Chapter 9
El aire en el umbral del cuarto nivel no olía a ozono, sino a naftalina y a la lana vieja del delantal de mi tía. Un aroma que se desvanecía, desgarrado por la estática agresiva que recorría mi muñeca. El tercer nivel colapsó tras de mí con un rugido sordo, una implosión de datos que selló la ruta de escape. Estaba dentro, pero el costo de la entrada pesaba más que el hierro: un hueco en mi mente donde antes residía el recuerdo de sus manos guiando las mías sobre la máquina de coser.
—Acceso validado —la voz del sistema resonó, fría—. Nivel 4: Zona de Purga Activa.
La pantalla frente a mí no mostró un mapa, sino una advertencia en rojo brillante: Vinculación familiar insuficiente para la siguiente etapa.
Mis dedos temblaron sobre el libro de cuentas. La 'Vista de Falla' se activó, revelando que la arquitectura del cuarto nivel estaba tejida con los hilos de las vidas de los que intentaron subir antes. Para avanzar, para que mi marca de 'Excluido' no me incinerara al contacto con el protocolo de seguridad, el sistema exigía un sacrificio más profundo. No era solo memoria; era la conexión misma que me mantenía atado a mi única familia.
La estática en mi muñeca se convirtió en un dolor punzante. La Tasadora no estaba lejos. Podía sentir la presión de su firma energética filtrándose a través de las costuras del nivel inferior, una cacería que ya no era por el mercado, sino por la purga de una anomalía que se negaba a morir. El sistema me dio una opción: sacrificar el recuerdo del nombre de mi tía para estabilizar mi firma, o ser detectado en menos de tres minutos.
El precio de la ascensión era mi propia historia. Cada vez que manipulaba el flujo de la Torre, una parte de mí se convertía en un extraño. Miré el libro de cuentas, las páginas tornadas, y vi la realidad: si no cedía, la Tasadora me alcanzaría antes de que pudiera entender el secreto que mi tía escondió en estas hojas. La Torre no quería mi talento; quería mi identidad para alimentar sus engranajes.
El cronómetro de purga parpadeó: 09:42. La cacería de los élites ya estaba en marcha, y mi valor de mercado subía con cada nivel que conquistaba. Si el tercer piso fue el comienzo de mi caída, el cuarto era mi tumba o mi única salida hacia la verdad.
Kael se arrastró por el estrecho pasillo de mantenimiento, con la espalda presionada contra los cables de alta tensión que zumbaban con una frecuencia errática. A sus espaldas, el estruendo de la purga del tercer nivel se desvanecía, reemplazado por el sonido de la Tasadora acercándose. Ella no buscaba a un fugitivo común; rastreaba la firma energética de alguien que había roto el protocolo de la Torre.
—Sé que estás aquí, Kael —la voz de la Tasadora resonó, amplificada por los conductos—. Tu valor de mercado es un cero absoluto, pero la recompensa por tu cabeza acaba de ser elevada a nivel de 'Amenaza de Sistema'. Los élites no perdonan las fisuras.
Kael apretó el libro de cuentas contra su pecho. Era su última ancla, el mapa de las fallas de la Torre que mantenía su cordura intacta. Pero la 'Vista de Falla' le mostró la verdad: la Tasadora estaba utilizando un algoritmo de resonancia familiar para rastrear su firma. Si quería sobrevivir, debía ocultar su rastro, y el sistema exigía un precio. El libro de cuentas, su única prueba de la historia familiar que la Secta intentaba borrar, comenzaba a desvanecerse bajo la presión de la energía de la Torre.
Kael tomó una decisión visceral. Sacrificó un recuerdo específico: la imagen de su tía enseñándole a remendar un dobladillo, la calidez de sus manos sobre la tela. Al soltar ese fragmento, su firma energética se distorsionó, volviéndose invisible para el sensor de la Tasadora por escasos segundos. El libro de cuentas se vació, las páginas tornándose blancas mientras el sistema devoraba el recuerdo para estabilizar su ocultamiento.
El sensor de la Tasadora pasó sobre su escondite, pero el haz de luz se desvió, confundido por la estática. Ella se detuvo, frunciendo el ceño mientras consultaba su panel.
—Imposible —murmuró, su voz cargada de una sospecha que heló la sangre de Kael—. Has alterado tu firma, pero el costo de esa manipulación debería haberte dejado vacío. ¿Cuánto más te queda, ratón?
Kael se alejó en la penumbra, sintiendo el vacío en su mente. Sabía que cada paso hacia el siguiente nivel era una sentencia. El sistema le presentaba una nueva interfaz: para desbloquear el acceso al quinto piso, el costo ya no era un recuerdo, sino el vínculo emocional restante con su linaje. La cacería se intensificaba, y los élites, atraídos por la recompensa, ya estaban sellando las salidas.
—El sacrificio no es una sugerencia, Kael —la voz del Mentor Oculto resonó en la cavidad de su cráneo—. La Torre no es un edificio. Es un estómago. Y ha decidido que tu linaje es el único banquete capaz de saciar el hambre del quinto nivel.
Me desplomé contra una pared de mármol sintético que parpadeaba con fallas de renderizado. Mis manos temblaban. La 'Vista de Falla' se activó, revelando que el suelo bajo mis pies no era piedra, sino una red de hilos de datos hechos de memorias familiares procesadas. Vi el rostro de mi tía, no como era hoy, sino como una mujer joven, riendo mientras sostenía un libro de cuentas que nunca me permitió abrir. Ese libro, la única herencia que me dejó, era el mapa de este mismo nexo.
—Si subo —dije, con la voz quebrada—, ¿qué queda de mí?
—Nada que te importe —respondió el Mentor—. Pero sobrevivirás. La alternativa es el borrado total cuando la Tasadora alcance este sector en menos de ocho minutos.
El sistema proyectó un aviso frente a mis ojos: [Sacrificio requerido: Vínculo familiar - El último recuerdo de la voz de tu tía llamándote por tu nombre. ¿Proceder?].
El dolor fue físico, un desgarro en el centro de mi pecho. Si aceptaba, ni siquiera recordaría cómo sonaba su voz cuando me pedía que cerrara la tienda al atardecer. Pero afuera, en los pasillos de servicio, escuché el eco rítmico de las botas de la Secta. La Tasadora no venía sola; venía con el peso de toda la jerarquía de la Torre, dispuesta a asegurar que el 'Desechable' no volviera a contaminar sus niveles superiores.
Las élites habían puesto precio a mi cabeza, un monto tan obsceno que los cazadores de recompensas de los niveles inferiores ya estaban bloqueando las salidas de emergencia. La Torre se cerraba, las rutas se borraban, y mi única salida era subir al quinto nivel, dejando atrás los últimos jirones de quien fui.
—Que se pudran todos —susurré, presionando el comando de confirmación con el pulgar.
La luz del nexo se volvió blanca, absoluta, y mientras el recuerdo de su voz se desvanecía de mi mente, el quinto nivel se abrió ante mí, revelando una escalera de obsidiana que ascendía hacia un vacío donde mi nombre ya no significaba nada. La cacería no había terminado; apenas estaba comenzando, y ahora, el premio por mi cabeza era más alto que mi valor de mercado actual.