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Chapter 3: El archivo prohibido

Tomás logra acceder al archivo fuente y descubre la implicación de su padre en los experimentos de Vera Ledesma de hace una década. El descubrimiento provoca una represalia inmediata: Vera bloquea el acceso y acelera la cuenta regresiva del relicario a la mitad. Tomás escapa con la evidencia, pero recibe una foto de Mara que confirma que el relicario ha llegado hasta ella con un mensaje personal de su padre fallecido.

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El archivo prohibido

El zumbido de los servidores en el sótano del estudio no era ruido blanco; era una frecuencia metálica que le taladraba la mandíbula a Tomás. Con el relicario en su bolsillo marcando cuarenta y siete horas y once minutos, el tiempo ya no era una medida, sino una soga que se tensaba con cada latido. Tomás conectó la unidad flash de Iker al puerto maestro. Sus manos, antes precisas, temblaban por el insomnio y la náusea de haber visto su saldo bancario en cero: el recordatorio digital de que Vera Ledesma ya lo había borrado de la nómina y de la realidad corporativa.

—Acceso denegado —siseó la pantalla, proyectando una luz roja que le tiñó la cara de sangre—. Código de usuario Varela-T. marcado por fraude y sabotaje.

Tomás ignoró la alerta. No era un error; era una purga. Iker, oculto en las sombras del pasillo, le lanzó una mirada de terror puro antes de esfumarse. Tomás se obligó a concentrarse, saltándose los protocolos con una desesperación que le quemaba la garganta. La barra de progreso avanzaba con una lentitud agónica. Cada porcentaje era un sacrificio de su reputación. Cuando la barra alcanzó el 40%, el servidor soltó un pitido seco y una carpeta oculta se desplegó: «Backstage / prueba 01 / 10 años atrás».

Tomás abrió el primer clip. La imagen estaba granulada, un vestigio de la era donde el streaming era un experimento salvaje, pero los rostros eran inconfundibles. Allí estaba Vera Ledesma, una década más joven, dando instrucciones sobre cómo falsear una aparición espectral. Pero no fue ella quien capturó el aliento de Tomás. En el ángulo inferior derecho, una figura se movía entre los cables con una familiaridad pasmosa. Era su propio padre, sosteniendo un relicario idéntico al que ahora le quemaba el muslo. A su lado, apenas visible, estaba la respuesta a por qué el nombre de su padre había sido borrado de todos los archivos oficiales.

Antes de que pudiera procesar la traición, la luz ambiental cambió a un rojo clínico. Todos los monitores se sincronizaron en un parpadeo negro. Cuando la imagen regresó, Vera Ledesma lo miraba desde cada pantalla, su voz saliendo por los altavoces con una claridad que cortaba el aire.

—Tomás, el exceso de curiosidad es un defecto de diseño —dijo ella, con una calma que lo desarmó—. Sabes que el acceso que acabas de forzar no es un error. Es un contrato. Y el contrato tiene una cláusula de rescisión inmediata.

El relicario en su bolsillo comenzó a vibrar con una intensidad violenta, y el contador en la pantalla principal dio un salto brusco. De las cuarenta y siete horas, el tiempo se desplomó a veintitrés. Vera no solo lo había descubierto; estaba acelerando el final. Tomás arrancó la unidad flash justo cuando las puertas de seguridad del pasillo comenzaban a sellarse con un golpe hidráulico. Había ganado la prueba, pero al precio de convertirse en el objetivo principal de la mujer que, según las imágenes, había sido la socia de su padre en el pecado original de la cadena. Mientras corría hacia la salida de servicio, una notificación en su móvil lo detuvo: Mara Ríos le enviaba una foto desde su camerino. Era el relicario. Y sobre él, una nota escrita con la caligrafía inconfundible de su padre, muerto hace años.

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