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Chapter 6: El precio de la revelación

Leo utiliza tecnología prohibida proporcionada por Valeria para ocultar su firma energética tras ser marcado como Anomalía de Clase A. Al infiltrarse en el sistema central, descubre que la Torre es una granja de energía vital. Su mech, 'El Desguace', comienza a absorber tecnología de los drones de purga, otorgándole una ventaja táctica mientras se prepara para ascender al siguiente nivel bajo la amenaza constante de la purga.

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El precio de la revelación

El aceite quemado siseaba al contacto con el metal recalentado del Nivel 3. Leo se limpió el sudor, mezclado con hollín, de los ojos. Su pulso martilleaba contra sus sienes, un ritmo frenético que competía con el cronómetro de la interfaz: 22:04:12 para el desmantelamiento forzoso. La deuda de 600,000 créditos no era solo un número; era una soga de acero que se tensaba con cada segundo de vida que el sistema le permitía robar.

Valeria surgió de la penumbra, su uniforme de élite, impecable y frío, contrastando con la chatarra que rodeaba a Leo. Sin una palabra, lanzó un cilindro de metal mate sobre la mesa de trabajo. El objeto vibró al contacto, emitiendo un zumbido que hizo que los sensores de 'El Desguace' se bloquearan por un instante.

—Es un supresor de firma de grado militar —dijo ella, escaneando el corredor con una mirada tensa—. El Auditor está rastreando cada pulso energético de tu unidad. Si no instalas esto antes de que la patrulla de limpieza llegue, serás purgado. Y si caes, mi conexión contigo saldrá a la luz. No es caridad, Leo. Es supervivencia mutua.

Leo tomó el supresor. Al integrarlo en el núcleo de su mech, una descarga eléctrica recorrió su brazo derecho, haciéndole apretar los dientes para no gritar. El sistema no solo aceptó la pieza; comenzó a reescribir su interfaz. Un pulso de energía azulada barrió el sector, revelando una red oculta de conexiones que ningún piloto debería ver. La patrulla de limpieza, atraída por la anomalía, irrumpió en el pasillo, pero Leo ya no estaba allí. Se había deslizado por un conducto de ventilación que el sistema, ahora alterado, le marcaba como una ruta de escape.

El zumbido de la unidad de purga era un sonido que Leo sentía en los dientes, una frecuencia diseñada para desmantelar estructuras moleculares. Atrapado en el conducto, conectó su terminal al panel de control central. Lo que vio le heló la sangre: la Torre no reciclaba metal. Reciclaba la voluntad y la energía vital de los pilotos caídos para alimentar su núcleo. El Auditor no era un administrador, sino un procesador de carne y metal diseñado para mantener la Torre funcionando a costa de sus escaladores.

—No es una prueba, Valeria —susurró Leo a través del canal cifrado, mientras su cronómetro de purga se aceleraba a 02:00—. Es una granja. Nosotros somos el combustible.

Al descargar los datos, una función latente de 'El Desguace' se desbloqueó. El sistema del mech empezó a analizar la estructura de los drones de purga que lo rodeaban, no para destruirlos, sino para absorber sus componentes. Leo vio, con una mezcla de horror y fascinación, cómo el brazo derecho de su mech integraba el actuador de un dron caído, convirtiendo la chatarra en una extremidad superior de alta precisión. La deuda seguía ahí, asfixiante, pero ahora tenía una ventaja: la capacidad de devorar a sus cazadores.

Al salir a la zona de chatarra, herido y agotado, Valeria lo esperaba. Ella le entregó una pieza final, un núcleo de datos prohibido que contenía los protocolos de acceso al siguiente nivel.

—El Auditor ya sabe que eres una Anomalía de Clase A —dijo ella, mirándolo a los ojos con una mezcla de respeto y miedo—. Si subes al siguiente piso, no habrá vuelta atrás. Te convertirás en el objetivo principal de todo el sistema.

Leo observó el núcleo de datos. El cronómetro de desmantelamiento marcaba ahora 14 horas. La soga se apretaba, pero el camino hacia arriba estaba finalmente despejado. El siguiente nivel no era solo una prueba; era la oportunidad de desmantelar la granja desde adentro. Leo asintió, sintiendo el calor del núcleo prohibido en su mano, mientras su mech, ahora una amalgama de tecnología ilegal y pura ambición, comenzaba a vibrar con una energía que no pertenecía al sistema.

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