Sótano de archivos muertos
El aire en los conductos de ventilación sabía a metal oxidado y a los químicos de limpieza que el Hospital Central usaba para ocultar el olor a descomposición. Julián Varela se arrastraba sobre las placas metálicas, con las rodillas sangrando y el peso de la unidad USB en su bolsillo quemándole como un hierro al rojo vivo. Habían pasado cuarenta minutos desde que Elena Rivas se la entregó; cuarenta minutos de una cacería humana en la que él era la presa. Abajo, en el pasillo del ala administrativa, el sonido de botas tácticas resonó contra el linóleo. Julián se inmovilizó, conteniendo la respiración hasta que sus pulmones protestaron.
—El Director Méndez quiere el sector C cerrado antes de medianoche —dijo una voz grave, distorsionada por el equipo de radio—. Si el técnico de archivos sigue ahí, que no salga por su propio pie. La purga de datos es irreversible si no controlamos el acceso físico.
Sesenta y ocho horas. Ese era el margen antes de que el servidor central borrara cualquier rastro del paciente 8892 y del encubrimiento de la sobredosis de potasio. Julián apretó los dientes. Méndez no solo estaba borrando un error médico; estaba enterrando una red de tráfico de datos genéticos que involucraba a farmacéuticas externas. La nota física que Julián guardaba en su camisa era la única prueba tangible que conectaba a Méndez con la orden de alteración, pero ahora era un blanco con patas. Sin pensarlo más, se dejó caer sobre el techo de un ascensor en movimiento, dejando que la inercia lo arrastrara hacia el nivel inferior, el sótano de archivos muertos.
Al aterrizar sobre el suelo de cemento, el impacto le sacudió los huesos. El agua goteaba desde las tuberías oxidadas del techo, marcando un ritmo agónico. El sótano era un cementerio de expedientes donde la humedad reclamaba la verdad. El agua, una mezcla aceitosa que subía rápidamente por el desbordamiento de las alcantarillas externas, ya le cubría los tobillos. Con la linterna de su móvil proyectando un haz tembloroso, Julián se abrió paso entre las estanterías metálicas. Buscó la fila 402, el área de archivos de hace tres años. Sus dedos entumecidos recorrieron las etiquetas de cartón hasta dar con la caja marcada: Paciente 8892.
El expediente estaba allí, pero la humedad ya había comenzado a destruir el papel. Julián pasó las hojas con desesperación, ignorando el chapoteo que delataba el avance del agua. Allí estaba: la hoja de registro de enfermería original. La caligrafía de Lucía Méndez era inconfundible, detallando la administración de potasio, y justo debajo, la firma digitalizada y la orden de alteración del Director Méndez. No era una negligencia. Era una ejecución administrativa.
Guardó el documento en una bolsa estanca, pero entonces, el zumbido de los fluorescentes sobre él se volvió insoportable, y luego, el estallido. La luz murió, dejándolo sumergido en una oscuridad absoluta. El sótano, un laberinto de estanterías, se convirtió en una trampa de sombras. Julián se quedó inmóvil, con el agua estancada rodeando sus zapatos.
—Sé que estás ahí, Varela —la voz llegó desde el fondo del pasillo, cargada de una calma depredadora—. El Director me paga por limpiar la basura, no por discutir con ella.
Julián sintió el frío metálico del cañón de un arma contra su nuca. En ese instante, su teléfono vibró en el bolsillo, iluminando brevemente el agua con una luz azulada: un mensaje de su hogar. “Estamos con tu familia. No cuelgues”.