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Chapter 2: La grieta en el imperio

Julián chantajea al tasador Aris para obtener acceso a la oficina de Elena, donde descubre que ella es solo un peón del 'Grupo Dragón'. Tras recuperar documentos incriminatorios, Julián inicia la filtración de pruebas, escalando el conflicto de una disputa local a una guerra contra una organización internacional.

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La grieta en el imperio

El callejón trasero de la casa de subastas Valdés apestaba a basura húmeda y a la derrota de quienes, como Julián Varela, habían sido expulsados del banquete. Aris, el tasador jefe, intentó encender un cigarrillo, pero sus dedos, adornados con anillos de oro que valían más que el sueldo anual de un mesero, temblaban. El encendedor de plata, grabado con el emblema de los Valdés, repiqueteó contra el metal del encendedor.

—El jade de la serie 402 no es de la dinastía Ming —dijo Julián. Su voz no era la del empleado sumiso, sino la de un hombre que conocía la estructura molecular de la mentira—. Es resina polimérica con inyección de cobalto. Mi abuelo diseñó el sello que ahora intentas falsificar. No es solo un engaño, Aris. Es un error técnico que puedo demostrar ante la junta de inversores en cinco minutos.

Aris soltó una carcajada que sonó a cristal roto. —Eres un mesero despedido, Varela. Si crees que alguien escuchará a un paria con delirios de grandeza sobre una pieza que Elena Valdés en persona certificó, estás loco. Lárgate antes de que llame a seguridad y te asegure una celda.

Julián invadió su espacio personal. No hubo gritos, solo una calma gélida que obligó a Aris a retroceder hasta chocar contra los contenedores. Julián extrajo un pequeño dispositivo de almacenamiento. —Esto no es una opinión. Es el registro de compras de insumos químicos de tu laboratorio clandestino. Si los inversores ven esto, la subasta de esta noche será tu última. Y la de los Valdés, también.

El color abandonó el rostro de Aris. El miedo, crudo y socialmente devastador, reemplazó su arrogancia. Con manos torpes, entregó la llave maestra de la oficina de Elena. Julián la tomó, consciente de que el tasador preferiría traicionar a su jefa antes que enfrentar la ruina pública.

Tres pisos más arriba, la gala rugía. Julián se deslizó por el pasillo ejecutivo, una sombra entre los invitados. La oficina de Elena era un mausoleo de estatus robado. Al entrar, el silencio pesaba más que el ruido de la fiesta. Se dirigió al retrato de la fundadora, movió el marco y expuso la caja fuerte. Con la secuencia que Aris le había entregado, el mecanismo cedió. El documento sellado con el escudo de la dinastía Varela estaba allí, intacto. Al abrirlo, la verdad golpeó con la fuerza de un martillo: Elena era solo una fachada. Los registros detallaban transferencias a un consorcio internacional conocido como el 'Grupo Dragón'. La escala de su venganza acababa de multiplicarse.

La puerta se abrió. Elena Valdés entró con la elegancia de una depredadora. Al ver a Julián, sus ojos se entrecerraron, escaneando su uniforme con un desdén calculado.

—Tú. El nuevo —dijo ella, acercándose con una frialdad que buscaba cualquier imperfección—. Tus manos tiemblan. ¿Es el peso de la bandeja o el miedo a ser descubierto por algo que no te corresponde?

Julián mantuvo la cabeza baja, proyectando una servidumbre perfecta mientras el documento original descansaba, oculto, bajo su chaqueta. —Solo es fatiga, señora Valdés. La gala exige perfección, y el jade subastado esta noche requiere un cuidado especial, ¿no cree? —Su comentario, sutil y cargado de veneno, hizo que Elena se detuviera en seco. Por un segundo, la duda cruzó sus ojos. Lo miró no como a un mesero, sino como a un elemento disruptivo que debía ser eliminado.

Julián salió del edificio minutos después, directo al anticuario de Don Octavio. Al dejar caer el sobre lacrado sobre la mesa de caoba, el anciano palideció al leer el contenido.

—Julián, esto no es solo un fraude. Si publicamos esto, el Grupo Dragón no se quedará de brazos cruzados. Estás despertando a un gigante —advirtió Don Octavio.

Julián se acercó a la ventana, observando las luces de la ciudad. Elena creía que él era solo un empleado insignificante, una pieza que podía descartar sin consecuencias. Mientras presionaba el botón de envío para filtrar las pruebas a la prensa, una sonrisa gélida se dibujó en sus labios. Ella no sabía que él ya tenía la llave de su caída, y que el tablero de ajedrez acababa de cambiar para siempre. ¿Qué hará Elena cuando descubra que su propia arrogancia ha sido la herramienta que ha sellado su destino?

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