El límite roto
El túnel de acceso al Campo de Pruebas apestaba a ozono y a la carne quemada de mi propio rostro. Diecinueve minutos. El contador de la interfaz neural, un parpadeo rojo que me taladraba el cráneo, no me daba tregua: 19:00, 18:59, 18:58. Mi Titán Clase-4, una amalgama de chatarra y desesperación, avanzaba con un cojeo rítmico que hacía crujir los cimientos del sector. El brazo izquierdo, inerte tras la sobrecarga del núcleo, colgaba como un péndulo de cables muertos.
—Mara, dime que las puertas están listas —gruñí. El dolor neural del lado izquierdo me nublaba la visión con estática violeta; cada palabra era un esfuerzo sobrehumano.
—Dieciocho minutos, Kael. Las compuertas se abren a los quince. Valerius ya está en el centro del ring, pavoneándose ante siete millones de espectadores. Si no apareces, el Gremio te borrará del registro antes de que el sol toque el horizonte.
Eficiencia energética: 41%. Integridad estructural: 37%. El núcleo prototipo zumbaba en mi pecho, una vibración que amenazaba con desintegrar el chasis. No había vuelta atrás. Activé la sobrecarga. Un latigazo de energía violeta recorrió los circuitos, disparando mi eficiencia al 62% a costa de una punzada en la sien que me hizo gritar. Los propulsores dorsales rugieron, lanzando al Titán hacia la luz de la arena.
Las puertas hidráulicas se abrieron con un estruendo que sacudió la grada. Entré. El Titán Élite de Valerius, negro mate y reluciente, me esperaba como un verdugo. Sin preámbulos, se lanzó. Su puño reforzado impactó mi hombro derecho, arrancando placas de blindaje como si fueran papel. Integridad: 34%.
—Siempre tan patético, chatarrero —la voz de Valerius resonó en el canal abierto, cargada de una arrogancia que estaba a punto de romperse—. ¿Creíste que este truco de taller te salvaría?
No respondí. Aproveché el impulso del golpe para cerrar la distancia. Mientras él recargaba, clavé mi conector de datos en su puerto expuesto. La barra de progreso de la transferencia de datos comenzó a escalar: 12%, 28%, 41%.
Las pantallas gigantes de la arena parpadearon. Los archivos de corrupción de Vespera —transferencias ilegales, sobornos a inspectores, subastas amañadas— empezaron a inundar la red pública. La multitud, antes un rugido de desprecio, se transformó en un murmullo de horror absoluto.
Valerius entró en pánico. Disparó una salva de misiles de proximidad. Tres impactaron mi torso. Integridad: 19%.
—¡Mantén el enlace, Mara! —rugí.
—¡82%! La red lo está replicando en nodos secundarios, pero él va a por el núcleo de transmisión.
Valerius, desesperado, lanzó un golpe descendente contra mi conector. Me retorcí, perdiendo el brazo izquierdo en el proceso, pero manteniendo el enlace. 94%. Él activó un pulso electromagnético. El mundo se volvió negro. Los sensores murieron. El silencio en la cabina era absoluto, solo roto por mi respiración agónica.
Pero la interfaz retinal seguía viva. Canalicé el último gramo de energía del módulo en un golpe directo al reactor expuesto de Valerius. El impacto fue un estallido de luz violeta. Su Titán se desplomó, humeante.
La transmisión se cortó, pero el daño estaba hecho. Los datos ya eran propiedad pública. Kael cayó de rodillas, con el chasis al 4% de eficiencia. En mi interfaz, entre la estática, un mensaje cifrado apareció:
«Sector Industrial comprometido. Acceso nivel 1 confirmado. El Campo de Pruebas ha terminado. La guerra interestelar espera.»
El contador llegó a cero. Había ganado, pero el verdadero ascenso apenas comenzaba.