La primera ganancia
El zumbido del núcleo no era un sonido; era un grito metálico que me vibraba en los dientes. Miré el monitor de diagnóstico: 40% de eficiencia. En el Sector 9, donde la chatarra apenas alcanza el 10%, esa cifra no era una mejora, era una sentencia de muerte. El módulo prototipo, una pieza dorada incrustada en el pecho del Cicatriz, palpitaba con una firma energética que perforaba las paredes de plomo de mi taller como un faro en medio de una tormenta.
—Estabilízate, maldita sea —gruñí. Mis manos, manchadas de grasa vieja, se movían con una precisión frenética. El chasis, una carcasa de metal oxidado que apenas se mantenía en pie, gemía bajo la presión. El exceso de energía estaba colapsando las juntas hidráulicas. La inspección del Gremio estaba a cuarenta minutos. Si encontraban el prototipo, no solo confiscarían la máquina; me enviarían a las minas de escoria antes del amanecer.
Tomé una decisión brutal. Con un movimiento seco, arranqué el disipador del brazo izquierdo y puenteé los conductos hacia los emisores de emergencia. El Cicatriz vibró violentamente, soltando una columna de vapor sobrecalentado que llenó el taller con un olor a ozono y metal fundido. El brazo izquierdo quedó inerte, una cáscara vacía, pero el núcleo se estabilizó. Había pagado el precio: integridad estructural a cambio de potencia bruta.
La puerta metálica se deslizó con un chirrido agónico. Mara entró, sus ojos escaneando el desorden con una precisión quirúrgica. Su mano descansaba sobre la empuñadura de su herramienta de diagnóstico.
—El sensor del sector registró un pico de energía grado militar hace tres minutos, Kael —dijo ella, sin rodeos—. Estás operando chatarra, no un núcleo de alta eficiencia. ¿Qué clase de suicidio estás intentando?
Sentí el peso del módulo contra mi costado. El aire aún ondulaba por el calor residual.
—Fue una sobrecarga del condensador principal —mentí, manteniendo la voz firme—. El regulador falló. Casi me cuesta el brazo, pero logré estabilizarlo.
Mara se acercó y rozó la placa recalentada. Su escepticismo era una pared de acero.
—Un 40% en este chasis es imposible. Muéstramelo.
Forcé al mech a operar a baja potencia, una coreografía técnica que ocultaba el rugido del prototipo bajo un zumbido controlado. Mara observó, sus ojos entrecerrándose ante la fluidez del movimiento. Ella sabía que algo había cambiado, pero el tiempo se agotaba.
—El Gremio está a minutos de llegar —advirtió ella, retirándose—. Si intentas algo más, no estaré aquí para cubrirte.
Mientras Mara salía, a kilómetros de distancia, en la Torre de Control, Valerius observaba la pantalla. La mancha púrpura de la firma energética de mi mech brillaba en el mapa. Su técnico temblaba, pero Valerius solo sonrió, un gesto gélido que no llegaba a sus ojos. Había aislado el registro: un salto de eficiencia imposible para un chatarrero.
—No es un error —dijo Valerius, su voz cortante como el acero—. Es una rata que ha encontrado un queso que no le pertenece.
Bloqueó la alerta de confiscación automática del Gremio. Si el Gremio encontraba la anomalía ahora, el juego terminaría demasiado pronto. En su lugar, manipuló el emparejamiento del Campo de Pruebas, forzando un escenario de duelo público. Observó la repetición de mi combate con una sonrisa gélida: «Ese chatarrero acaba de marcar su sentencia de muerte».
De vuelta en el taller, el silencio fue roto por un pitido estridente. La terminal se iluminó, bloqueando todas mis funciones de venta. La inspección del Gremio se había saltado mi sector, pero el sistema había reaccionado de forma más letal. Un mensaje en letras doradas se desplegó ante mí: «Kael, nuevo estatus: Aspirante de Élite. Próximo duelo en 24 horas». El aire del taller se volvió irrespirable. La escalera de poder se había revelado, y no había forma de bajar.