Dignidad contra el acero
El Nivel 3 de la Torre no era un campo de pruebas; era un osario de ambiciones trituradas. El Desguace emitía un quejido metálico, un chirrido agónico que resonaba en el vacío del sector. El aire, saturado de ozono y el olor acre del aceite quemado, se sentía pesado, casi sólido. Frente a Leo, el núcleo de energía de un mech de clase alta, un Vanguardia desmantelado, palpitaba con una luz azulada. Era una tentación prohibida, pero el sistema ya estaba cerrando el cerco.
Advertencia: Integridad estructural del sector al 4%. Probabilidad de colapso: inminente.
Leo no dudó. Activó el 'Nivel 0', forzando su interfaz a ignorar la realidad física para revelar el esqueleto de datos de la Torre. El mundo se fragmentó en líneas de tensión. Identificó el pistón hidráulico que sostenía toneladas de chatarra sobre su cabeza. Se lanzó, esquivando el derrumbe por centímetros, y arrancó el núcleo justo antes de que el techo se desplomara. Escapó, pero el zumbido de su interfaz le confirmó el precio: su deuda acababa de saltar por 'riesgo de sistema'.
Al regresar a la arena principal, el Auditor lo esperaba. Su figura, impecable y desprovista de humanidad, bloqueó el camino de salida.
—El protocolo 7-B prohíbe modificaciones no autorizadas —sentenció el Auditor, su voz cortando el murmullo de la multitud como una hoja fría—. Tu unidad es una anomalía, Leo. Una ineficiencia que el sistema no tolerará.
Leo se limpió la grasa de los ojos, sintiendo el peso de mil miradas. —No es una modificación, es supervivencia. Si el sistema no me da piezas, yo las tomo. Eso no es violación, es eficiencia —respondió, manteniendo la frente alta.
El Auditor, visiblemente irritado por la audacia, aceptó el desafío, pero con una crueldad calculada: impuso una cuota de deuda triple por 'inspección de anomalía'.
El duelo comenzó momentos después. Su rival, un piloto de élite a bordo de un Vanguardia de cromo pulido, se burló desde el canal público. Leo, con el brazo derecho de El Desguace remendado con soldaduras de fortuna, sintió el dolor punzante del actuador militar que Valeria le había ayudado a integrar. El rival cargó, esperando un combate de desgaste donde el brazo averiado de Leo cedería. Fue su error. Leo contuvo la respiración y, en el último segundo, desactivó el limitador de potencia. El sobreesfuerzo le desgarró el hombro, pero el Desguace se movió con una velocidad inhumana, atrapando al Vanguardia en una trampa de sobrecarga energética que lo dejó inerte en el suelo de la arena.
El silencio fue absoluto. Leo había ganado, pero su mech apenas se mantenía en pie. Cuando la luz de la victoria se desvaneció, Valeria se le acercó en los pasillos técnicos, lejos de las cámaras, con una expresión que mezclaba respeto y terror.
—Has dejado una huella demasiado grande, Leo. El Auditor ya no te dejará vivir —susurró ella, entregándole un pequeño componente de tecnología prohibida—. Esto estabilizará tu firma energética, pero si te encuentran con esto, ambos seremos purgados.
Leo tomó la pieza, sintiendo el peso del metal frío. En ese instante, su interfaz parpadeó con un mensaje en rojo sangre: Deuda acumulada: 600,000 créditos. Riesgo de sistema: Elevado. Acababa de ganar el duelo, pero el sistema, como un depredador hambriento, acababa de elevar el precio de su existencia. La escalera hacia la cima acababa de volverse más alta, y cada peldaño le costaba un pedazo de su propia vida.