La subasta de la traición
El pulso de Kael martilleaba contra las costillas mientras cruzaba el arco biométrico del pabellón superior. Llevaba el uniforme gris perla de técnico auxiliar de la Casa Veyra —credenciales robadas de un cadáver todavía caliente en el almacén 17— y el olor a sangre ajena aún se le pegaba a la piel bajo la tela. Menos de tres horas. Tres horas para que la subasta declarara oficialmente el Cicatriz como chatarra decomisada y el Gremio lo reclamara para disección pública. El escáner ocular zumbó una fracción de segundo más de lo normal. Kael mantuvo la barbilla baja, el gesto de aburrimiento profesional que había ensayado frente al reflejo oxidado de una compuerta. La luz verde parpadeó. Pasó.
Adentro el aire era más frío y olía a ozono y perfume caro. Columnas de obsidiana pulida sostenían un techo que simulaba cielo nocturno orbital; debajo, mesas flotantes cargadas de copas y postores con máscaras de datos que ocultaban más que rostros. Nadie miraba directamente a nadie. Todos miraban pantallas holográficas que mostraban el estado actual del Cicatriz: integridad 38 %, núcleo fracturado, firma violeta registrada como “anomalía no autorizada”. Kael avanzó pegado a las sombras de las columnas, contando guardias. Cuatro en cada balcón, dos en cada escalera flotante, y al menos tres mechs de seguridad en modo estático junto a las puertas blindadas. Demasiados para fuerza bruta.
Manipuló un dron de servicio con el pulgar en el comunicador oculto. El pequeño aparato se desvió de su ruta de limpieza y chocó contra un candelabro flotante. Copas estallaron, líquido ámbar salpicó uniformes caros. Gritos de indignación. Los guardias más cercanos giraron hacia el desastre. Kael aprovechó el hueco y subió por la escalera flotante oeste, llegando al borde del palco principal justo cuando Valerius subía al estrado.
—Invoco la cláusula de emergencia sectorial 47-B —dijo Valerius, pausado, disfrutando cada sílaba—. El chasis designado Cicatriz porta tecnología de grado orbital prohibido. Firma violeta confirmada en cuatro ocasiones públicas. Por seguridad del sector, solicito subasta simbólica acelerada y decomiso inmediato.
El Representante del Gremio, encorvado bajo la túnica gris plomo, apenas levantó la mirada de su tableta. —Cláusula aceptada. Puja mínima: un crédito. Primera y última oferta.
Un postor aliado de Valerius levantó un dedo con desgana. —Un crédito.
Martillazo. El sonido rebotó como un disparo. —Vendido al postor 19 por un crédito. El Cicatriz pasa a propiedad de la facción Vespera en custodia provisional.
Kael sintió el estómago contraerse. El Cicatriz —su Cicatriz— acababa de ser vendido por el precio de un vaso de licor barato. Desde las sombras del palco superior sacó la astilla negra y púrpura del módulo prototipo. Vibraba como corazón vivo. Buscó con la mirada el terminal auxiliar más cercano: un pilar alimentador a seis metros, semioculto tras una cortina de datos. Se movió agachado, el aliento caliente contra el cuello alto del uniforme robado.
Diecisiete minutos desde que la señal de la grieta se cortó. Diecisiete minutos desde que el Gremio declaró la subasta trampa oficial. El zumbido de los mechs de seguridad ya se sentía en los huesos, pero aún no habían sellado el perímetro interior. Todavía había una ventana.
Clavó la astilla en la ranura. Chispas azules. Un latigazo eléctrico le subió por el brazo. El sistema titubeó, reconoció momentáneamente la herencia orbital… y entonces la alarma estalló. Valerius giró hacia el sonido con expresión triunfal. —Cerrad el perímetro. El heredero está aquí.
El pabellón se convirtió en caos de lujo roto: tacones quebrados, gritos ahogados por servomotores que despertaban en cadena. Kael corrió agachado entre columnas. El comunicador crepitó. —Mara, dime que estás arriba. —Conducto superior, treinta metros sobre ti. Visual del estrado. Valerius sigue en el podio con dos del Gremio. Creo que aún no sabe que fuiste tú.
Veintisiete segundos para respaldo, dijo Mara. Sobrecarga el terminal ahora o el núcleo se cierra para siempre.
Kael ya lo había hecho. La firma violeta residual rugió a través del pilar. Luces principales estallaron en secuencia. Oscuridad total durante dos latidos. Luego reflectores rojos de emergencia bañaron todo en sangre. Gritos multiplicados. Mechs en modo amenaza máxima: cañones desplegados, pulsos de contención a cualquier movimiento.
Kael se lanzó hacia el estrado central. El núcleo del Cicatriz estaba expuesto ahora, fracturado pero latiendo débilmente bajo los focos rojos. Llegó y conectó el enlace neural directo. El sistema respondió con un pulso que le quemó las sienes: 17 % de integridad, motor principal en reserva crítica, brazo izquierdo muerto para siempre.
Protocolo de herencia parcial activado. Control remoto momentáneo concedido al heredero primario.
Por diecisiete segundos el Cicatriz respondió como si aún tuviera alma. Kael sintió el chasis moverse bajo su voluntad, un estremecimiento mínimo pero real. Pero el costo energético era brutal: su propio pulso se disparó, visión nublándose en los bordes.
Las luces parpadearon de regreso. Mara, desde un conducto superior, habló con voz tensa: —Tienes 90 segundos antes de que el Gremio selle todo. El núcleo está respondiendo, pero la firma ya está gritando en todas las frecuencias. Te tienen marcado.
Valerius apareció en el balcón superior, silueta negra contra el resplandor de los monitores de control. Su sonrisa era quirúrgica. —Heredero primario —dijo, amplificando la voz para que resonara en todo el pabellón—. Qué ironía tan deliciosa. El chatarrero con la llave orbital… y ni siquiera puede sacar su juguete roto de aquí.
Los mechs de seguridad —ocho unidades pesadas, blindaje reforzado, cañones de pulsos en modo letal— avanzaron en formación perfecta, sellando las cuatro salidas. Cada paso hacía temblar la plataforma. El cerco se cerraba con precisión militar.
Kael apretó el núcleo contra su pecho. Intentó extraerlo con el enlace recién reclamado, pero cada intento activaba protocolos letales. El Cicatriz rugió una última vez, motor tosiendo energía residual.
—Mara —jadeó Kael—, si no salimos ahora…
Desde arriba, la voz de ella cortó la estática: —Protocolo de emergencia activando. Sobrecarga el motor residual del Cicatriz. Última maniobra desesperada. Agárrate.
El chasis tembló violentamente bajo las manos de Kael. El núcleo latió una vez más, brillante, violeta, imparable… y el mundo se llenó de fuego blanco.