Chapter 7
El zumbido del cuarto de servidores en el nivel -2 no era un sonido, sino una presión física que martilleaba los tímpanos de Elena Valdés. Arrancó a Lucía 'Luz' Méndez de su terminal, estampándola contra un bastidor de cables de fibra óptica. El indicador azul de los servidores bañaba el rostro desencajado de la técnica, revelando un sudor frío que no provenía del aire acondicionado.
—El Dr. Rivas sabe exactamente dónde estoy, Luz —siseó Elena, su voz afilada como un bisturí—. Y sabe que tengo la unidad flash. ¿Cómo se lo dijiste? ¿Por el canal de emergencia que solo tú y él conocen?
Luz intentó retroceder, pero tropezó con una maraña de cables de alimentación. Sus ojos, inyectados en sangre, escanearon la oscuridad del pasillo con un terror animal.
—No tenía opción, Elena —sollozó Luz, un sonido seco que se perdió entre el ruido de los ventiladores—. Rivas no solo controla mis credenciales. Tiene a mi familia bajo vigilancia física. Si no reportaba tus movimientos, si no le entregaba tus rutas de acceso... ellos desaparecerían. Ya lo han hecho con otros.
Elena sintió un vacío gélido en el estómago. La traición no era una elección, era una ejecución lenta. La cuenta regresiva en su muñeca, que marcaba 08:42:15, pareció acelerarse ante la revelación. La confianza, su única moneda de cambio en este laberinto de concreto y acero, se había evaporado.
Antes de que pudiera procesar la magnitud de la extorsión, el zumbido de la ventilación cambió de tono. Un silbido metálico recorrió los ductos: el protocolo de purga no solo estaba borrando archivos, estaba extrayendo el oxígeno de las áreas selladas para forzar la salida de cualquier intruso. Elena consultó su terminal portátil. La cuenta regresiva, que hace un momento marcaba un margen de ocho horas, saltó abruptamente a 04:12:05.
—¿Qué has hecho? —rugió Elena, mientras sus dedos volaban sobre el teclado, intentando desesperadamente desviar el comando de borrado remoto que Rivas acababa de autorizar.
—No es lo que yo hice, es lo que él me obligó a hacer —respondió Luz, con los dedos temblorosos sobre su propia consola. Sus ojos, expertos en la infraestructura del hospital, delataban una derrota absoluta—. Rivas sabe que tienes la unidad flash. Ha activado el bloqueo total del nivel 4. Si intentas salir por el ascensor principal, el sistema te identificará como un intruso sin identidad civil y activará el protocolo de contención letal.
Elena sintió que el aire se volvía denso. A través del cristal reforzado, vio en un monitor secundario cómo Rivas, con una calma inhumana, ejecutaba el borrado masivo de los registros de la paciente 402. Cada clic era una sentencia de muerte para la única prueba que justificaba su vida arruinada.
—Elena, ¿me copias? —La voz de Luz crepitó en el auricular, distorsionada por la interferencia—. El servidor central ha iniciado una purga de emergencia. Cuatro horas antes de lo previsto. Nos han detectado.
El pulso de Elena golpeó sus sienes. Si la purga se completaba, la verdad sobre el ensayo clínico ilegal moriría en segundos. Miró el panel de acceso directo a la red; la única forma de detener la masacre digital era una conexión física, un puente que la dejaría totalmente expuesta. Si se conectaba, sería borrada junto con los archivos.
El transmisor de Luz volvió a chillar: —El cortafuegos está colapsando. Rivas acaba de activar el protocolo de incineración de datos. Si no actúas ahora, no quedará ni el rastro de un error en el sistema.
Elena apretó los dientes, sintiendo el sudor frío resbalar por su nuca. Se acercó a la terminal, conectó la unidad flash y vio cómo el contador de la pantalla principal se desplomaba, marcando el inicio del fin. Sabía que al hacerlo, Rivas la vería, pero no tenía otra salida: o se conectaba para exponer la verdad, o desaparecía junto con ella.