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Chapter 9: Fuerza bruta y precisión

Kael y Mara escapan del pabellón sellado por mechs del Gremio mediante una huida desesperada por las alturas industriales. Kael ejecuta una maniobra imposible con la sobremarcha del módulo prototipo, derribando un perseguidor a costa de dañar críticamente el núcleo. Acorralados y con el mech al borde del colapso, Mara activa el protocolo de emergencia Omega-9, sacrificando permanentemente el motor del Cicatriz para romper el cerco y alcanzar los túneles de desecho. La victoria tiene un costo definitivo: el Cicatriz queda inutilizado. Mientras el humo se eleva, Valerius irrumpe en el canal para anunciar que él mismo será el rival en el próximo duelo, rompiendo todas las normas.

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Fuerza bruta y precisión

El contador de confiscación del Gremio ardía en la esquina del HUD: 7:52… 7:51… El pabellón entero era ya una trampa de acero. Las ocho siluetas de mechs pesados sellaban cada salida como clavos en un ataúd. La firma violeta residual aún lamía las paredes, traicionera, imposible de apagar. El Cicatriz temblaba bajo Kael con apenas 38 % de integridad. Brazo izquierdo muerto. Torso chirriando cada vez que intentaba girar. El cañón auxiliar del brazo derecho marcaba un miserable 14 % de carga.

—Mara —susurró por el canal privado, voz rota—, dime que tienes un camino.

Desde las sombras detrás del expositor de Vespera, la silueta de ella apenas se insinuó. —Compuerta de ventilación norte, nivel inferior. Placas de contención militar, pero la de emergencia está a quince metros detrás de su stand. Si llegas antes de que cierren el perímetro completo… —No voy a llegar caminando.

Kael flexionó el brazo operativo. El zumbido grave de los Guardianes-IX cambió de tono. El más cercano levantó un cañón de pulso inmovilizador. El haz azul lo alcanzó en el torso como un martillo helado. El Cicatriz perdió movilidad lateral en un instante. El contador bajó a 7:38. Dolor fantasma le subió por la nuca hasta los ojos.

—Ahora o nunca —dijo Mara.

Kael cargó el último impulso del motor sobrecargado. El Cicatriz se lanzó hacia la compuerta norte, metal contra metal, chispas saltando. El brazo derecho golpeó la placa de contención una, dos veces. La tercera la arrancó con un crujido ensordecedor. El hueco de ventilación se abrió como una boca negra. Kael se lanzó de cabeza.

El Cicatriz salió disparado por el conducto con un rugido que era puro sufrimiento. Mara estabilizaba desde el asiento auxiliar, nudillos blancos sobre los controles de emergencia. —Tres-cinco segundos para que los sensores térmicos nos vuelvan a fijar —advirtió ella—. Tuberías principales o nos fríen desde tres vectores.

El enlace neural quemaba. La firma violeta palpitaba como una herida abierta. Abajo, los mechs pesados desplegaban propulsores de persecución. Sus siluetas angulosas subían en formación de tenaza, cañones de riel brillando fríos.

El Cicatriz chocó contra la primera pasarela oxidada. Kael corrigió con un giro brutal del torso. La estructura entera vibró. Humo negro salía de las rejillas. Eficiencia al 18 %. Los mechs ganaban terreno.

—Caída controlada —dijo Kael entre dientes.

Se lanzó entre dos torres de enfriamiento. El Cicatriz giró en el aire, aprovechando la inercia muerta del brazo izquierdo como contrapeso. El movimiento rompió línea de visión por siete segundos preciosos. Los sensores enemigos parpadearon en confusión.

Pero el motor tosió. Humo negro espeso. La alarma interna chilló: Eficiencia 16 % – riesgo de fallo catastrófico inminente.

Los mechs ajustaron formación. Distancia: cuatrocientos metros y cerrando.

La pared de contención del sector 7 se alzó delante: doscientos metros de hormigón y aleación naval. Detrás, el abismo. Delante, los ocho mechs. Abajo, trabajadores del sector pararon en las pasarelas, rostros alzados, esperando el final.

Un garfio de contención silbó. El cable se tensó a tres metros del flanco derecho.

—Treinta y siete segundos para impacto total —dijo Mara.

Kael apretó los dientes. —Sobremarcha. Ahora.

Mara lo miró de reojo. —Núcleo al 9 %. Si la activas, el módulo muere. Y probablemente nosotros también. —No hay otra opción.

Los dedos de Kael encontraron el interruptor rojo bajo el panel auxiliar. Un latido. Luego lo pulsó.

El mundo se volvió violeta.

El módulo prototipo rugió dentro del Cicatriz. Ignoró límites de inercia, gravedad, física. El mech giró 180° en el aire en una fracción de segundo que ningún modelo estándar podría soñar. El brazo operativo impactó lateralmente contra el Thunderclad líder. Metal contra metal. El propulsor derecho del mech pesado se arrancó en una explosión de chispas. El Thunderclad entró en caída descontrolada, estrellándose contra una torre de enfriamiento con un estruendo que hizo temblar medio sector.

Abajo, los trabajadores gritaron. Algunos alzaron puños. Otros se quedaron inmóviles, mirando al chatarrero que acababa de romper las reglas del cielo.

Pero el precio llegó de inmediato.

Alarma crítica: integridad del núcleo 9 % – riesgo de detonación en 47 segundos.

El Cicatriz tembló violentamente. El módulo prototipo humeaba dentro del chasis. Kael sintió como si le hubieran arrancado un pedazo de columna.

Los siete mechs restantes cerraron el cerco. Cuarenta y siete segundos para que el campo de estasis los atrapara.

—Mara… —gruñó Kael, voz entrecortada por interferencia.

Desde el dron de enlace oculto entre las vigas, ella respondió: —Tengo el protocolo residual enterrado en el firmware. Omega-9. Pero si lo activo, el motor arde en treinta segundos. El Cicatriz queda como chatarra fundida. Permanentemente.

Kael miró la pared de contención. Detrás, los túneles de desecho. Detrás de él, muerte.

—Hazlo.

—¿Estás seguro? No habrá marcha atrás. —Hazlo ahora.

Un latido.

—Entendido. Activando en tres… dos… uno.

Mara pulsó el comando remoto.

El motor residual del Cicatriz rugió una última vez. Una explosión controlada de empuje lo lanzó hacia adelante en una trayectoria imposible. El mech atravesó la línea de contención como un proyectil. Metal chilló. Aleación se desgarró. El campo de estasis se activó justo detrás, lamiendo el vacío donde habían estado.

El Cicatriz entró en el túnel de desecho envuelto en llamas azules y violetas. El motor colapsó en una supernova contenida. El chasis tembló una última vez y quedó a oscuras.

Silencio roto solo por el jadeo de Kael y el crepitar de metal fundido.

Mara habló, voz quebrada: —El costo es permanente, Kael. El Cicatriz… ya no va a volver a volar.

Kael cerró los ojos. El enlace neural aún ardía.

Pero en el fondo de su mente, una interfaz nueva parpadeó: Acceso orbital de nivel 1 confirmado. Protocolo de herencia – ruta activa.

Y entonces, por el canal abierto que nunca debieron dejar sin cifrar, llegó la voz fría de Valerius: —Felicidades, chatarrero. Acabas de convertirte en mi próximo oponente personal. Mañana. En la Arena Central. Sin reglas.

El canal se cortó.

Kael apretó los puños sobre los controles muertos.

El Cicatriz estaba acabado.

Pero la escalera apenas empezaba a abrirse.

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