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Chapter 8: El nivel prohibido

Mateo se infiltra en los niveles restringidos de la Academia, donde descubre que el sistema de rangos y la deuda son mecanismos de un experimento de selección artificial. Valeria Solís lo intercepta, revelando su insubordinación al protegerlo, y le entrega los medios para escapar antes de que el protocolo de purga selle el sector.

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El nivel prohibido

El aire en los niveles inferiores de la Academia sabía a ozono quemado y metal viejo. Mateo apretó los dientes, sintiendo el pulso eléctrico de su interfaz violeta recorriendo su columna como agujas de hielo. El protocolo de purga de la IA ya devoraba los cimientos del sector, y el Hangar 42, el último refugio del Viejo Javi, se desmoronaba bajo el impacto de los brazos hidráulicos de los drones de auditoría.

—No pueden haber borrado todo —gruñó Mateo. Su frame, un amasijo de piezas remendadas, se deslizó entre los escombros. La IA lo había marcado como 'Amenaza Crítica'. Cada vez que sus sensores detectaban un registro de acceso, las patrullas de drones giraban sus torretas hacia su firma térmica. Mateo no podía luchar contra una legión, pero el componente violeta de su procesador central le otorgaba una ventaja injusta: podía imitar la frecuencia de las unidades de limpieza de la Academia. Se conectó al terminal maestro, un bloque de datos que aún resistía el desmantelamiento. La seguridad de la red cedió, no por fuerza, sino por un reconocimiento de jerarquía que la IA consideraba superior.

El zumbido del servidor central era una vibración que le recorría los dientes. Faltaban ocho horas para que el protocolo de purga borrara su existencia, pero el archivo que tenía ante sí exigía un precio inmediato: su propia estabilidad neuronal. La pantalla táctil del frame parpadeaba con advertencias de error crítico. La IA, al detectar la intrusión, lanzaba paquetes de datos agresivos para freír sus circuitos. Cada vez que Mateo extraía un fragmento, un choque de retroalimentación le nublaba la vista, haciéndole sentir como si le estuvieran arrancando los recuerdos a través de los puertos de carga.

—No te atrevas a cerrarte ahora —siseó, sintiendo el sabor metálico de la sangre. La cadena de control biológico, diseñada para mantenerlo sumiso y endeudado, se tensó, detectando la irregularidad en su ritmo cardíaco. Era una trampa diseñada para castigar la ambición, pero él ya no tenía nada que perder. Inyectó su propia voluntad en el flujo de datos, forzando una conexión directa.

De pronto, la realidad se desplegó ante él: los planos originales de la Academia. No era una escuela de élite, sino un sistema de selección artificial diseñado para filtrar carne humana bajo el pretexto de un prestigio inexistente. La deuda, su cadena, no era dinero; era un anclaje biológico para asegurar que el piloto no pudiera desertar antes de que el experimento concluyera. El Viejo Javi tenía razón: todo el sistema era una granja de datos diseñada para refinar la interfaz de los mechas de élite a costa de vidas humanas.

Un estruendo metálico resonó en el pasillo. Los guardias automatizados estaban a menos de veinte metros. La puerta de seguridad se deslizó con un silbido hidráulico. No eran los guardias; era Valeria Solís. Su uniforme de élite, habitualmente impecable, estaba manchado de hollín. Sus ojos ardían con una urgencia que Mateo no supo descifrar hasta que ella bloqueó el acceso manual desde dentro.

—Si sigues ahí, te desmantelarán —dijo ella, su voz cortante pero sin la frialdad de antes. Valeria desactivó su propio transmisor de rango, un acto de insubordinación que la convertía en una paria ante su familia. Le lanzó un código de acceso de alta jerarquía. —Mi familia ha ordenado tu ejecución por protegerte, Mateo. Si quieres sobrevivir al Torneo de Hierro, sal de aquí ahora. Esto es un matadero, y tú eres la única pieza que ellos no pueden controlar.

Mateo no esperó una segunda advertencia. Mientras Valeria contenía a los guardias en el pasillo, él se deslizó por los conductos de ventilación. El protocolo de purga llegaba a su fase crítica, sellando los niveles con placas de acero. Con el último aliento de su frame, utilizó una maniobra de empuje prohibida, sacrificando parte de su blindaje para romper el sello de salida. Emergió en la arena principal, con los planos en su memoria y la certeza de que el Torneo de Hierro no era una competencia, sino el matadero donde se decidiría su destino final.

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