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Chapter 5: Presión de atmósfera

Mateo sobrevive a una prueba de alta presión atmosférica usando una técnica prohibida, lo que le gana apoyo público pero lo pone en el radar de rivales oportunistas. Al regresar, descubre que la auditoría ha capturado al Viejo Javi y está desmantelando su hangar, forzándolo a elegir entre su mentor y su propia supervivencia.

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Presión de atmósfera

La presión en el Sector 7 no era aire; era un peso muerto que intentaba colapsar los pulmones del Desguazado. Mateo apretó los dientes, sintiendo cómo la cadena de control biológico en su columna vertebral vibraba en sincronía con los servos del frame. Cada pulso eléctrico de la máquina era una descarga directa en sus nervios. Diez horas. Ese era el tiempo que le quedaba antes de que el protocolo de purga borrara su conciencia. La Academia no perdonaba errores, y él era el error más visible de la temporada.

—Piloto 742, integridad del chasis al 68%. Ajuste la compensación o enfrente la desintegración —la voz sintética de la IA resonó en su casco, fría y desprovista de humanidad. Mateo no respondió. Sus manos se movían con una precisión febril sobre los controles manuales. El frame crujió, un sonido metálico que le recordó la fragilidad de su existencia. Con una maniobra arriesgada, desvió el flujo del refrigerante del motor hacia los sellos de presión dañados. Era una técnica prohibida: usar el calor residual del núcleo para soldar temporalmente las grietas. El aire en la cabina se volvió irrespirable, cargado con el olor a ozono y metal fundido. Pero funcionó. La firma energética violeta del componente prohibido brilló con una intensidad nueva, obligando a los sensores de la Academia a recalibrarse. En ese instante, Mateo dejó de ser un simple desecho para convertirse en una anomalía rastreable.

El descenso al sector helado fue una prueba de resistencia brutal. La escarcha recorría los sellos hidráulicos, un chirrido que le taladraba los huesos. Los pilotos de élite se movían a su alrededor con elegancia depredadora, sus frames relucientes en contraste con la chatarra remendada de Mateo. Un heredero de clase alta se abalanzó sobre él, intentando inmovilizar sus actuadores con una ráfaga de nitrógeno líquido. Mateo sintió el tirón en su médula espinal; el sistema de deuda le exigía sumisión, pero él forzó el motor al límite, ignorando las alarmas de sobrecarga. Redireccionó el calor hacia las extremidades exteriores, fundiendo el hielo bajo sus pies y convirtiéndolo en una trampa de lodo supercalentado. El atacante perdió el equilibrio y quedó expuesto, permitiendo que Mateo lo desplazara con un movimiento de fuerza bruta que dejó a los espectadores en las gradas en un silencio absoluto. En ese caos, rescató a un piloto de rango inferior atrapado bajo un bloque de hielo, ganándose una mirada de gratitud que valía más que cualquier crédito en ese infierno corporativo.

Al regresar a los niveles bajos, el aire sabía a derrota. Mateo caminaba con el peso de la cadena biológica vibrando en la base de su cráneo. Kael, un piloto de rango medio que solía observar desde la periferia, lo interceptó en la penumbra de un pasillo, lejos del alcance de las cámaras.

—Sé lo que el Viejo Javi te escondió en ese frame, Vega —susurró Kael, con los ojos fijos en la firma violeta del motor—. Esa cosa te está matando. Tengo acceso a estabilizadores de grado militar que podrían frenar la degradación sináptica. Pero el precio es la ubicación de Javi. La Academia lo quiere fuera de juego, y yo puedo facilitarte el camino a la cima.

Mateo sintió un escalofrío. La oferta era un veneno envuelto en seda. Si entregaba a Javi, su mentor sería purgado, pero él ganaría el tiempo y las piezas para sobrevivir al Torneo de Hierro. La ambición chocó contra la lealtad en un nudo ciego en su pecho.

Al llegar al Hangar 42, la realidad lo golpeó con la fuerza de un martillo. Los drones de desmantelamiento ya estaban allí, perforando el aire con precisión quirúrgica. El Viejo Javi estaba de rodillas, con las manos sujetas por agentes de la auditoría. Los paneles laterales del Desguazado yacían en el suelo, desmembrados. El oficial a cargo ni siquiera lo miró cuando Mateo se acercó, con el pulso desbocado y la cadena biológica encendiéndose en un rojo agónico. La purga no era un evento lejano; era un hambre que ya estaba devorando su hogar, y Javi era el plato principal.

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