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Chapter 1: The First Test

Mateo, acorralado por una deuda impagable y una orden de desguace inminente, utiliza una técnica prohibida proporcionada por su mentor, Silas, para superar una prueba de agilidad pública. Su éxito no solo evita la destrucción de su armazón, sino que atrae la atención peligrosa de su rival, Valeria.

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The First Test

El contador de deuda en la consola del Chatarrero-7 no era un número; era una guillotina que parpadeaba en un rojo agónico: 4,200,000 créditos. Cada vez que el motor de fusión tosía, el chasis de la unidad vibraba con un chirrido metálico, un recordatorio constante de que el armazón estaba más cerca de convertirse en chatarra que en una máquina de combate.

Mateo apretó los controles, sintiendo el sudor frío resbalar por su nuca. En el patio de auditoría de la Academia, el aire estaba viciado por el ozono y el desprecio silencioso de los inspectores. A su alrededor, los armazones de los cadetes de élite —pulidos, cromados, con sistemas de refrigeración de última generación— parecían dioses de metal frente a su máquina remendada con placas de desguace y cables expuestos.

—Unidad 7-B, Mateo —la voz del inspector principal, un hombre cuyo traje impecable parecía un insulto personal en aquel mercado de sectas, resonó por los altavoces—. Fuga de presión en el actuador del hombro izquierdo. Inestabilidad en la matriz de energía. Tu unidad es un peligro público. La orden de liquidación está firmada. Desguace inmediato.

Mateo no bajó la cabeza. La humillación era un lujo que su familia, enterrada bajo generaciones de deuda, no podía permitirse. A través del cristal reforzado, vio a Valeria en el palco superior. Ella no lo miraba a él, sino al vacío, como si la sola existencia de un piloto con deudas heredadas fuera una mancha en su campo visual. Su perfección era una pared de cristal que Mateo estaba decidido a romper.

—El reglamento permite una apelación operativa —dijo Mateo, su voz sonando metálica a través del comunicador—. Si el armazón supera la prueba de agilidad de nivel uno, la orden de desguace debe suspenderse.

El inspector soltó una carcajada seca, pero la presión del mercado, que siempre buscaba espectáculo, obligó al sistema a aceptar. Mateo bajó de la cabina. El suelo de rejilla vibraba bajo sus botas mientras caminaba hacia la bahía de Silas, oculta bajo las vigas oxidadas de la Ciudad-Secta.

—Si lo fuerzas otra vez, el servo-actuador derecho se soldará por fricción —dijo Silas sin levantar la vista de su consola. El viejo mecánico golpeó un panel lateral con una llave inglesa, haciendo saltar una lluvia de chispas anaranjadas—. Estás a un movimiento en falso de que la Academia te confisque hasta los dientes.

—No tengo otra opción, Silas —sentenció Mateo, con una urgencia que no admitía réplicas—. Si no muestro algo que valga la pena, me desguazan antes del mediodía.

Silas soltó un bufido y, tras un largo silencio, se puso en pie. Caminó hacia un compartimento sellado con una placa de seguridad antigua. Sus dedos, callosos y manchados de grasa, teclearon una secuencia prohibida. Sacó un registro técnico amarillento: una modificación de flujo de energía que ignoraba los limitadores de seguridad de la Academia. Era una técnica diseñada para convertir el daño estructural en empuje puro.

—Esto no es una reparación, Mateo. Es una apuesta —advirtió Silas—. Si el armazón no aguanta, no será desguazado; será vaporizado.

Mateo tomó la nota. La supervivencia era un lujo que debía comprar con riesgo. Regresó a la arena. El aire se masticaba, cargado de aceite quemado y el desprecio gélido de los palcos superiores. La señal de inicio resonó. Mateo impulsó el Chatarrero-7, ignorando el grito agónico de las juntas. Al llegar al primer obstáculo, un pilar de energía diseñado para quebrar bastidores, Mateo no frenó. En el instante de máxima presión, activó la secuencia oculta. El motor rugió con un tono nuevo, un zumbido profundo que hizo vibrar los palcos. El armazón no se rompió; se reconfiguró. Las placas de metal se ajustaron, absorbiendo la energía del impacto y convirtiéndola en un impulso cinético que lo lanzó hacia la siguiente plataforma. Valeria, desde el palco, se inclinó hacia adelante, su desdén convirtiéndose en una curiosidad peligrosa. El contador de deuda parpadea en rojo mientras Mateo ejecuta la maniobra prohibida; el armazón no se rompe, se transforma.

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