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Chapter 4: Sombras en el mercado

Julián asegura el control logístico de la mina tras chantajear al líder sindical García con pruebas de corrupción. Elena intenta desesperadamente recuperar los documentos originales mediante Don Octavio, pero es confrontada por Julián, quien le revela que sus cuentas han sido congeladas. El capítulo cierra con Julián descubriendo una lista de traidores en el sobre del Grupo Dragón, revelando que sus antiguos aliados son sus verdaderos enemigos.

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Sombras en el mercado

El aire en la oficina del Sindicato de Transporte estaba viciado, una mezcla de tabaco barato y el sudor de hombres que habían hecho de la traición su moneda de cambio. Julián Varela permanecía de pie frente a García, el líder sindical, cuyo rostro encarnaba la decadencia de una ciudad que se negaba a aceptar el retorno de un Varela. Sobre el escritorio de caoba, cubierto de ceniza, Julián lanzó una carpeta de cuero desgastado: los títulos legales de la mina de jade, sellados y certificados.

—El transporte se detuvo ayer, Varela —dijo García, sin siquiera mirar los documentos—. Los Valdés tienen contratos de exclusividad. Tu mina es un cementerio de piedras sin nadie que las saque de la montaña. No hay camiones para ti, ni hoy, ni nunca.

Julián no alzó la voz; su calma era más cortante que el mármol. Había aprendido que el ruido era el refugio de los débiles. Deslizó un dispositivo de memoria sobre el escritorio.

—Los Valdés ya no tienen nada, García. Ni contratos, ni credibilidad, ni cuentas bancarias activas —Julián se inclinó, invadiendo el espacio del líder sindical—. Estos son los registros de los sobornos que recibiste durante los últimos tres años para bloquear los suministros de mis antecesores. Si estos archivos llegan a la fiscalía, no solo perderás el sindicato; perderás tu libertad.

García palideció, sus manos temblando al alcanzar el dispositivo. Julián salió de la oficina sin esperar respuesta; el contrato de transporte estaba asegurado, pero al cruzar la calle, sintió el peso de una mirada. Los hombres del Grupo Dragón no se escondían; simplemente esperaban el momento en que su ambición los hiciera vulnerables.

Horas más tarde, en la trastienda de la anticuaria de Don Octavio, el ambiente era pesado, cargado con el olor a laca vieja y la desesperación de Elena Valdés. Sus dedos, adornados con anillos de diamantes que habían perdido su brillo ante el mercado, tamborileaban nerviosos.

—Octavio, no seas obtuso —espetó Elena, su voz perdiendo la modulación sofisticada—. El Grupo Dragón está perdiendo la paciencia. Si me entregas los documentos originales de la dinastía Varela, puedo asegurar que tu nombre sea borrado de cualquier lista de represalias. Julián no es más que un mesero resentido jugando con fuego.

Don Octavio, guardián silencioso de los secretos Varela, limpió una pieza de jade con parsimonia. Sus ojos, afilados como el acero, no se desviaron hacia ella.

—El fuego no es de Julián, Elena. Es de la historia, y la historia tiene una memoria que ni tus contactos ni tu dinero pueden borrar.

La puerta se abrió con un chasquido seco. Julián entró, su presencia cargada de una autoridad que no pedía permiso.

—El dinero ya no es un problema para ti, Elena —dijo Julián, observando cómo ella se tensaba—. Acabo de bloquear tus cuentas personales. Los fondos de caridad que utilizabas para financiar tus operaciones ilícitas han sido congelados. Estás sola.

Elena retrocedió, su rostro contorsionado por una furia impotente. Se retiró sin decir palabra, dejando a Julián con el sobre negro que el emisario del Grupo Dragón le había entregado. En la soledad de su oficina, al abrirlo, Julián no encontró amenazas físicas, sino una lista de nombres. Eran sus antiguos aliados, los hombres que habían jurado lealtad a su padre mientras, en secreto, drenaban sus activos hacia el Grupo Dragón. La guerra había cambiado de frente: ya no era solo contra los Valdés, sino contra una red de traidores que ahora fingían ser sus salvadores. Julián ha bloqueado las cuentas de Elena, pero la guerra apenas empieza a tocar su puerta.

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