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Chapter 5: El precio de la ambición

Kael acepta una misión de recuperación en la Chatarra Prohibida para pagar la deuda con los Cuervos Negros. Junto a Mara incursiona en territorio prohibido, enfrenta drones de seguridad, extrae una caja negra militar y descubre que su módulo prototipo es en realidad una llave de acceso a instalaciones orbitales perdidas del viejo conflicto. Entrega datos parciales a los Cuervos para cubrir el pago inicial, pero guarda el mapa completo en secreto. La firma energética se expone nuevamente, aumentando el riesgo de detección por el Gremio y Valerius, mientras el duelo obligatorio se acerca en menos de 22 horas.

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El precio de la ambición

El brazalete quemaba la piel de Kael. 23:47 hasta el duelo obligatorio. El Cicatriz esperaba en el muelle 17 con el brazo Arma-7 zumbando a media marcha y el izquierdo colgando inerte, un recordatorio oxidado de lo que había costado esconder la firma energética del módulo. Tres Cuervos Negros bloqueaban la rampa. Tito, el de la cicatriz en la garganta, dio un paso al frente.

—Sesenta por ciento, Aspirante. Tres horas para el pago parcial o el Cicatriz pasa a ser nuestro.

—No tengo créditos —respondió Kael, voz sin filo—. Pero tengo datos. Militares. Valen más que mi mech y tu corte entero.

Tito entrecerró los ojos.

—¿Chatarra Prohibida?

Kael asintió una sola vez.

—Dieciocho horas. Traigo la caja negra del derribo que me indiquen. Si fallo, el rastreador me quita lo que quiera.

La sonrisa de Tito fue un corte.

—Dieciocho horas. Y si fallas, no solo pierdes el mech. Pierdes la mano que lo pilota.

Un dispositivo frío se cerró alrededor del antebrazo izquierdo de Kael. Luz ámbar. Cuenta regresiva iniciada. Dieciocho horas.

Mara surgió de las sombras de la plataforma, el frame ligero todavía caliente del sabotaje en los muelles.

—No vas solo —dijo—. Si ese módulo es lo que sospecho, no sales vivo sin cobertura.

Kael la miró fijo.

—No te pedí alianza.

—No es favor. Es matemáticas. Sobrevivimos los dos o morimos los dos.

Cruzaron la línea oxidada que separaba la Zona de Élite de la Chatarra Prohibida. El pitido del rastreador latía como un segundo pulso.

La niebla olía a ozono quemado y metal podrido. Veintiuna horas y treinta y dos minutos para el duelo. El Cicatriz avanzaba entre pilas de fuselaje derrumbado, el Arma-7 barriendo sombras. Mara flanqueaba, sensores al límite.

—Firma detectada —susurró por el canal privado—. Ya saben que entramos.

Delante apareció el cadáver: doce metros de blindaje militar partido en dos, pecho abierto como una caja torácica rota. La caja negra tenía que estar en el núcleo.

Tres Centinela-4 se elevaron de los restos. Luces rojas. El módulo prototipo rugió a 1.8 terajulios; los drones estaban calibrados para eliminar cualquier fuente por encima de 0.3.

Mara disparó primero. Un dron estalló en chispas. Los otros dos trazaron arcos imposibles. Un láser rozó el hombro del Cicatriz. Integridad 87 %.

Kael empujó el módulo al 120 %. El pecho del mech brilló azul eléctrico. Un pulso electromagnético improvisado salió disparado. Los dos drones cayeron, circuitos fundidos.

La firma había ardido como un faro.

Corrieron al cadáver. Mara saltó al pecho abierto, cortó paneles con la cuchilla térmica. Kael cubría, el Arma-7 humeando.

—Aquí —dijo ella, extrayendo la caja negra del tamaño de un torso—. Pesa demasiado.

Se metieron en la cabina colapsada del gigante. El aire era hielo. Mara vigilaba la escotilla rota mientras Kael conectaba el cable de interfaz.

El módulo no leyó. Devoró.

Código militar verde cruzó el visor a velocidad imposible. El brazalete de diagnóstico de Kael se calentó hasta quemar piel. Olía a plástico derretido.

—Código Omega —leyó en voz baja—. Autenticación de mando central del viejo conflicto.

La pantalla fragmentada proyectó un mapa tridimensional. No eran coordenadas de combate. Eran instalaciones orbitales. Bases borradas. Y una línea roja que iba directa al módulo prototipo alojado en el Cicatriz.

—No es una pieza de mejora —murmuró Kael—. Es una llave maestra.

Mara se acercó, ojos fijos en el holograma.

—¿Llave de qué?

El módulo terminó de asimilar. Una línea nueva apareció en el visor privado: «Protocolo de herencia aceptado. Nivel de acceso: heredero primario».

El mapa giró. Una coordenada parpadeó en el borde del espacio controlado por el Gremio. Lugares que no debían existir en ningún registro.

El rastreador pitó con urgencia. Quince minutos restantes.

—Tenemos que irnos —dijo Mara.

Pero quince Centinela-7 acababan de despertar. Más rápidos. Más letales. Atraídos por la firma masiva del módulo al devorar la caja.

El Cicatriz corrió por el corredor de desechos. El Arma-7 golpeaba el suelo como un martillo defectuoso. Mara gritaba desde el asiento secundario:

—¡Sacrifica el hombro derecho! ¡El Arma-7 puede absorber el impacto!

Kael giró el torso. Dejó que el primer Centinela lo golpeara de frente. Blindaje arrugado. Alarma estructural. Integridad al 61 %. Ganaron tres segundos.

Saltaron una barricada. Los drones se cerraban como una red roja.

Kael tomó la decisión en un latido.

No entregaría todo.

Extrajo solo el núcleo de datos parcial con un pulso rápido del módulo. El mapa orbital completo quedó sellado en la memoria privada del prototipo. Solo coordenadas superficiales irían a los Cuervos.

Llegaron al perímetro cuando el rastreador marcaba 00:58.

Tito esperaba en los muelles, flanqueado por cinco hombres.

Kael abrió el compartimento del Cicatriz. Entregó el núcleo parcial.

—Coordenadas del derribo. Firma militar confirmada. Cubre el sesenta por ciento inicial.

Tito escaneó. Asintió.

—El resto después de tu próxima victoria. No falles el duelo, Aspirante. Valerius ya puso precio a tu cabeza en el mercado negro.

Los Cuervos se retiraron. El Cicatriz humeaba: integridad estructural 58 %, hombro derecho destrozado, brazo izquierdo muerto desde antes.

Kael y Mara quedaron solos en la plataforma.

Él activó el visor privado.

El mapa completo se desplegó otra vez. Instalaciones orbitales. Protocolo de herencia. Y una nota final del módulo:

«Acceso confirmado. Siguiente paso: coordenadas primarias. Riesgo de detección: crítico».

Mara lo miró.

—¿Qué tan grande es esto, Kael?

Él cerró el visor. El reloj marcaba 22:19 hasta el duelo.

—Más grande que el Campo de Pruebas. Más grande que Valerius.

Y en algún hangar del sector Gamma, el campeón elegido por Valerius ya calentaba motores, listo para destrozar al Cicatriz en vivo ante todo el sector.

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