El precio de la rebelión
El aire en el Nivel Omega no sabía a ozono; sabía a sentencia de muerte. Kael sintió una descarga eléctrica atravesar su nuca, justo donde el rastreador de la Secta se había incrustado como un parásito térmico. En la consola central, el log del Proyecto Cosecha parpadeaba en rojo: Extracción de datos neuronales: 98% completada.
—¡Kael, sal de ahí! —la voz de Jax crujió en su auricular, distorsionada por la interferencia—. Los sensores han detectado la intrusión. Valeria ha ordenado el bloqueo total. Si te sellan en ese nivel, serás chatarra antes de que el sol toque los suburbios.
Kael no respondió. Sus dedos, entumecidos por el esfuerzo de forzar el acceso, se movieron con precisión quirúrgica. El V-01, su chasis, soltó un gemido metálico que vibró bajo sus pies; el daño estructural del 41% era un recordatorio constante de que su máquina estaba colapsando. A través de los monitores, vio la silueta de la unidad de contención de Valeria: tres mecas de clase centinela, pulcros, letales y dirigidos por la voluntad de una mujer que no toleraba anomalías.
—No puedo salir por la puerta principal —gruñó Kael. Conectó la llave maestra al núcleo central, forzando una sobrecarga en el sistema de cierre. Las puertas neumáticas del corredor de mantenimiento se desplomaron, bloqueando el paso a los centinelas. Kael se lanzó hacia el conducto de ventilación justo cuando una descarga de plasma fundía el acero donde segundos antes había estado su cabina. El V-01 colapsó parcialmente, sus servos izquierdos bloqueándose por el impacto térmico, pero Kael ya estaba descendiendo hacia las entrañas del sector industrial.
El mercado inferior era una trampa de cobre quemado y aceite rancio. Kael corría, con el V-01 gimiendo bajo cada paso. El rastreador Omega en su columna emitía un pulso de calor constante; era una diana brillante. A su alrededor, los vendedores de piezas robadas se hacían a los lados, con los ojos bajos. El miedo era una moneda más valiosa que el metal.
—67 horas para la revisión técnica —murmuró Kael, viendo el contador en su visor—. Si no llego al sector marginado, seré enviado a las minas antes de poder cargar estos datos en la red pública.
Al doblar una esquina, un misil de contención impactó contra una torre de reciclaje a pocos metros. Kael activó la compensación vectorial del V-01. El chasis se inclinó en un ángulo imposible, redirigiendo la onda expansiva para catapultarse hacia adelante, usando la inercia del enemigo para ganar velocidad. La explosión destrozó la torreta de seguridad que bloqueaba el paso, abriendo un boquete en la barrera del sector marginado. Jax apareció entre las sombras, arrastrando una compuerta hidráulica para dejarlo pasar.
—La purga ya no es solo contra ti, Kael —dijo Jax, con el rostro desencajado—. Valeria ha ordenado limpiar todo el sector. Están cazando a cualquiera que haya visto tu victoria.
En la plaza central, el aire sabía a ozono y desesperación. Kael se detuvo frente a una unidad de contención pesada, un titán de acero con el sello de la Casa Veyra. La voz de Valeria, gélida, resonó por los altavoces de la plaza: —El paria ha robado propiedad Omega. Ejecuten la purga. No dejen nada.
Kael no retrocedió. La interfaz del módulo brilló en un rojo violento. Sus dedos, bañados en el sudor frío del sobreesfuerzo neuronal, activaron el pulso EMP asimétrico. Una onda de choque invisible barrió la plaza, colapsando los escudos de la unidad de élite instantáneamente. El gigante metálico se desplomó con un estruendo que hizo temblar los cimientos. A su alrededor, decenas de marginados, hartos de años de opresión, comenzaron a rodear los restos del meca, armándose con chatarra y piezas de repuesto. Las sirenas de purga aullaron, intensificándose en todo el sector. Kael, con el V-01 al borde del colapso, miró a la multitud: el miedo en sus ojos se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso. La rebelión había comenzado, y el primer objetivo estaba claro: la torre de mando.