Chapter 8
El zumbido del servidor central en el nivel -2 no era un sonido mecánico; era el rugido de una bestia devorando la verdad. Elena Valdés clavó los dedos en el borde de la consola, con el calor de los circuitos sobrecalentados quemándole las yemas. En la pantalla, una barra de progreso parpadeaba en un rojo agónico: 78%. El sistema no solo estaba purgando los archivos del ensayo 402; estaba desmantelando su propia existencia, borrando cada rastro de su identidad civil y bancaria en tiempo real.
—Elena, retírate —la voz de Luz Méndez, distorsionada por el intercomunicador, sonaba como un hilo de seda a punto de romperse—. Rivas ha cerrado los conductos. Si no sales ahora, el protocolo activará la supresión de oxígeno. No es una advertencia, es el procedimiento de limpieza.
Elena no respondió. Sus ojos estaban fijos en el contador de tiempo: 03:58:12. El Dr. Rivas había adelantado el fin del mundo cuatro horas, una jugada diseñada para asfixiarla antes de que pudiera enviar la evidencia a la prensa. La unidad flash, conectada al puerto principal, brillaba con una luz azul intermitente, marcando el ritmo de su propia ejecución.
Un estruendo metálico resonó en el pasillo exterior. Los sellos de seguridad bajaban, bloqueando las salidas. Elena salió al pasillo, encontrándose con Luz, quien bloqueaba el camino con la rigidez de quien ha aceptado su condena.
—Muévete, Luz. Rivas no te va a salvar cuando el sistema termine de limpiarse —espetó Elena, con los ojos inyectados en sangre por la adrenalina.
Luz soltó una carcajada amarga. —¿Salvarme? Rivas envió a alguien a mi casa hace diez minutos. Mi madre está sola, Elena. Él no juega a la política, juega con vidas reales. Si sales con eso, no solo serás una fugitiva; serás la causa de nuestra ejecución. —Luz le entregó una llave maestra improvisada, su mano temblando visiblemente—. El hospital ha activado la purga total. Cualquier registro que intentes copiar será marcado como virus y borrado al instante. Tienes diez minutos antes de que el nivel se convierta en una cámara de vacío.
Elena no esperó. Se deslizó por el conducto de servicio mientras escuchaba, a través de la rejilla, las pisadas firmes de Rivas acercándose al servidor. No caminaba como alguien que patrulla, sino como alguien que viene a ejecutar una sentencia. El intercomunicador escupió la voz fría del cirujano: «El sector -2 debe quedar estéril. No quiero a nadie dentro. Si encuentran a esa mujer, asegúrense de que no salga con nada en las manos. Ni siquiera con su propia historia clínica».
El vacío en el estómago de Elena se volvió gélido. Rivas no buscaba solo arrestarla; buscaba borrar su existencia. Elena llegó al archivo muerto, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido. Allí, conectó su tableta al terminal. El cursor parpadeó, errático, mientras la barra de descarga se congelaba al 84%. Entonces lo entendió: el archivo no era un depósito, era una celda diseñada para retenerla. El sistema la había guiado allí, bloqueando las salidas magnéticas en cuanto cruzó el umbral.
La pantalla emitió un pitido agudo: «Acceso denegado. Identidad purgada». Un estallido ensordecedor hizo saltar las bisagras de la puerta. El humo de la carga explosiva inundó la sala y Elena se quedó a oscuras. A través de la cortina de humo, las botas tácticas de los guardias resonaron con una cadencia militar. Elena retrocedió, sus dedos resbalando sobre la pantalla táctil que ahora solo mostraba un vacío digital. La purga de emergencia había comenzado, y ella estaba atrapada en el centro del sistema que ella misma intentó destruir.