Fuego en el sistema
El aire en los niveles industriales sabía a ozono quemado y a la desesperación metálica de un frame al límite. Mateo, dentro de la cabina del 'Desguazado', sentía cada vibración del chasis como una puñalada en su propio sistema nervioso. Las alarmas de la Academia, un coro de tonos agudos que marcaban su sentencia de muerte, resonaban en la red local con una cadencia implacable. Veinticuatro horas. Ese era el margen antes de que el protocolo de purga borrara su existencia de la base de datos.
—El sector de mantenimiento de Javi está a dos niveles de profundidad —la voz de Valeria, filtrada por el comunicador, sonaba tensa, despojada de la arrogancia de la heredera perfecta. Ella pilotaba su frame a escasos metros, una silueta elegante que ahora compartía el estigma de la traición—. Si la IA de la Academia bloquea los túneles de ventilación, no saldremos ni como chatarra.
Mateo no respondió. Sus manos se movían sobre los controles, sintiendo cómo la cadena de control biológico, grabada en sus antebrazos, palpitaba en sincronía con el motor recalentado. El brazo izquierdo del 'Desguazado', una amalgama de piezas de desecho, amenazaba con colapsar. De repente, una luz roja inundó su pantalla: un escuadrón de centinelas, drones autónomos de la Academia, bloqueaba la salida principal. Mateo no buscó una ruta de escape; buscó una brecha. Invocó la técnica prohibida, esa sobrecarga de red que Javi le había enseñado, y sintió cómo un incendio violeta recorría su sistema nervioso. El brazo del frame se bloqueó, pero la red de cámaras local estalló en estática. Los drones giraron sin rumbo, ciegos ante su avance. Mateo se lanzó hacia la oscuridad del Hangar 42, dejando tras de sí un rastro de chispas y metal retorcido.
Al llegar al hangar, el ambiente era una trampa mortal. Javi estaba de pie frente a la consola central, rodeado por la Guardia de Hierro. Sus manos, manchadas de grasa, temblaban al insertar el código de anulación.
—¡Javi, sal de ahí! —rugió Mateo, pero el viejo mecánico solo le dedicó una sonrisa triste, una que cargaba con décadas de arrepentimiento tecnológico.
—Tú eres el que tiene la llave, Mateo. Yo solo soy el error que olvidaron purgar —dijo Javi justo antes de que un disparo de pulso impactara contra la consola. El viejo fue reducido, pero antes de que los guardias lo arrastraran, un chip de datos saltó de la ranura, directo a la mano extendida de Mateo. Era el código maestro, la llave que no solo liberaba su sistema, sino que exponía la arquitectura del experimento. Javi fue arrestado, un sacrificio necesario que dejaba a Mateo con el peso de la verdad y una cuenta regresiva que ahora marcaba doce horas.
Refugiados en los barrios bajos, donde la clase trabajadora observaba la transmisión clandestina con ojos hambrientos de justicia, Mateo y Valeria trabajaron en silencio. Valeria, usando sus privilegios de heredera antes de que el sistema los borrara por completo, hackeó el nodo central de la arena.
—Si no logramos saltar el protocolo de seguridad de la Arena Central, nos borrarán antes de que podamos subir al estrado —dijo ella, con los dedos volando sobre la consola.
Mateo observó su frame, ahora integrado con el código maestro. La interfaz violeta no era solo un error; era una nueva forma de poder. La orden de ejecución había sido emitida oficialmente por la IA central: Mateo tenía 24 horas para presentarse en la arena final o ser borrado del sistema. Pero al acceder a los archivos del torneo, el frío le caló los huesos. El campeón de la Academia no era un cadete, ni un prodigio de su clase. Era una silueta, una inteligencia artificial integrada en un frame de combate absoluto, diseñada para la perfección mecánica. El ascenso ya no era una competencia; era un duelo contra la máquina que lo había creado para ser su repuesto.