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Chapter 6: La ciudad bajo el agua

Julián destruye su teléfono para evitar ser rastreado y se reúne con Hugo, un periodista caído en desgracia, en un café clandestino. Hugo revela que la corrupción del hospital alcanza al Ministerio de Salud. Julián regresa al hospital y presencia cómo Elena Rivas es secuestrada por hombres armados, forzándolo a iniciar una persecución desesperada.

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La ciudad bajo el agua

La lluvia no caía sobre la ciudad; la golpeaba con una saña que convertía las calles en canales de escombros y sombras. Julián Varela, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo de haber escapado del sótano inundado, se detuvo un instante bajo el alero de un edificio en ruinas. El sistema biométrico del hospital lo había clasificado como 'intruso'. Cada cámara de seguridad con reconocimiento facial en un radio de diez manzanas era ahora una extensión de los ojos de Méndez. Sesenta y ocho horas. Ese era el tiempo que quedaba antes de que el servidor central borrara la sobredosis de potasio del paciente 8892 y, con ella, cualquier rastro de la responsabilidad de la junta directiva.

Julián sacó su teléfono. Necesitaba contactar con Elena, pero sus dedos, entumecidos por el frío, se detuvieron sobre la pantalla agrietada. Si realizaba la llamada, la triangulación de la señal revelaría su posición exacta. La familia de Julián ya estaba en manos de los hombres de Méndez; no podía permitir que Elena fuera la siguiente víctima de su rastro digital. Con una resolución amarga, dejó caer el dispositivo en una alcantarilla abierta. El sonido metálico al golpear el agua fue su despedida definitiva a la seguridad de una vida normal. Ahora estaba solo, y el silencio de su teléfono era el precio de su próxima jugada.

El Café 'El Refugio' era un antro de paredes descascaradas donde la ley se diluía entre el humo de cigarrillos baratos. Hugo, un periodista cuya carrera había sido enterrada por una investigación sobre el tráfico de influencias años atrás, lo esperaba en la mesa más oscura. Su piel amarillenta y sus ojos inyectados en sangre hablaban de una paranoia crónica, la marca de quien sabe demasiado en un país donde la verdad es un activo de alto riesgo.

—Estás marcado, Varela —siseó Hugo, sin saludar. Sus ojos recorrieron la entrada con desconfianza—. El sistema biométrico del hospital es infalible. ¿Qué traes ahí que valga tu vida?

Julián deslizó el expediente físico sobre la mesa, asegurándose de que la firma digital de Méndez en la orden de alteración fuera visible. Hugo se inclinó, sus dedos temblorosos recorriendo las líneas del documento. Cuando sus ojos se posaron en la rúbrica del director, el periodista palideció.

—Esto no es solo negligencia, Julián —murmuró Hugo—. He estado rastreando el flujo de datos. El hospital no está operando solo. Los registros de fallecimientos se están utilizando como una base de datos para experimentos de farmacéuticas vinculadas al Ministerio de Salud. Están limpiando a los pacientes que no sobreviven a las pruebas. Es una purga de Estado.

Julián sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La nota física en su bolsillo, la prueba de la sobredosis, ya no era solo una evidencia contra un hospital; era una sentencia de muerte que escalaba hasta los niveles más altos del poder ministerial. Hugo se puso a trabajar en los servidores antiguos de la trastienda, intentando forzar el protocolo de seguridad, pero el pánico se apoderó de la habitación cuando una alerta roja parpadeó en el monitor: la purga remota se había adelantado.

Julián no esperó a que la descarga terminara. Regresó a las inmediaciones del hospital, impulsado por una urgencia que superaba la lógica. Observó desde la sombra cómo el protocolo de seguridad se transformaba en una operación de extracción. Hombres con trajes oscuros, ajenos al personal médico, formaban un cordón alrededor de una camioneta negra. La puerta de acero se abrió y dos hombres arrastraron a la Dra. Elena Rivas hacia el vehículo. Su rostro, iluminado por la luz clínica de los pasillos, mostraba una resignación que heló la sangre de Julián. Sus miradas se cruzaron a través de la lluvia; ella no gritó, pero en sus ojos había una súplica que le dictó su siguiente paso. Sin pensarlo, Julián arrancó un vehículo abandonado cercano. La cacería había comenzado, y el reloj de las sesenta y ocho horas se sentía ahora como un latido frenético en su propia sien.

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