La cena de los traidores
El Club de la Élite no era un lugar para hombres como Julián Varela; era un santuario blindado para quienes habían edificado sus fortunas sobre las cenizas de su familia. Al cruzar el umbral, el aire pesado con aroma a sándalo y tabaco costoso le dio la bienvenida, cargado de una hostilidad que apenas se ocultaba bajo el barniz de la etiqueta. Julián avanzó con paso controlado, vistiendo un traje sencillo que los presentes, envueltos en sedas italianas, ignoraron con una precisión ensayada.
—El servicio se ha vuelto descuidado —la voz de Roberto, un antiguo socio de su padre, cortó el murmullo de la sala. Dejó su copa de cristal sobre la mesa con un golpe seco que reclamó la atención de todos—. ¿Qué hace un administrativo de la casa de subastas en una cena de negocios, y quién le permitió la entrada?
Julián no se detuvo ante la humillación. Caminó directamente hacia la vitrina central, donde reposaba una pieza de jade imperial, un tributo a la dinastía Varela que aquellos hombres habían ayudado a desmantelar. Don Octavio, el anciano anticuario que hacía las veces de mentor en las sombras, observaba desde un rincón, con los dedos nudosos apretando su bastón. Julián rozó el cristal de la vitrina con la yema de los dedos.
—Es una pieza de una factura impecable, Roberto —dijo Julián, sin girarse—. Lástima que el pulido sea de laboratorio. Si intentas venderla en el próximo tender, el Grupo Dragón no te pagará ni el costo del transporte. Tu reputación caerá más rápido que la de Elena Valdés.
Un silencio sepulcral se apoderó del salón. Las copas se detuvieron a medio camino de los labios. Julián se alejó de la vitrina, sabiendo que acababa de romper el equilibrio de poder en la mesa. Sin esperar respuesta, se retiró hacia los pasillos de servicio, donde la sombra del club era más profunda.
En el pasillo, dos hombres de seguridad, con los hombros tensos bajo trajes que ocultaban armas, le cerraron el paso. Eran perros de presa del Grupo Dragón. Julián no esperó a que hablaran. Pivotó sobre su eje, utilizando la inercia del guardia para proyectarlo contra la pared de mármol. El golpe fue seco y profesional. Antes de que el segundo pudiera reaccionar, Julián le inmovilizó el nervio braquial con una precisión quirúrgica, dejándolo sin aliento. Dejó caer una nota sobre el pecho del guardia, una advertencia vinculada a los registros del Grupo Dragón que él mismo había filtrado. Regresó al salón principal, con el traje impecable, como si acabara de dar un paseo por el jardín.
De vuelta en la mesa, Julián ocupó la cabecera, un lugar que le correspondía por derecho de sangre. Barreda, el más veterano de los traidores, intentó recuperar el control:
—El mercado está inquieto, Julián. Las minas de jade han cambiado de manos demasiado rápido. Quizás es hora de que alguien con experiencia tome el mando.
Julián levantó su copa. La luz del candelabro golpeó el cristal y proyectó un destello dorado sobre su mano. El anillo de sello de la dinastía Varela, oculto hasta entonces, quedó expuesto. El emblema del dragón ascendente, grabado en obsidiana y oro, brilló con una autoridad que no admitía réplicas. Los hombres se tensaron, el color abandonando sus rostros. Barreda dejó caer su copa, el cristal estallando contra el mármol.
—¿Varela? —balbuceó alguien, pero Julián ya se levantaba.
Minutos después, dentro del sedán, el motor rugía con una impaciencia que reflejaba la tensión de Julián. Don Octavio sacó un sobre negro, lacrado con la insignia del consorcio que había destruido su linaje.
—Abre el sobre —susurró el anciano—. La lista de activos robados es solo el principio. Ahí dentro está la confirmación de quién dio la orden final hace diez años.
Julián desgarró el sobre. Sus ojos escanearon el documento con una precisión helada. La traición no venía de extraños; venía de los mentores que lo habían visto crecer. Los antiguos aliados de su padre habían vuelto, pero ¿eran leales o solo buscaban su parte del botín antes de que el imperio colapsara? La máscara de la gala ocultaba al verdadero enemigo, y Julián estaba a un solo paso de descubrir quién movía los hilos.