La purga del Sector 7
El metal del hangar en el Sector 6 gimió bajo el impacto de una carga de demolición. Leo Valenti no levantó la vista de la consola; sus dedos, manchados de aceite sintético y sangre seca, bailaban sobre los comandos del Chatarra-09. La firma digital de Kaelen —la prueba irrefutable de que el Director había ejecutado a su padre para encubrir una malversación de fondos— palpitaba en el HUD como un virus esperando ser liberado.
—Tres minutos para la brecha total —susurró el sistema.
Leo sintió el frío del metal en sus manos. No era un entrenamiento. El escuadrón de eliminación no buscaba arrestarlo; venían a borrar un error estadístico. Su deuda parpadeaba en rojo: 861.200 créditos. La tasa de sincronización se estancaba en el 48%. Leo redirigió el flujo de energía de los estabilizadores de soporte vital hacia el núcleo de procesamiento. Un dolor punzante le recorrió la columna, pero la cifra en pantalla saltó al 50%. El Chatarra-09 cobró vida con un rugido agónico y una firma de energía inestable.
Los portones reforzados cedieron. Tres mechs de la guardia institucional, pintados con el negro mate de la purga, irrumpieron en el hangar. Leo no esperó. Inyectó la firma corrupta de Kaelen directamente en el protocolo de identificación del escuadrón enemigo. Por un segundo, los sensores de los atacantes se volvieron ciegos, confundiendo a sus propios compañeros con objetivos de alto valor. El líder del escuadrón disparó una ráfaga de plasma que impactó contra su propio flanco, enviando un mech a estrellarse contra una columna de soporte.
—¡Error en sistema! ¡Identificación hostil! —gritó la radio, saturada de estática.
Leo aprovechó el caos para maniobrar, pero el peso de la sincronización le quemaba las terminaciones nerviosas. Justo cuando un cañón de riel se fijaba en su cabina, una silueta elegante irrumpió en el hangar. Era el Valkiria-I. El mech de Valeria Soler se interpuso entre Leo y los atacantes, desplegando un escudo de energía cinemática que absorbió el fuego enemigo.
—¡Soler! ¡Apártate! —rugió la voz distorsionada de un oficial.
—Este sector está bajo mi jurisdicción de prueba, no bajo vuestra incompetencia —respondió Valky, su voz gélida cortando la estática. Su mech giró la cabeza, fijando sus sensores ópticos en Leo—. Valenti, si tienes algo que decir sobre tu rendimiento anómalo, que sea rápido. ¿Por qué Kaelen quiere borrarte?
Leo proyectó un fragmento encriptado en el canal privado de Valky. La chica guardó silencio mientras los datos de la ejecución de su padre se desplegaban ante ella. La lealtad institucional de Valky se agrietó; ella conocía el peso de los apellidos en la academia y la podredumbre que se escondía tras la jerarquía.
—Cúbreme —dijo Leo, su voz quebrada—. Voy a la torre de transmisión.
La carrera hacia la antena fue un infierno de fuego cruzado. Bajo el fuego del escuadrón de Kaelen, Leo forzó la sincronización al 65%. El feedback neuronal amenazaba con destrozar su mente, pero el módulo prototipo mantenía el enlace. Al llegar a la base de la torre, Kaelen irrumpió por la frecuencia abierta, su voz despojada de toda pretensión de autoridad.
—El Sector 7 es prescindible, Valenti. Y tú eres un cadáver que aún no se ha desplomado.
Leo ignoró la amenaza. Sus dedos, entumecidos por el esfuerzo, iniciaron la secuencia final. El archivo del asesinato de su padre estaba en el búfer de salida. Mientras los mechs de asalto rodeaban la torre, Leo hackeó la frecuencia global de la academia. La transmisión comenzó a difundirse por todos los HUD de los estudiantes y el personal. El escuadrón de Kaelen se detuvo en seco al ver la verdad proyectada en el cielo del Sector 7. La purga había terminado; la guerra acababa de empezar.