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Chapter 1: El precio de la basura

Kaelen, un recolector de escombros, es humillado por la Secta del Jade mientras su temporizador de supervivencia llega a cero. Al borde de la purga, descubre que su sistema 'roto' puede convertir energía residual en poder, revelando que la Secta drena a los recolectores. El capítulo termina con la purga activada y Valeria confrontándolo, mientras Kaelen siente el primer incremento de poder real.

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El precio de la basura

El cronómetro holográfico sobre la muñeca de Kaelen palpitaba en un rojo agónico: 02:14:30. Era el tiempo que le quedaba antes de que la Secta del Jade borrara su registro de recolector, lo que en el Sector Bajo equivalía a una sentencia de muerte por inanición o servidumbre forzada.

Kaelen apretó los dientes mientras el discípulo de la Secta, un joven de túnica impoluta y mirada gélida, pateaba su precaria manta de ventas. Los fragmentos de la Torre, su única mercancía, volaron por el barro del mercado.

—Tu cuota está vencida, rata de los bajos fondos —escupió el discípulo, bloqueando el paso con un aura opresiva que obligó a los demás recolectores a apartar la vista.

—Solo necesito una hora más —suplicó Kaelen, intentando recuperar un cristal astillado que aún conservaba un rastro de maná.

Un pisotón brutal aplastó su mano contra el suelo. El dolor fue agudo, pero la humillación fue peor. Risas crueles estallaron a su alrededor.

—Tu puesto está confiscado. Si mañana no entregas el diezmo completo, tu nombre entrará en la lista de purga —sentenció el discípulo antes de marcharse.

Kaelen se levantó, temblando de rabia y hambre. Sin mercado, su única salida era el Sector de Desechos Prohibidos. Si no encontraba un núcleo íntegro, el sistema lo marcaría como prescindible al amanecer. El aire en el Sector Bajo se sentía denso, cargado con el olor a ozono y desesperación. Recogió los restos de su puesto, sus dedos sangrando por las astillas de metal, mientras el temporizador en su retina parpadeaba: 00:14:22.

Se hundió hasta las rodillas en una pila de chatarra, buscando desesperadamente cualquier filamento de energía. De repente, su visión se distorsionó. Un destello azul cobalto barrió la pila, revelando una veta de energía pura, vibrante y oculta bajo sedimentos inútiles. Su sistema, ese artefacto que los técnicos llamaban "desechable", emitió un zumbido agudo contra su cráneo.

Anomalía detectada: Energía de estrato superior. ¿Convertir biomasa en capacidad de carga? Costo: 5% de vitalidad inmediata.

Kaelen dudó. El 5% de su vitalidad era la diferencia entre terminar la jornada de pie o colapsar. Pero Thorne, el supervisor, ya recorría las filas con su látigo de cultivo chisporroteando. Si Kaelen no tenía la cuota, su familia pagaría la diferencia en el mercado de esclavos.

—Hazlo —susurró Kaelen.

El dolor fue instantáneo y visceral. Sintió cómo su propia energía vital era drenada, un frío antinatural que le recorrió las venas mientras el sistema convertía el residuo en un incremento de cultivo. Pero no era solo energía; al absorberla, Kaelen vio la verdad: la Secta no estaba recolectando basura, estaba drenando la vitalidad de los recolectores para alimentar sus propios estratos superiores.

El cronómetro alcanzó el cero. En lugar de una notificación de «Protección Extendida», una ventana de sistema distorsionada se abrió con un chasquido eléctrico.

«Error crítico. Recursos insuficientes. Iniciando protocolo de purga: Recolector 402 marcado para eliminación.»

Una sombra se proyectó sobre él. Valeria, la supervisora, aterrizó con una gracia letal, sus ojos escaneando la estela de energía residual que emanaba de la piel de Kaelen.

—El sistema no se reinicia por error, Kaelen. Thorne ya sabe que ocultas una anomalía —siseó ella, desenfundando su hoja—. Corres, o mueres.

Kaelen apretó los puños. Por primera vez, una oleada de poder crudo inundó sus músculos atrofiados. La ganancia era real, pero el brillo azulado de sus venas iluminó el callejón, convirtiéndolo en un faro. El cielo sobre el sector se tiñó de negro: la purga había comenzado. Valeria soltó un juramento al ver cómo la energía arcana destrozaba la piel de sus antebrazos para luego sanarla instantáneamente.

—¡Ese rastro de maná nos matará a ambos! —gritó ella.

Kaelen no respondió; su sistema acababa de desbloquear una nueva ruta de acceso al siguiente estrato, y la presión de la purga le obligaba a elegir: ser eliminado como una rata o ascender a través del caos.

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