Identidad comprometida
El agua del sótano, una mezcla viscosa de óxido y químicos de limpieza, le llegaba a las rodillas. Julián Varela presionó el expediente físico contra su pecho, sintiendo cómo la humedad comenzaba a desintegrar las esquinas del papel. A pocos metros, el haz de una linterna táctica cortaba la oscuridad con precisión quirúrgica. El ejecutor de Méndez no estaba buscando; estaba cazando.
Julián contuvo el aliento, el sabor metálico del miedo mezclándose con el hedor a moho. En su bolsillo, la unidad USB con el video original pesaba como una sentencia de muerte. Tenía sesenta y ocho horas antes de que el servidor central borrara cualquier rastro de la sobredosis de potasio del paciente 8892, pero esa cuenta regresiva ya no era el problema principal. El ejecutor se detuvo cerca de una tubería de vapor. Julián sabía que si lo atrapaban, no solo perdería el registro: desaparecería. Con un movimiento calculado, golpeó el codo de la tubería con una barra de metal, sumergiéndose bajo el agua turbia justo cuando el estallido de vapor cegaba al perseguidor. Aprovechó el caos para escabullirse hacia el muelle de carga, emergiendo en el pasillo de servicio con el corazón martilleando contra sus costillas.
El alivio duró un segundo. Al alcanzar el escáner biométrico del nivel 2, presionó su pulgar contra la placa de cristal. El pitido fue un golpe seco, un estruendo metálico en el silencio opresivo. La pantalla parpadeó en rojo intenso, proyectando un resplandor sangriento sobre su rostro desencajado. «ACCESO DENEGADO. IDENTIDAD: INTRUSO», leyó el monitor. El sistema no solo lo había bloqueado; lo había marcado como una amenaza activa. A pocos metros, las puertas de seguridad de acero reforzado comenzaron a sellarse herméticamente. El hospital, antes un laberinto familiar, se había transformado en una jaula automatizada. Julián trepó hacia el falso techo, arrastrándose por los conductos de ventilación mientras las alarmas comenzaban a aullar en todo el edificio.
Desde la estrecha rejilla, Julián observó su propia oficina convertida en una zona de purga. Abajo, el Director Méndez supervisaba personalmente la destrucción de archivos. El Dr. Aris, jefe de patología, movía cajas hacia una trituradora industrial.
—No dejes ni un rastro de la autopsia original —ordenó Méndez—. Si ese expediente vuelve a aparecer, no solo será tu licencia la que arda.
Aris levantó la mirada, sus ojos inyectados en sangre encontrándose con los de Julián en la rendija. No gritó. En lugar de eso, susurró con un terror palpable:
—Tu familia ya no está en casa, Julián. Los hombres de seguridad los recogieron hace diez minutos.
El mundo se detuvo. Julián salió de los conductos en un baño de empleados del cuarto piso, temblando. Su teléfono vibró. El mensaje era una sentencia: «Tu esposa y tu hija no han salido del parque. Entrégale el expediente a Méndez o los resultados serán biológicos, no administrativos». Sesenta y ocho horas para la purga total del servidor, pero el tiempo había dejado de ser una variable técnica. Marcó el número de su contacto periodístico. La voz al otro lado sonó gélida.
—Varela, te lo diré una sola vez —dijo el periodista, interrumpiendo su intento de hablar—. El expediente no es solo sobre una sobredosis. La red de corrupción llega hasta el Ministerio de Salud. Si lo entregas, te matarán igual. Si no lo haces, ellos mismos se encargarán de borrarte del mapa. Tienes sesenta y ocho horas, pero el reloj ya no corre para ti, corre para el país.