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Chapter 2: The Visible Gain

Mateo sobrevive a la auditoría inicial, pero su victoria aumenta su deuda y atrae la atención hostil de Valeria. La Academia lo fuerza a un duelo de alta intensidad, dejando claro que su ascenso es una trampa diseñada para arruinarlo financieramente.

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The Visible Gain

El humo negro que escapaba de las juntas del Chatarrero-7 no era simple vapor; era el olor a una bancarrota postergada por apenas unos minutos. Mateo descendió de la cabina con las piernas temblando, el sudor mezclado con grasa industrial escociéndole los ojos. En el centro del taller de Silas, el armazón emitía un siseo metálico, una sinfonía de piezas que se negaban a encajar tras el esfuerzo de la prueba. Cada vez que una placa de blindaje se contraía, el metal soltaba un quejido agónico que resonaba en las paredes oxidadas del Sector de Desguace.

Silas salió de las sombras, con una tableta de diagnóstico en la mano y el ceño fruncido como una cicatriz permanente. No hubo felicitaciones. Se acercó al pecho del mecha, donde la armadura estaba abollada hacia afuera, una señal clara de la técnica prohibida.

—Has forzado el limitador de inercia hasta el punto de la fractura molecular —gruñó Silas, sin levantar la vista del monitor—. Has ganado la prueba, sí, pero has dejado el chasis al borde de la deformación permanente. Si intentas otro salto cinético antes de reemplazar el núcleo de soporte, este armazón no se desguazará; se desintegrará contigo dentro.

Mateo limpió la grasa de sus manos con un trapo sucio, sintiendo un peso frío en el pecho al mirar la terminal de la pared. El nuevo estatus de su cuenta parpadeaba en letras rojas: "Rango: Ascendido. Deuda neta: 4.8 millones". La victoria no lo había liberado; solo había inflado los costos de mantenimiento de emergencia por encima de sus ingresos. El sistema de la Academia no perdonaba el éxito si este no venía respaldado por una billetera llena.

Horas después, en el mercado de sectas, el ambiente era más hostil. Mateo buscaba un regulador de presión de segunda mano entre los puestos de neón, pero cada vendedor negaba con la cabeza antes de que él pudiera terminar la frase.

—La Academia ha bloqueado los suministros para la serie Siete —dijo un mercader, sin dejar de manipular su terminal—. Dicen que tu máquina es un riesgo de seguridad.

Antes de que Mateo pudiera replicar, dos hombres con el uniforme impecable de la facción de Valeria le cortaron el paso. Sus armaduras, cargadas de sensores de alta gama, hacían que el Chatarrero-7 pareciera una pila de chatarra humeante.

—La señorita Valeria ha visto tu peculiar despliegue —dijo uno de ellos, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos—. Ella ofrece comprar la patente de tu maniobra. A cambio, tu deuda será liquidada y podrás retirarte del ladder con dignidad.

—Mi dignidad no está en venta —respondió Mateo, sintiendo el peso de su armazón a sus espaldas.

—Entonces prepárate para ser desarmado pieza por pieza —replicó el agente antes de retirarse.

La advertencia no fue vacía. Al día siguiente, el Centro de Auditoría de la Academia lo convocó a una revisión sorpresa. El examinador jefe, un hombre con ojos que escaneaban datos en tiempo real, observaba el Chatarrero-7 con frialdad quirúrgica.

—El rendimiento cinético de tu unidad no coincide con la eficiencia teórica —dijo el examinador, golpeando su tableta—. ¿Qué modificaciones ocultas bajo la placa torácica?

Mateo mantuvo la mirada firme, con la barbilla apenas levantada.

—Es inercia residual, señor. El armazón ha sufrido tantas reparaciones que las juntas han desarrollado una holgura mecánica. Es pura inestabilidad, no una modificación.

El examinador se quedó en silencio, analizando los datos. Finalmente, estampó una nota de vigilancia en el expediente. Mateo había ganado tiempo, pero el examinador le lanzó una mirada que prometía una cacería activa.

Al regresar a la plataforma de observación, el contador de su deuda parpadeaba con una crueldad aritmética: la reparación necesaria para la siguiente fase superaba cualquier crédito que hubiera ganado. Valeria estaba allí, al borde del palco, impecable en su uniforme de seda técnica. Su mirada era la de una entomóloga observando un espécimen extraño.

—Nada mal para un montón de chatarra con complejo de héroe —dijo ella, su voz gélida resonando en el hangar.

Mateo se limpió el sudor de la frente, dejando una marca oscura en su piel, y la miró sin bajar la cabeza.

—El armazón no es chatarra si sigue funcionando cuando los otros se quedan sin energía —respondió él.

Valeria soltó una carcajada seca y señaló el monitor principal. La Academia acababa de publicar el nuevo nivel del ladder: un duelo directo de alta intensidad. El ascenso de Mateo era oficial, pero el costo de entrada para la siguiente ronda era una sentencia de muerte financiera. Valeria lo observaba desde el palco, su desdén convirtiéndose en una curiosidad peligrosa mientras Mateo comprendía que su ascenso era una trampa perfectamente diseñada.

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