Ascenso bajo fuego
El hangar del Sector 7 olía a ozono quemado y a la desesperación de los que saben que su tiempo se agota. Leo Valenti ajustó el arnés del Chatarra-09, sintiendo el cuero cuarteado crujir contra sus hombros. En su HUD, el contador de deuda destellaba en un rojo incandescente: 861.200 créditos. Un recordatorio de que, para la Academia de Hierro, su vida era solo un activo depreciable.
—Si este trasto vuelve a fallar, Valenti, te enviaré a las minas de escoria antes del mediodía —la voz del técnico jefe retumbó por el intercomunicador. No era una advertencia; era una sentencia.
Leo ignoró el ruido. Sus dedos volaban sobre la consola, sincronizando los pulsos del motor para ocultar la firma energética del módulo prototipo. Era un equilibrio precario: el módulo permitía una sincronización del 85%, una cifra que debería haberlo catapultado a la élite, pero que en su situación solo servía como evidencia de un crimen tecnológico. Los sensores de escaneo de la academia comenzaron su barrido. Leo cerró los ojos, visualizando la estructura del motor. No hoy.
En la Arena Principal, el aire estaba cargado de estática. Frente a él, Jax, un piloto de clase media, aguardaba con un mech de la serie Bastión. Para la élite, Leo era un error estadístico; para el Director Kaelen, que observaba desde el palco superior con una gélida inmovilidad, era una pieza que debía ser retirada del tablero.
—Iniciando prueba de combate —anunció el sistema.
Jax disparó una ráfaga de plasma que hizo que los escudos de Leo parpadearan. El Chatarra-09 se sacudió, pero Leo no retrocedió. Activó el módulo. La sincronización se disparó. El mundo se volvió lento, nítido, calculable. Leo vio el patrón de energía de Jax: confiaba demasiado en la potencia bruta, dejando su flanco izquierdo expuesto durante el ciclo de recarga. Leo impulsó su mech hacia adelante, ignorando las alarmas de sobrecalentamiento. Con una maniobra de evasión cinemática que desafiaba la física de un chatarra, se deslizó por debajo del Bastión y sobrecargó los escudos de su oponente con un pulso directo. El Bastión se desplomó, inerte. La multitud guardó un silencio sepulcral.
El alivio fue breve. Al ser escoltado a la zona de mantenimiento, Valky, la supervisora de rango medio, le bloqueó el paso. Sus ojos, afilados como escáneres, desnudaron cada circuito de Leo.
—Ese modelo no debería haber ejecutado una maniobra de empuje vectorial de grado militar —sentenció ella, invadiendo su espacio personal—. Fue una anomalía, Leo. Si detecto un solo código ajeno en tu registro, serás purgado.
Leo forzó una sonrisa, ocultando sus manos temblorosas. Mientras ella se alejaba, su terminal vibró. Accedió a los registros maestros de la academia, saltándose los cortafuegos con la última reserva de energía del módulo. Sus dedos se detuvieron en seco. No era una simple deuda; era un archivo cifrado que confirmaba sus peores temores: «Deuda de Valenti: Manipulación de nivel 5». Su familia no había sido víctima del infortunio, sino de un diseño institucional, una trampa matemática destinada a consumir generaciones.
Antes de que pudiera procesar la magnitud de la traición, una sirena de alerta roja desgarró el aire del hangar. El cronómetro en su consola marcaba 60 minutos. Kaelen había ordenado una auditoría técnica inmediata sobre el Chatarra-09. Los inspectores ya cruzaban la compuerta. Leo sintió el peso de la conspiración sobre sus hombros; si no ocultaba el módulo ahora, su única ventaja desaparecería junto con su libertad.