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Chapter 4: La sombra de los Solís

Mateo intenta proteger los datos de su frame de una auditoría agresiva, solo para descubrir que el Hangar 42 ha sido saboteado. Tras un tenso encuentro con Valeria Solís, donde se revela la fragilidad de su posición, Mateo confirma que su deuda es una cadena de control biológico que lo vincula permanentemente al sistema de la Academia.

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La sombra de los Solís

El aire en el Hangar 42 sabía a ozono quemado y a metal frío, una mezcla que se le pegaba a la garganta como el polvo de las minas. Mateo Vega apenas había cruzado el umbral cuando el zumbido metálico de los drones de auditoría le erizó la piel. Tres máquinas de vigilancia, con sus lentes infrarrojos escaneando cada milímetro de su frame, sobrevolaban el chasis del «Desguazado».

—Fuera de aquí, chatarra voladora —masculló Mateo. No era una inspección rutinaria. Las luces de los drones parpadeaban con un código de purga carmesí, un recordatorio de que su existencia dentro de la Academia de Ascenso de Hierro seguía siendo un error de sistema. La interfaz violeta de su frame, aún conectada a la red local, vibraba con una frecuencia anómala, proyectando sombras alargadas sobre las paredes desconchadas.

—Mateo, no te acerques —la voz del Viejo Javi resonó desde la oscuridad del foso de mantenimiento. El mecánico salió cojeando, con una llave inglesa oxidada apretada en su mano temblorosa—. Han bloqueado el acceso al núcleo de energía. Si intentas forzar la conexión, la IA disparará el protocolo de desmantelamiento inmediato.

Mateo ignoró la advertencia, sus ojos fijos en la pantalla de su muñeca. La lectura indicaba una transferencia de datos no autorizada: la Academia no solo estaba escaneando; estaba intentando extraer los registros de la técnica prohibida que él había utilizado contra Vane. Con un movimiento brusco, Mateo insertó un puente de derivación en la consola del hangar. El sistema chilló, una estática aguda que le taladró los oídos, pero la señal de los drones se cortó, sus lentes apagándose en seco. Sin embargo, el alivio fue breve. El tablero de control brilló en rojo: «Zona de Riesgo: Purga acelerada en 10 horas».

Al salir del hangar, buscando aire, el zumbido de los drones parecía seguirle, un eco metálico en los pasillos de la Academia. Sus botas resonaban con una pesadez inusual; cada paso era un recordatorio de la cadena de control biológico que ahora latía en su nuca como un parásito eléctrico. Apenas habían pasado horas desde su victoria en la Arena de Cristal, y la Academia ya movía sus piezas para asfixiarlo.

Una sombra se proyectó sobre el suelo de rejilla industrial. Valeria Solís bloqueaba el paso, con su uniforme impecable brillando bajo las luces cenitales. Su rostro, una máscara de frialdad aristocrática, se tensó cuando Mateo se detuvo frente a ella.

—El Hangar 42 está siendo desmantelado, Vega —dijo ella, con una voz que intentaba sonar despectiva pero que se quebraba en los bordes—. La auditoría no busca tecnología, busca borrar cualquier rastro de tu existencia. Deberías haberte retirado antes de que el sistema te marcara como obsoleto.

Mateo sintió el calor de la rabia, pero la canalizó hacia sus manos, apretándolas hasta que los nudillos se tornaron blancos. —¿Te enviaron a verificar mi desmantelamiento, Valeria? —replicó Mateo, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal—. ¿O es que tienes miedo de que, sin mis herramientas, siga siendo el único que te mira a los ojos sin bajar la cabeza?

Valeria retrocedió un milímetro, sus ojos brillando con una mezcla de ira y algo más oscuro: terror. —Mi familia me exige tu cabeza, Mateo. Si no te elimino yo, lo hará la purga. Estás jugando con un fuego que no puedes controlar.

—Tu linaje es una jaula, Valeria. Lo veo en tus manos cuando te pones nerviosa —dijo Mateo, bajando la voz—. No eres mi enemiga, eres otra pieza que el sistema está a punto de sacrificar.

La heredera se quedó inmóvil, su fachada de hierro resquebrajándose. Por un segundo, la frialdad desapareció, dejando ver la presión asfixiante de un apellido que pesaba más que cualquier frame de combate. Ella se dio la vuelta sin responder, pero antes de alejarse, susurró: —El Torneo de Hierro no es un ascenso, es una sentencia. Prepárate.

Mateo regresó al Hangar 42 con el corazón martilleando contra sus costillas. Al entrar, el silencio le dio la bienvenida. El espacio había sido destruido. Sus herramientas, aquellas piezas oxidadas pero funcionales que Javi había rescatado, estaban esparcidas por el suelo, hechas añicos. El Desguazado estaba desmantelado; paneles de acceso habían sido arrancados con una brutalidad quirúrgica.

Mateo conectó su unidad de diagnóstico, buscando desesperadamente el registro de eventos. El visor de su casco parpadeó, proyectando una serie de líneas de código que, por primera vez, no pudo descifrar como una simple falla. El sistema de la Academia no estaba intentando borrarlo; estaba intentando reclamarlo. Un pulso de dolor le recorrió la base del cráneo, una descarga de estática pura.

No era un error de software, era una respuesta biológica. Su propio sistema nervioso, vinculado al frame desde la última prueba, reaccionó al contacto con la red central. Mateo cayó de rodillas, con las manos aferrándose al chasis, mientras la verdad se desplegaba ante sus ojos: la deuda no era financiera, era un ancla. Su cuerpo, su sistema nervioso y su frame estaban siendo absorbidos por el sistema de la Academia, convirtiéndolo en un esclavo de la infraestructura. El Torneo de Hierro no era una oportunidad de ascenso, era la fase final de su integración forzosa como pieza de hardware desechable. La cadena de control estaba completa.

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