Sombras en el mercado
Veintitrés horas y cincuenta minutos para el duelo obligatorio. El brazo izquierdo del Cicatriz colgaba muerto, un lastre de metal quemado que rozaba el suelo con cada paso y hacía que Kael apretara los dientes. El brazalete de Aspirante de Élite – Sector Gamma aún le ardía en la muñeca como una marca fresca, y la interfaz flotante no dejaba de recordarle el precio: +4.200 créditos – Cargo de Ascenso Forzado.
La Puerta Central del Mercado de Élite brillaba con placas doradas falsas que herían la vista. Kael apenas había cruzado el umbral cuando dos guardias de los Cuervos Negros lo flanquearon. Armadura negra mate, visores que no dejaban ver ojos, rifles de pulsos colgando bajos pero listos.
—Nombre —dijo el más cercano sin apenas mover los labios.
—Kael Varon. Aspirante de Élite, Sector Gamma.
Intentó sonar firme. Salió rasposo.
El segundo guardia consultó una placa retinal invisible.
—Acceso concedido. Deuda de entrada registrada: sesenta por ciento de cualquier pieza o módulo adquirido en los próximos noventa días pasa directamente a los Cuervos Negros. Firma biométrica en treinta segundos o revocamos el pase.
Sesenta por ciento. No cuarenta, no cincuenta. Sesenta. Eso significaba que aunque consiguiera el brazo de grado militar que necesitaba, los Cuervos se llevarían la mayor tajada antes de que pudiera siquiera soldarlo al Cicatriz.
Kael sintió el aire volverse plomo en los pulmones. Miró al guardia.
—¿Y si no firmo?
—Vuelves al sector bajo. Y el sistema te marca como desertor de ascenso. Confiscación automática en cuarenta y ocho horas. Tú eliges.
No había elección. Kael extendió la mano. El lector biométrico picó como un insecto caliente. La interfaz parpadeó: Deuda aceptada. Bienvenido a la Zona de Élite.
El Cuervo que había hablado sonrió apenas.
—Buen chico. El chatarrero que te espera es El Cuervo. No lo hagas esperar.
Kael avanzó entre puestos que olían a lubricante caro y metal nuevo. Pilotos de facciones menores lo miraban de reojo; algunos con curiosidad, la mayoría con desprecio mal disimulado. Un chatarrero ascendido. Un milagro temporal que todos esperaban ver caer.
El Cuervo lo esperaba en una subasta privada, sentado sobre un trono improvisado de contenedores apilados. Flaco, ojos hundidos, una sonrisa que mostraba más metal que dientes.
—Varon —dijo arrastrando la voz—. El que le ganó a uno de los perros de Valerius con un trasto medio muerto. Impresionante. Y estúpido.
Kael no respondió. Solo miró el catálogo proyectado en el aire: un brazo Arma-7 de tercera generación, especificaciones precisas, precio base ridículo para alguien de Élite. Pero el Cuervo ya había subido la apuesta.
—Ese brazo está en los muelles inferiores. Te lo entrego… a cambio del sesenta por ciento que ya debes, más un diez por ciento extra por “gestión prioritaria”. O puedes irte con las manos vacías y rezar para que tu brazo muerto no te mate en el duelo de mañana.
Kael apretó los puños hasta que los nudillos crujieron.
—Muéstrame el camino.
El Cuervo rio bajo.
—Tres meses, chico. O tu prototipo será mío antes del próximo ciclo.
Kael firmó con mano temblorosa. El contrato se selló con un chasquido seco.
Los muelles de carga apestaban a ozono y aceite quemado. Veintitrés horas y cuarenta y dos minutos. El contenedor blindado con el código de repuesto estaba tres niveles más abajo, rodeado de operarios con el emblema de los Cuervos. Kael bajó los escalones de metal perforado. Cada peldaño resonaba demasiado fuerte.
Los operarios lo vieron llegar. Uno escupió al suelo y murmuró “chatarrero ascendido”.
—Firma autorizada —dijo Kael, mostrando la placa—. Quiero mi pieza. Ahora.
Torren, el líder, sonrió con dientes de acero.
—Claro, Aspirante. Pero alguien cortó los cables del elevador principal. Y el sistema de bloqueo está en rojo. Mala suerte.
Kael miró los cables seccionados con cortes limpios. No era mala suerte. Era una trampa evidente.
—¿Cuánto para arreglarlo?
Torren se encogió de hombros.
—No se arregla. Se espera. Ocho horas mínimo. Para entonces tu duelo ya habrá terminado… de una forma u otra.
Kael sintió la rabia subirle por la garganta. Veintitrés horas. No ocho. No podía esperar.
Abrió el panel de control del Cicatriz. La interfaz del módulo prototipo parpadeó en rojo: Sobrecarga inminente – Brazo izquierdo offline permanente.
No había opción.
Activó el Cicatriz.
El chasis rugió. El brazo derecho se extendió, garras hidráulicas desplegadas. Los operarios retrocedieron. Kael maniobró el mech entre los contenedores, ignorando las alarmas que gritaban en su casco. Agarró el bloqueo del contenedor y tiró.
Metal chilló. El contenedor cedió con un estallido. El brazo Arma-7 quedó a la vista, todavía envuelto en film protector.
Pero la maniobra había sido demasiado brusca. El módulo emitió una pulso brillante, una firma energética que cruzó los muelles como un relámpago azul. Sensores de todas las facciones lo registraron. Kael lo sintió en los huesos: ahora todos sabían que algo prohibido latía dentro del Cicatriz.
Entre el humo y los escombros, una figura se acercó. Mara. Botas resonando, expresión dura.
—Eso que hiciste no lo puede hacer ningún Aspirante normal —dijo ella—. Y ahora todos lo vieron.
Kael apagó el Cicatriz. El silencio cayó pesado.
Arrastró el chasis maltrecho hasta un rincón de mantenimiento abandonado. El brazo izquierdo colgaba inútil, rozando el suelo. Mara lo siguió sin decir palabra.
Veintitrés horas y cuarenta minutos.
Ella se apoyó contra una pila de contenedores oxidados, brazos cruzados.
—No fue una maniobra bonita. Fue una mutilación pública. La firma brilló como un faro antes de que la cortaras. Los sensores de la arena lo tienen grabado. Los Cuervos también. Y Valerius no va a esperar al duelo para cobrarte. Ya puso precio a tu cabeza en el mercado negro de datos. Quiere el módulo.
Kael abrió el panel de diagnóstico del torso. Líneas rojas: Eficiencia global: 38 %. Brazo izquierdo: offline permanente. Firma residual: 0.4 % – detectable.
—¿Por qué estás aquí? —preguntó sin mirarla.
Mara dio un paso adelante.
—Porque también estoy bajo presión de los Cuervos. Me deben favores viejos… y yo les debo sangre. Si te caen encima, me caen a mí también. —Hizo una pausa—. Pero vi lo que hizo tu trasto. Esa sobreaceleración no es normal. Ese módulo no es normal.
Kael levantó la vista.
—¿Y qué quieres?
Mara sacó un dispositivo pequeño, un datapad militar rayado. Lo activó. Un mapa táctico apareció, líneas rojas y nodos prohibidos que ningún civil debería ver.
—El módulo no es solo una mejora de eficiencia —dijo ella—. Es una llave. Accede a datos militares enterrados del viejo conflicto. Bases, coordenadas, prototipos olvidados. Si alguien lo descubre, no solo te quitan el Cicatriz. Te borran.
Kael sintió el frío subirle por la nuca.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque mi antiguo equipo murió buscándolo. —La voz de Mara se quebró apenas un instante—. Y porque si no hacemos algo, Valerius lo va a tener antes del amanecer.
Extendió la mano.
—Si quieres sobrevivir a la Zona de Élite, vas a necesitar más que un prototipo. Necesitas un socio.
Kael miró la mano tendida. Luego el datapad. Luego el muñón humeante del Cicatriz.
El reloj seguía corriendo.