Sincronización letal
El aire en la bahía de mantenimiento del Sector 7 era una mezcla viciada de ozono, refrigerante y el sudor frío que empapaba la espalda de Leo. El Chatarra-09, un amasijo de placas de blindaje mal ajustadas y cables expuestos, vibraba bajo sus dedos con una resonancia que no debería existir. En el HUD, el indicador de sincronización parpadeaba en un ámbar eléctrico: 40%. Era una cifra prohibida, una anomalía que gritaba «sentencia de muerte» ante los sensores de la Academia. Pero el verdadero peligro no era el rendimiento del mech, sino la intrusión neuronal que acababa de fracturar su mente.
Leo se desplomó contra el respaldo de cuero sintético, con el corazón golpeando sus costillas como un martillo de demolición. La visión seguía ahí, grabada a fuego en su corteza cerebral: el sonido metálico de un disparo de precisión, el vacío del espacio exterior y la imagen distorsionada de su predecesor, un piloto anónimo, cayendo mientras intentaba extraer un registro de datos. No fue un accidente. Fue una ejecución institucional. El sistema de la Academia, detectando el acceso no autorizado a los registros internos, empezó a emitir un pitido estridente. Un mensaje de error rojo inundó su visión: «Error de integridad. Iniciando formateo de memoria del bastidor». Leo apretó los dientes, forzando la integración del dato en lugar de permitir la purga. Si el sistema borraba esa memoria, la verdad sobre el asesinato de su predecesor desaparecería con ella, y él seguiría siendo solo una estadística más en la deuda de Kaelen.
Salió de la cabina y se dirigió al Hangar 4, donde el aire era más limpio y el silencio pesaba con la gravedad de los secretos de élite. Valeria 'Valky' Soler estaba junto a su bastidor, un modelo de alta gama que brillaba bajo las luces de neón. Ella no se giró, pero sus hombros se tensaron cuando Leo se acercó.
—Kaelen está revisando los registros de vuelo —dijo ella, con la voz afilada como un bisturí—. Si encuentran el rastro de tu sincronización, serás chatarra antes del amanecer.
—Vi el asesinato, Valky —respondió Leo, ignorando el protocolo—. El bastidor no falló; alguien desactivó los amortiguadores de inercia un segundo antes de que el piloto colisionara. Fue un homicidio para ocultar la manipulación de deuda de Nivel 5.
Valky se giró. Sus ojos, fríos y calculadores, escaneaban el rostro de Leo buscando una fisura, una mentira. Lo que encontró fue una certeza que la hizo palidecer. Ella suspiró, un sonido casi imperceptible, y le entregó un pequeño vial de combustible sintético, una sustancia prohibida que brillaba con una iridiscencia violácea.
—Si esto te mata, al menos será por algo más que esta academia —susurró ella, antes de darle la espalda.
La prueba de fuego llegó una hora después. El Director Kaelen, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, observaba desde el palco de cristal. Tres mechs de la Academia, pulidos y letales, se desplegaron en la arena. El Chatarra-09, cargado con el combustible de Valky y los datos del asesinato, no era el mismo. Cuando el primer acosador se lanzó, Leo no vio un ataque; vio el recuerdo del piloto original. El tiempo se fracturó. Leo esquivó el tajo de la vibracuchilla con una precisión que desafiaba la física, usando la memoria del cadáver para anticipar cada movimiento del oponente. La arena estalló en murmullos. Kaelen se puso en pie, con los nudillos blancos sobre la barandilla.
Tras la victoria, Leo fue convocado a la oficina del Director. El holograma de su deuda, 861.200 créditos, palpitaba en rojo sobre el escritorio de cristal. Kaelen lo observaba como a una rata en un laberinto.
—Tu sincronización superó el 40%, Valenti. Ese bastidor es una reliquia inestable —dijo Kaelen, con una voz que era una amenaza velada—. ¿Qué más escondes en esos circuitos?
Leo mantuvo la mirada, sintiendo el peso del chip de datos que había extraído del núcleo. Ya no era la presa asustada. La sincronización seguía subiendo, y con ella, la comprensión de que el sistema no solo controlaba su deuda, sino que planeaba convertirlo en el próximo sacrificio, a menos que él fuera quien apretara el gatillo primero.