La última prueba
El aire en la Plaza de Chatarra sabía a ozono y a metal quemado. El V-01, el chasis que Kael había rescatado del desguace, emitía un quejido agónico; su integridad estructural parpadeaba en un rojo inclemente: 41%. Las sirenas de purga de la Secta de Hierro aullaban desde los niveles superiores, un sonido que no buscaba justicia, sino la erradicación de cualquier anomalía que hubiera accedido al Nivel Omega.
Kael estaba encerrado en la cabina, con el sudor frío recorriéndole la columna. El módulo prototipo, una reliquia de la Gran Purga, vibraba bajo su asiento como un corazón artificial. Si lo forzaba una vez más, el V-01 se desmoronaría bajo su propio peso.
—Kael, si disparas esa carga, el chasis no llegará a la revisión de las 67 horas —la voz de Jax tronó por el comunicador, cruda y sin adornos—. Estás a un paso de convertirte en chatarra tú mismo.
—Si no lo hago, la purga no dejará ni las tuercas para que las recojas —respondió Kael. Sus ojos se fijaron en la pantalla táctil: el rastreador Omega enviaba pulsos constantes a su ubicación, una sentencia de muerte digital. Kael activó el pulso EM. El V-01 se tensó, sus articulaciones chirriaron bajo una sobrecarga violenta. La descarga barrió la plaza, inhabilitando los mecas de los perseguidores y dejando a los marginados en un silencio absoluto, atónitos ante la demostración de poder prohibido.
Roco, un veterano de mil desguaces, arrojó su herramienta a los pies del V-01. «Si vas a morir, que sea peleando por todos», bramó. La duda se transformó en un rugido colectivo. En el hangar, Kael no perdió tiempo. Conectó los datos del Proyecto Cosecha a la red interna. Las pantallas mostraron rostros conocidos: pilotos desaparecidos, cuyos datos neuronales habían sido extraídos para alimentar el núcleo de la Secta. Lina, con lágrimas en los ojos, entregó un estabilizador improvisado. «Esto nos dará doce minutos extra de estabilidad», susurró. Kael conectó la pieza; el V-01 vibró, ganando una funcionalidad que ningún meca de bajo rango debería poseer.
Desde su plataforma elevada, Valeria observaba el sector con una frialdad que ocultaba su creciente terror. El rastreador Omega de Kael brillaba en sus pantallas como una mancha de sangre. «No es un paria», susurró a su segundo al mando, apretando el barandal hasta que sus nudillos se tornaron blancos. «Es un error que yo misma voy a borrar». Ordenó el despliegue de la artillería pesada, pero el gesto fue inútil; Kael ya había hackeado el nodo de transmisión local.
En la plaza, rodeado de los pilotos que habían decidido arriesgarlo todo, Kael proyectó el holograma de la torre de mando. «No peleamos por el rango», dijo, su voz resonando en los mecas dañados de sus aliados. «Peleamos para que el sistema deje de devorarnos». Los pilotos levantaron sus armas improvisadas, gritando su nombre. El primer objetivo estaba claro: la torre de mando. La rebelión tenía forma, líder y un destino ineludible. El mundo cambiaría cuando la verdad saliera a la luz, y Kael estaba listo para apretar el gatillo.