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Chapter 10: La caída del ídolo

Kael y Mara logran ensamblar un chasis de emergencia utilizando el núcleo prototipo, a costa de un daño neural permanente en Kael. En un duelo público en la Arena Central, Kael expone la corrupción de Valerius mediante una filtración de datos en tiempo real, transformando el duelo en una guerra abierta donde la reputación del rival está en juego tanto como su vida.

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La caída del ídolo

El Cicatriz no era más que un amasijo de metal humeante en el túnel de desecho. El núcleo, una vez el corazón palpitante de la máquina, había implosionado bajo el protocolo Omega-9, dejando el chasis como un cadáver frío. Kael se arrodilló, con las manos enguantadas recorriendo el metal calcinado. La interfaz retinal, un parpadeo constante de advertencias, le clavaba la realidad en la retina: Duelo sin reglas – Arena Central – 18:12:09 restantes.

Mara, apoyada contra la pared, se presionaba el hombro herido. Su respiración era un siseo metálico. —Está muerto, Kael. Ni un voltio de remanente. Si el Gremio llega antes de que encontremos una salida, seremos chatarra.

Kael no respondió. Sus dedos, guiados por la memoria de un mecánico que ya no distinguía entre dolor y necesidad, se hundieron en la grieta del pecho del mech. Extrajo el cilindro negro. El fragmento palpitaba con vetas violetas, una firma energética que desafiaba las leyes del sector. La piel de su palma se ampolló al contacto, pero él solo sintió el peso de la llave maestra.

Acceso orbital nivel 1 confirmado. Coordenadas activas. Almacén de emergencia – sector abandonado – ventana de 47 minutos antes de colapso estructural.

—Muévete —ordenó Kael, levantándose.

Corrieron por los túneles inferiores, un laberinto de tuberías oxidadas y vapor. La firma violeta que Kael portaba era una bengala en la oscuridad; los sensores del Gremio barrían los niveles superiores con una insistencia depredadora. Llegaron al acceso orbital sellado, una compuerta blindada marcada con el emblema del rayo. Mara conectó el puente improvisado. El metal cedió con un gemido agónico.

Dentro, el almacén era un cementerio de prototipos. Chasis de clase-4, olvidados por el tiempo, esperaban en la penumbra. Kael localizó un esqueleto de Titán, intacto, con ranuras de quinta generación.

Las defensas automáticas despertaron. Torres giratorias escupieron ráfagas de proyectiles perforantes. Mara se lanzó tras un pilar, disparando su pistola de pulsos para ganar segundos. —¡Treinta y ocho minutos! —gritó ella—. ¡Si no terminas, nos entierran aquí!

Kael arrastró el chasis al centro. Conectó el cilindro violeta. La interfaz neural le taladró el cráneo: Incompatibilidad crítica. Riesgo de rechazo total. Daño neural permanente estimado: 62-81 %.

—Hazlo —susurró Mara.

Kael pulsó la secuencia. El núcleo se encendió, inundando el almacén con una luz violeta cegadora. El dolor fue un clavo ardiendo detrás de su ojo izquierdo. La sensibilidad de su rostro se apagó, una parálisis fría que le confirmó el precio de la sobremarcha. Pero el chasis respondió. El Titán se alzó con un rugido hidráulico, sus placas de blindaje ajustándose con una precisión letal.

Eficiencia: 41 %. Firma estabilizada.

Mara se acercó, su rostro pálido bajo la luz violeta. —Valerius ha cancelado las reglas. Viene en persona. Sin árbitros, sin límites.

Kael flexionó su mano derecha. —Que venga.

La Arena Central era un hervidero de cuarenta mil almas. Cuando Kael entró, el silencio fue absoluto antes de convertirse en un rugido de odio y asombro. Su mech, una amalgama de tecnología prohibida y desesperación, caminaba con una cadencia pesada.

Valerius emergió por la entrada sur. Su mech, un coloso negro y dorado de última generación, era la antítesis de Kael: perfección, poder y privilegio. —Te di la oportunidad de desaparecer —la voz de Valerius retumbó en todo el estadio—. Elegiste el escenario público. Que así sea.

El duelo comenzó con un impacto de plasma que arrancó una placa del hombro de Kael. La integridad estructural cayó a 71 %. Kael esquivó, sintiendo el peso del brazo inerte, y abrió el canal privado con Mara. —Ahora.

Mara envió el pulso. Un hilo de datos corruptos se filtró en el núcleo de mando de Valerius. Las pantallas gigantes parpadearon. Por dos segundos, la verdad se proyectó sobre la arena: transferencias del Gremio a Vespera, órdenes de confiscación, nombres de víctimas. La corrupción de la élite, expuesta.

Valerius rugió, perdiendo la compostura. Cargó contra Kael, su puño de plasma listo para la ejecución. —¡Te voy a destrozar!

Kael sonrió, aunque la sangre le nublaba la vista. —No si yo te rompo primero.

El puño descendió, pero Kael ya estaba moviéndose, el núcleo violeta rugiendo en su pecho, listo para la última apuesta.

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