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Chapter 3: El primer martillazo

Julián Varela interrumpe la subasta de Elena Valdés, exponiendo el jade falso mediante pruebas técnicas y documentos financieros. La reputación de Elena colapsa ante los inversores, permitiendo a Julián recuperar legalmente la mina familiar. Sin embargo, la victoria revela que Elena era solo un peón, y un emisario del Grupo Dragón lo intercepta, confirmando que la guerra real contra el imperio ha comenzado.

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El primer martillazo

El aire en el salón de subastas del piso 40 no era aire; era una mezcla densa de sándalo, perfume caro y la avaricia contenida de hombres que medían su valor en quilates. Julián Varela no necesitó invitación. Entró con el paso firme de quien conoce cada viga y cada secreto de la estructura, ignorando las miradas despectivas de los asistentes. Elena Valdés, en el estrado, lucía un vestido de seda color esmeralda que imitaba el tono del jade falso que estaba a punto de vender por una fortuna.

—Señora Valdés, el martillo aún no debe caer —anunció Julián. Su voz cortó el murmullo de la sala como una hoja de acero frío.

Elena se tensó, una sombra de irritación cruzando su rostro impecablemente maquillado. Reconoció a Julián no como un rival, sino como una molestia que debía ser eliminada.

—Julián, tu insolencia ha superado cualquier límite permitido. Seguridad, sáquenlo de aquí antes de que ensucie el suelo con su presencia —ordenó ella, con una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos.

Dos guardias se abalanzaron, pero Julián no retrocedió. Con un movimiento fluido, extrajo un dispositivo láser y proyectó sobre la pantalla principal del salón una serie de documentos escaneados. No eran simples hojas; eran los registros financieros del mercado negro que vinculaban directamente a los Valdés con el 'Grupo Dragón'. La sala quedó en un silencio sepulcral cuando las cifras, los nombres y las rutas comerciales ilegales quedaron expuestas a plena luz.

Don Octavio, situado en la primera fila, se levantó con parsimonia. El anciano, otrora contable de la dinastía Varela, sacó un dispositivo de luz ultravioleta. Con un gesto firme, iluminó la pieza central sobre el pedestal. El jade, que bajo la luz artificial parecía una joya incalculable, reveló bajo el haz violeta una serie de marcas industriales, una huella dactilar de laboratorio que los inversores internacionales reconocieron al instante.

—Es una falsificación certificada por el Grupo Dragón del Norte —sentenció Don Octavio.

Un murmullo de indignación recorrió la sala; el capital, siempre cobarde, comenzó a retirarse de la mesa de pujas. Elena intentó gritar, pero su voz se quebró cuando los inversores, horrorizados por la posible pérdida de capital, comenzaron a exigir una auditoría pública. La caída de su estatus fue total; la reina del mercado fue reducida a una fachada vacía en cuestión de minutos.

Julián aprovechó el caos para cruzar el estrado y entrar en la oficina principal de Elena. Cerró la puerta blindada, dejando fuera el estruendo de los acreedores reclamando sus activos. Don Octavio lo siguió, entregándole una carpeta de cuero desgastado.

—La cláusula de rescisión por negligencia técnica —murmuró el anciano, con una chispa de triunfo contenido—. Elena estaba tan ocupada vendiendo humo que olvidó que el contrato de la mina familiar incluía una penalización automática ante la exposición de fraude. Es tuya, Julián.

Julián tomó el documento. El peso del papel era insignificante comparado con la adrenalina que le recorría el cuerpo. Con un movimiento seco, firmó la transferencia. La mina, el corazón de la dinastía Varela, volvía a su nombre. Sin embargo, al mirar los estados financieros anexos, el aire en la habitación se volvió gélido.

—No son solo los Valdés —dijo Julián, señalando una serie de transferencias cifradas que conectaban la cuenta de Elena con una entidad fantasma radicada en el extranjero—. El Grupo Dragón no solo financia a Elena; ellos controlan las rutas que acabo de recuperar. He ganado una batalla contra un peón, pero he declarado una guerra contra un imperio.

Al salir al vestíbulo, el ambiente se sentía cargado de una estática letal. Elena caminaba escoltada por sus propios acreedores, cuya frialdad dictaba sentencia. Julián observaba desde la sombra, con el documento de la mina en su bolsillo. Fue entonces cuando un hombre de traje gris ceniza, con la sobriedad quirúrgica de un verdugo, se separó de la pared y le cortó el paso. Sin decir una palabra, el emisario del Grupo Dragón extendió un sobre negro lacrado con el sello de la antigua dinastía Varela.

El jade falso había sido expuesto ante el mundo, pero al recibir el sobre, Julián comprendió que el juego apenas comenzaba. ¿Quién movería los hilos ahora que el Grupo Dragón había despertado y puesto precio a su cabeza?

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