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Chapter 6: El juego de las máscaras

Julián se infiltra en la gala del Grupo Dragón, donde manipula a una Elena Valdés desesperada para que confiese la identidad del líder del consorcio. Elena revela que el mentor de Julián, Don Octavio, es el verdadero arquitecto de la traición. Tras neutralizar a los ejecutores del Grupo, Julián se prepara para la subasta final, sabiendo que su enemigo está más cerca de lo que imaginaba.

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El juego de las máscaras

El salón de baile del Hotel Imperial no era un espacio de celebración, sino un teatro de sombras donde la élite de la ciudad se ocultaba tras seda y terciopelo. Julián Varela, con el rostro cubierto por una máscara veneciana de líneas afiladas, observaba el salón desde la penumbra de una columna. En su bolsillo, el peso del sobre negro —la lista de traidores que habían orquestado la caída de su padre— era un recordatorio constante de que la justicia no se pedía, se ejecutaba.

Elena Valdés, la mujer que hasta hace poco dictaba los precios del jade en la ciudad, se movía por la pista con una rigidez antinatural. Sus cuentas estaban congeladas; su mansión, embargada; y su reputación, reducida a cenizas tras la exposición de su fraude en la subasta. Sin embargo, su presencia aquí, en la gala privada del Grupo Dragón, confirmaba que aún buscaba una tabla de salvación.

Julián se acercó a ella mientras la música de cámara alcanzaba un tono melancólico. La tomó del brazo con una firmeza que no admitía réplica, guiándola hacia la terraza exterior, donde el aire frío de la noche cortaba la tensión del ambiente.

—Buscas un salvador entre los lobos, Elena —susurró Julián, distorsionando su voz lo justo para que ella no reconociera al hombre que había humillado en la sala de subastas—. Pero el Grupo Dragón no rescata peones rotos. Solo los reemplaza.

Elena se sacudió, sus ojos inyectados en sangre buscaban desesperadamente una salida. —¡Atrás! No sé quién eres, pero si trabajas para ellos, diles que todavía tengo información. El Grupo Dragón del Norte no es una entidad, es una red. Y yo sé quién apretó el gatillo contra los Varela.

Julián se detuvo, su corazón latiendo con una cadencia gélida. —Dime el nombre. ¿Quién es el verdadero dueño del trono?

Ella soltó una carcajada histérica, buscando en su bolso un documento arrugado, una prueba de su propia irrelevancia. —El dueño... ¿Crees que hay un solo rey? Es alguien que te enseñó a caminar en este negocio, Julián. Alguien que te dio la mano cuando eras un nadie, mientras planeaba cómo despojarte de tu apellido. Tu mentor. Don Octavio.

El nombre golpeó a Julián como un impacto físico. La traición no era una estrategia corporativa; era una herida familiar. Antes de que pudiera procesar la revelación, dos hombres de hombros anchos, con el sello del Grupo Dragón grabado en sus gemelos, irrumpieron en la terraza. No eran guardias; eran ejecutores.

Julián no esperó. En un movimiento fluido, desarmó al primero con un golpe seco en el plexo solar y, aprovechando el impulso, giró para inmovilizar al segundo contra la barandilla. La coreografía de su poder no era la de un empleado, sino la de un heredero que reclamaba su territorio. En menos de cinco segundos, ambos hombres yacían inconscientes.

Arrastró a Elena, ahora paralizada por el terror, hacia el vehículo blindado que lo esperaba en la salida de servicio. Ya dentro, Julián se quitó la máscara. La luz tenue del tablero iluminó su rostro, despojándolo de la invisibilidad que había cultivado durante meses. Dejó caer el anillo de sello Varela sobre la consola central, un símbolo de autoridad que ella no pudo ignorar.

—No te he salvado por piedad, Elena —sentenció Julián, su voz carente de cualquier rastro de servidumbre—. Te he dejado vivir porque eres la llave para desmantelar a quien nos traicionó a ambos. La máscara de la gala oculta al verdadero enemigo, y ahora sé exactamente dónde golpeará en la subasta final.

Elena, despojada de su estatus y su máscara, solo pudo mirar el anillo. La guerra había cambiado de frente: ya no era contra una casa de subastas, sino contra el hombre que le había enseñado todo lo que sabía. ¿Qué hará una mujer sin nada que perder cuando descubra que su mentor también la ha sacrificado?

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