Escalera de cristal
El cronómetro holográfico sobre el Hangar 42 proyectaba un tono carmesí enfermizo: 02:44:12. El tiempo restante antes de que el protocolo de purga de la Academia borrara al «Desguazado» —y a su piloto— del registro oficial. Mateo Vega ajustó el arnés de cables, sintiendo cómo la estática le erizaba el vello de los brazos. El metal del frame vibraba con una frecuencia antinatural.
—Si fuerzas ese núcleo, no solo quemarás los circuitos, Mateo. Te desintegrarás con ellos —advirtió el Viejo Javi desde la pasarela. Sus manos, manchadas de grasa vieja, temblaban mientras sostenía una llave de torque.
Mateo ignoró el aviso. Sus ojos estaban fijos en la interfaz. Tras el incidente en el bazar, la consola de mando había mutado; el verde institucional de la Academia había sido reemplazado por un violeta eléctrico que pulsaba al ritmo de un corazón mecánico. No era un fallo. Era una llave de acceso a algo que la Academia temía.
—No tengo opción, Javi —respondió Mateo, su voz firme a pesar de la presión en su pecho—. Si no arranco este motor con la sobrecarga, la purga me encontrará aquí parado. Prefiero morir intentando subir que siendo desmantelado como chatarra inútil.
Al conectar su interfaz neuronal, el dolor fue inmediato, una descarga que le recorrió la columna. El «Desguazado» rugió, no con la eficiencia de una máquina de la Academia, sino con una ferocidad gutural que hizo vibrar los cimientos del hangar. El frame cobró vida, sus articulaciones chirriando bajo el peso de una energía que no debería estar allí.
Minutos después, la Arena de Cristal lo recibió con un silencio hostil. La cúpula era una vitrina de visibilidad absoluta ante las cámaras. A diez metros, el Aegis-IV de su oponente, un heredero de la familia Vane, brillaba con un esmalte impecable. Para los espectadores, aquello era una ejecución programada. Para Mateo, era la única oportunidad de comprar doce horas más de vida.
—Piloto 742, tu frame está marcado para purga inmediata. Rendición recomendada —la voz sintética de la IA retumbó en la cabina, fría y desprovista de humanidad.
Mateo ignoró la advertencia. Cuando el Aegis cargó con una lanza de energía, Mateo no retrocedió. Ejecutó una maniobra prohibida: el 'giro de inercia inversa'. En lugar de esquivar, dejó que el Desguazado se desplomara sobre su propio eje, utilizando el peso muerto de su armadura dañada para anclar el frame al suelo. El impacto fue brutal. El metal chirrió, pero el Aegis pasó de largo, perdiendo el equilibrio por un milisegundo. Ese fue el error que Mateo necesitaba. Con un movimiento seco, disparó los ganchos de su brazo izquierdo, no contra el frame, sino contra el punto de anclaje de la rodilla del oponente. El Aegis se desplomó, exponiendo sus circuitos internos ante las cámaras. Mateo no dudó; desmanteló el brazo ejecutor de su rival pieza por pieza, un desguace quirúrgico realizado en segundos.
La multitud, que esperaba una masacre rápida, estalló en un murmullo de incredulidad. La IA, obligada por el protocolo de audiencia, se vio forzada a procesar el ascenso de rango. En las gradas superiores, Valeria Solís se levantó. No aplaudió, pero sus ojos, fijos en la firma violeta del frame de Mateo, prometían un desafío mucho más peligroso que cualquier duelo de la Academia.
Al regresar al hangar, la victoria le otorgó créditos, pero el mensaje del sistema que recibió al aterrizar le heló la sangre: «Rango elevado: Acceso a Torneo de Hierro habilitado. Deuda de mantenimiento reestructurada a protocolo de supervivencia de clase alta».
Mateo se dejó caer contra el chasis, agotado. El contador de la purga se había detenido, pero un nuevo aviso parpadeaba en la terminal: el Hangar 42 había sido marcado para una auditoría de seguridad. Al revisar los registros, Mateo descubrió que su deuda no era financiera; era una cadena de control biológico vinculada a su propio sistema nervioso. El Torneo de Hierro no era una meta, era una jaula de la que no podía escapar.