La ley del piso fantasma
El aire en el Nivel 3 sabía a ozono rancio y metal recalentado. Leo escupió una mezcla de saliva y hollín mientras el interior de El Desguace crujía, una sinfonía de servomotores desajustados protestando contra la gravedad. El brazo derecho del mech, reparado con un puenteo suicida, emitía un zumbido eléctrico que le taladraba los dientes. En la pantalla, el cronómetro de la Torre parpadeaba en un rojo incandescente: Acceso restringido: 00:58:12. Riesgo de sistema: Elevado.
El Auditor ya lo había marcado como 'Anomalía de Clase A'. Si no lograba estabilizar su movilidad antes de que el tiempo se agotara, el sistema purgaría su rastro, y eso incluía desintegrar la cabina con él adentro. Leo se lanzó fuera de la escotilla, sus botas magnéticas resonando sobre una montaña de chatarra que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Este no era un nivel de entrenamiento pulido; era un osario. Carcasas de modelos olvidados yacían esparcidas como esqueletos de acero. Sus núcleos de energía, fundidos y fríos, rodeaban los restos de mechs que alguna vez compitieron por gloria, solo para ser desechados cuando sus números dejaron de ser rentables.
—Muéstrame algo que valga la pena —susurró Leo, con la voz quebrada. Escaneó el entorno con el visor, buscando un actuador de clase militar entre la basura. Lo encontró incrustado en el pecho de un armazón pesado de la era pre-Torre. La integración fue un infierno; al conectar el componente, el sistema de El Desguace absorbió el choque energético, drenando el 40% de su salud física. Su visión se nubló, pero cuando el brazo derecho volvió a moverse con una fluidez aterradora, supo que el costo había valido la pena. Ya no era solo chatarra; era un depredador con piezas prohibidas.
La paz duró poco. Una firma energética limpia y gélida cortó la estática del escáner. Valeria. Su mech, una máquina de líneas aerodinámicas que parecía tallada en obsidiana, emergió de las sombras de los túneles de ventilación.
—Sé que estás ahí, rata de alcantarilla —su voz, filtrada por el sistema, sonó con una claridad insultante—. Tu firma no es un error. Es una marca de Clase A. Mi familia está siendo vigilada por el Auditor por anomalías como la tuya. Si el sistema te borra, el rastro llega hasta mi casa.
Leo apretó los dientes, manteniendo la mano sobre la palanca de sobrecarga. —Si quieres que coopere, deja de hablar de tu linaje y dime por qué no has disparado ya.
—Porque necesito lo que tú tienes —respondió ella, acercándose—. La ruta oculta. El Nivel 0. Sé que no es un fallo, es una llave.
Leo aceptó la alianza, una tregua precaria nacida de la desesperación compartida. Pero mientras avanzaban hacia el Núcleo, una alerta roja estalló en su interfaz: Deuda actualizada. Riesgo de sistema detectado. Intereses triplicados. El sistema le estaba cobrando el privilegio de su supervivencia. Cada segundo de alianza le costaba créditos que no tenía.
Llegaron al terminal, una reliquia de cristal oscuro que latía con una luz azul enfermiza. Al conectarse, la realidad de la Torre se fracturó. Leo no encontró una salida, sino un fragmento de memoria: un constructor de la era anterior, desesperado, dejando un mensaje para quien fuera lo suficientemente loco para hackear la arquitectura del sistema. La Torre no era un campo de pruebas; era un dispositivo de reciclaje masivo diseñado para consumir la ambición humana.
La sobrecarga mental fue casi letal. Leo extrajo el fragmento justo cuando las alarmas del Auditor resonaron en todo el nivel, bloqueando las rutas de escape. El tiempo se agotó. La puerta del nivel se selló, dejándolos atrapados en una zona de purga. Leo se desconectó, con la mente ardiendo con los secretos del constructor y la certeza de que, a partir de ese momento, ya no estaban compitiendo por un rango, sino por el derecho a existir fuera de la lógica del sistema.