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Chapter 8: La verdad en el código

Leo se infiltra en el núcleo de datos del Chatarra-09 en el Sector 6, logrando descifrar la firma digital de Kaelen que confirma el asesinato de su padre. Mientras el escuadrón de eliminación de Kaelen irrumpe en el hangar, Leo integra la prueba como un arma, preparándose para su última resistencia.

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La verdad en el código

El aire en el Sector 6 no se respiraba; se masticaba. Era una mezcla espesa de ozono, refrigerante sintético y el olor a metal recalentado que siempre precedía a una purga. Leo Valenti cerró la escotilla del Chatarra-09 con un golpe seco. El indicador de sincronización parpadeaba en un 45% constante, un número que le quemaba los ojos. No era suficiente para ganar una guerra contra la Academia, pero era todo lo que tenía para sobrevivir a la noche.

El cronómetro en su HUD marcaba 58 minutos. Kaelen no enviaría una auditoría; enviaría un escuadrón de eliminación. Leo se deslizó bajo el chasis del mech, con las manos manchadas de grasa negra y sangre seca. Sus dedos, entrenados en el taller de su padre, se movieron con una precisión que no permitía el miedo. Necesitaba cegar los sensores de la Academia antes de que el protocolo de rastreo localizara la firma energética del módulo ilegal.

—Si esto falla, no habrá un mañana —murmuró. Conectó un capacitor de alta descarga a la red maestra del hangar. Al sobrecargarlo, generó una interferencia electromagnética que convirtió el sector en un punto ciego digital. El costo fue inmediato: el sistema de soporte vital del hangar se apagó, dejando a Leo trabajando en una penumbra asfixiante, solo iluminada por el rojo agónico de su HUD.

Leo conectó el cable de interfaz al núcleo del Chatarra-09. La deuda de 861.200 créditos parpadeó en su visión, una soga que se apretaba con cada ciclo de procesamiento. Al forzar el acceso al firewall, el sistema de la Academia contraatacó. Leo sintió una descarga de estática que le recorrió la columna; el dolor era real, físico, una consecuencia directa de su intrusión. Desvió la energía de sus reservas de sincronización, sacrificando su estabilidad física para romper la última capa de encriptación.

El archivo se abrió. No era solo una bitácora; era una sentencia.

«Proyecto Sombra: Autorización de baja técnica. Objetivo: Valenti, A. Ejecución: Kaelen, V.»

La firma digital de Kaelen estaba allí, inconfundible, grabada en el código fuente de la Academia. Su padre no había muerto en un accidente de prueba; había sido ejecutado por descubrir la venta de tecnología militar al mercado negro. La rabia, fría y afilada, reemplazó el miedo en el pecho de Leo.

El comunicador chisporroteó. La voz de Valky, tensa, rompió el silencio.

—Leo, sal de ahí. Kaelen ha detectado la anomalía. No es una auditoría. Es un equipo de limpieza. Tienes menos de tres minutos.

Leo ignoró la advertencia. Con un movimiento rápido, extrajo el chip de datos y lo integró en el sistema de puntería del Chatarra-09. El mech rugió, el metal vibrando en una sintonía nueva, letal. La prueba del crimen ya no era un archivo; era un vector de ataque.

El estruendo de las puertas reforzadas del hangar volando en pedazos sacudió el suelo. El humo se disipó, revelando las siluetas de los mechs de élite de Kaelen. No venían a auditar; venían a borrar el Sector 6 del mapa. Leo se sentó en la cabina, con el pulso sincronizado al 50% con la máquina, y vio cómo los láseres de los enemigos se fijaban en su posición. La verdad estaba en el código, y por primera vez, Leo tenía el poder de dispararla.

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