La verdad tras el humo
El vapor siseaba al contacto con el suelo frío del hangar, una neblina tóxica que ocultaba las juntas destrozadas del V-01. Kael se dejó caer contra la pared, con los pulmones ardiendo por el esfuerzo del enlace neuronal. El visor de su casco parpadeaba en rojo: Integridad estructural: 59%. Daño crítico en actuadores primarios. Había ganado, pero el precio estaba grabado en la telemetría: 287% de eficiencia. Un número que, en la Secta de Hierro, era una sentencia de muerte o una invitación a la disección.
Sesenta y ocho minutos. Eso era todo lo que le quedaba antes de que el rastreador Omega en su nuca terminara de mapear su sistema nervioso. Sesenta y ocho minutos para entender por qué un desguazador de bajo rango como él había logrado lo que los pilotos de élite, como Darius, no pudieron.
Se arrastró hacia la terminal de acceso nivel 2. El sello dorado de la Secta, recién desbloqueado tras su ascenso a Aspirante de Hierro, brillaba con una frialdad insultante.
—Oye, paria —gruñó el técnico de guardia, sin levantar la vista de su consola—. Ese acceso es para superiores. Si el sistema te detecta una anomalía, no te molestes en correr. Las minas de cobalto son más rápidas que tus piernas.
Kael ignoró la advertencia. Apoyó la palma, aún manchada de lubricante sintético, sobre el lector biométrico. El dispositivo emitió un pitido grave. ACCESO CONCEDIDO – NIVEL OMEGA. MONITOREO ACTIVO.
La pantalla se abrió. No había planos de mecas ni manuales de mantenimiento. Solo una lista. Catorce nombres tachados en rojo. ‘Cosechados – datos extraídos’. Todos habían registrado picos de eficiencia superiores al 180% en menos de tres combates. Todos habían desaparecido. Kael sintió que el aire del hangar se volvía irrespirable.
Salió del sector restringido y buscó a Jax en el taller clandestino. Encontró al viejo rodeado de chatarra, con una botella de licor sintético en la mano. Kael no perdió tiempo; lo agarró por la chaqueta y lo empujó contra el conducto de ventilación.
—¿Cuántos, Jax? —exigió Kael, mostrando el datapad—. ¿Cuántos de estos ayudaste a enterrar?
Jax soltó una carcajada seca, sin rastro de miedo.
—No soy un verdugo, muchacho. Soy un reciclador. Cuando alguien traía un módulo que no debía existir, yo lo hacía desaparecer. Eso es todo.
—¿Y yo? —Kael le acercó el dispositivo a la cara—. ¿Por qué me diste el módulo a mí? ¿Por qué me pusiste en la lista?
Jax cerró los ojos, y por un momento, el cinismo se quebró.
—Porque vi la misma rabia que me consumió a mí hace treinta años. Pensé que tú podrías romper el ciclo. Pero me equivoqué. La Secta no busca pilotos; busca procesadores biológicos. Te eligieron porque tu historial de supervivencia era el más alto. Querían ver cuánto tiempo podías exprimir el módulo antes de que tu cerebro se friera.
Kael lo soltó, sintiendo un vacío gélido en el pecho. Jax le tendió un chip envuelto en un trapo grasiento.
—Es la llave maestra del núcleo Omega. Si entras, no hay vuelta atrás. Si te descubren, no habrá juicio, solo purga.
Kael tomó el chip. El contador en su visión marcaba 67 horas y 52 minutos.
Regresó al pasillo 7-B. El enlace neuronal zumbaba, una advertencia constante de que el rastreador Omega ya estaba enviando sus datos a la central. Kael se arrastró por el suelo, evitando los sensores de movimiento con una precisión nacida de la desesperación. Cada pulso del inhibidor de Jax era un riesgo; si el sistema detectaba la interferencia, las puertas de seguridad se cerrarían sobre él.
Llegó a la cámara del núcleo. El servidor palpitaba con una luz azul hipnótica. Conectó el chip. La interfaz exigió confirmación. Kael presionó el pulgar. El sistema dudó, el rastreador en su nuca se calentó hasta quemar, pero el acceso se abrió.
Proyecto Cosecha – Fase 3 Objetivo: Generar 10.000 horas de datos extremos en combate real. Método: Sembrar módulos prototipo en chasis de descarte. Cosecha final: Extracción neuronal completa al alcanzar umbral.
No era un campo de pruebas. Era una granja de datos para alimentar un arma de guerra masiva. Y él era el siguiente cultivo.
Un pitido seco resonó en la sala. Las puertas de contención se sellaron con un estruendo metálico. Gas neutro comenzó a silbar por las rejillas. Las sirenas de purga aullaron, un sonido que le taladró los huesos. Kael apretó el módulo de datos contra su pecho. El V-01, tres niveles más abajo, enviaba alertas críticas: temperatura de actuadores en 192 °C, integridad estructural al 39%.
Tenía segundos. Esconderse era morir. Contraatacar era una locura. Pero mientras el gas le quemaba la garganta, Kael supo que no iba a ser otra entrada tachada en rojo.