, su uniforme de gala impecable frente a la ropa de trabajo de Mateo.
—Tu armazón es una ofensa, Mateo —dijo Valeria, sin siquiera mirarlo a los ojos—. El Chatarrero-7 suena como un ataúd metálico. He visto tu registro. Estás en números rojos y la Academia ha cerrado el grifo de los suministros. Véndeme la patente de tu maniobra. Es un suicidio técnico intentar pilotar ese trasto en el nivel de élite.
Mateo se detuvo, sintiendo el peso de la tarjeta de acceso que apenas le permitía estar allí. —Si tanto te molesta, no mires, Valeria. Mi deuda no es una debilidad, es el motor que me obliga a ser más rápido que tú.
Valeria sonrió, una expresión gélida que no llegó a sus ojos. —No quieres ganar, Mateo. Solo quieres arder con estilo. Pero el sistema no permite anomalías. Cuando te destruyas en la arena, ni siquiera quedará rastro de tu patente.
El duelo de alta intensidad comenzó bajo el rugido de la Arena de Pruebas. Frente a él, el 'Vanguardia' de la serie plateada se movía con una fluidez insultante. Mateo revisó su consola: 4.8 millones de deuda, integridad al 64%. El Vanguardia cargó, dejando una estela azul de alta eficiencia. Mateo no esquivó. En su lugar, forzó el brazo derecho del Chatarrero-7, activando la secuencia prohibida. Un chasquido agudo resonó en la cabina; el metal se quejó, pero el empuje cinético disparó al Chatarrero hacia adelante como un proyectil. El público contuvo el aliento cuando Mateo, en un ángulo imposible, esquivó el ataque de su rival y golpeó el punto ciego del Vanguardia, enviándolo contra los escudos de contención. La victoria fue estrecha, caótica, y dejó a su armazón inerte en el centro de la arena, humeando bajo la mirada de los jueces.
Tras el duelo, la frialdad del Centro de Mando fue absoluta. Mateo fue ascendido oficialmente a la categoría Elite. Sin embargo, al ver el nuevo balance en la pantalla, el peso de la realidad lo golpeó: la Academia había ajustado las tasas de mantenimiento para la élite, elevando el costo de reparación a niveles inalcanzables.
—Es una trampa, Mateo —dijo Silas, observando los registros técnicos tras el regreso al hangar—. Han abierto la categoría Elite para excluirte. Quieren que entres ahí con un armazón que se desmorona para que tu fracaso sea un espectáculo público.
Silas se detuvo de repente frente a una lectura del núcleo del armazón. Sus ojos se abrieron con una chispa de terror y fascinación. Manipuló los mandos, filtrando la firma de energía que Mateo había forzado durante el duelo. La pantalla mostró un patrón geométrico antiguo, una frecuencia que no pertenecía a ninguna serie de la Academia.
—Esto no es chatarra, Mateo —susurró Silas, con la voz temblorosa—. Este núcleo es un prototipo de una era olvidada. Si esto sale a la luz, no solo pagarás tu deuda; cambiarás el orden de la secta por completo. O te matarán antes de que puedas encenderlo de nuevo.