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Chapter 8: Duelo de estatus

Kael rechaza el limitador de seguridad y enfrenta a Darius (protegido de Valeria) en un duelo público transmitido. Utilizando el estabilizador S-9 recién instalado y el pulso EMP asimétrico del módulo prototipo, desmantela metódicamente al A-3 sin destruirlo por completo, ganando respeto de la multitud y un ascenso a Aspirante de Hierro (+420 prestigio). Valeria promete venganza personal. Al finalizar el combate, se le concede acceso a un archivo Nivel Omega que revela la verdadera naturaleza del Campo de Pruebas.

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Duelo de estatus

El rastreador Omega quemaba en la nuca de Kael como hierro al rojo. Quedaban cincuenta y tres horas y doce minutos para la revisión técnica obligatoria. El contador descendía en la esquina de su enlace neuronal, sincronizado con el latido irregular del V-01. Si no demostraba valor hoy en la arena principal, el chasis sería confiscado y él terminaría encadenado a una perforadora en las minas de cobalto antes de que amaneciera el tercer día.

En el túnel de acceso olía a aceite quemado y miedo viejo. Las voces de los corredores de apuestas rebotaban contra las paredes corrugadas.

—Kael uno a diecisiete —gritaba el amplificador—. ¡Uno a diecisiete por el paria con chatarra estabilizada! ¿Quién entra? ¡Diecisiete por uno!

Peor que la ronda anterior. Mucho peor.

Jax caminaba a su lado con paso pesado, el limitador de seguridad colgando de su mano izquierda como un grillete.

—Póntelo —dijo sin mirarlo—. No seas idiota. No hoy.

Kael se detuvo bajo una lámpara de sodio que zumbaba moribunda. La luz amarilla le cortaba la cara en ángulos duros.

—No.

Jax se detuvo en seco.

—¿Qué?

Kael extendió la palma. Jax dudó un latido eterno antes de entregarle el collarín. Kael lo sostuvo un segundo, sintió su peso frío y lo dejó caer. El metal rebotó con un tintineo ridículo contra el suelo sucio.

—Hoy no me escondo —dijo, y siguió caminando hacia la luz.

Del otro lado, el A-3 de Darius relucía bajo los reflectores: blindaje espejo, servos silenciosos, un monumento a la ingeniería de la Casa Veyra. En el palco elevado, Valeria observaba con los brazos cruzados, los nudillos blancos.

Cero.

Tres proyectiles gruesos salieron en formación triangular hacia el torso del V-01. Kael sintió el aviso en la médula: pinchazo helado que no era suyo, era del chasis. Vector compensado. Treinta y siete grados babor, impulso negativo en el estabilizador S-9.

El V-01 se torció en un ángulo que ningún mecha de su clase debería soportar. Los proyectiles pasaron rozando, arrancando chispas y una tira de pintura negra que flotó como ceniza. La multitud rugió, mitad admiración, mitad incredulidad.

Darius activó el escudo de plasma rotativo: un toroide violeta que giraba a velocidad cegadora. Avanzó, cada paso haciendo temblar los escombros.

Kael respiró hondo. El enlace transmitía el vapor que salía de las juntas de la cadera izquierda como si le quemara su propia carne. Pero el S-9 mantenía la postura firme. Por primera vez el V-01 no se inclinaba.

Otra salva. Kael esquivó, rodó sobre un montículo de chatarra y respondió con el cañón de pulsos. Los impactos rebotaron contra el escudo, pero cada choque hacía titilar el toroide un instante más largo.

Sintió el momento exacto en que el escudo llegaba al límite de rotación estable. Activó el pulso EMP asimétrico del módulo prototipo: no una explosión amplia, sino un dardo quirúrgico. El flanco izquierdo del A-3 quedó desnudo por una fracción de segundo.

Kael disparó todo lo que tenía.

El blindaje espejo se agrietó. El escudo se apagó con un chasquido eléctrico. Darius gritó una orden de retirada que sonó a pánico.

Con sangre goteándole por la nariz, Kael abrió el canal público:

—Tu Casa va a cobrarte este chasis, Darius.

Quedaban cuarenta y tres minutos de ventana. El V-01 ya no se tambaleaba, pero las juntas humeaban y los actuadores gemían como animales heridos.

Darius, con el escudo caído, lanzó una sobrecarga suicida: lanzas de plasma encendidas, propulsores al máximo, carga directa.

Kael plantó el pie izquierdo. El enlace neuronal leyó las ondas de compresión del suelo. Cada pisada de Darius era un pulso que viajaba por el hormigón reforzado. Sintió el instante en que una viga maestra bajo la superficie llegaba al punto de fallo crítico.

No retrocedió. Giró el torso, presentó el flanco dañado como cebo.

Darius mordió.

En el último segundo Kael activó los estabilizadores laterales y saltó. El A-3 pasó bajo él como un tren. Aterrizó detrás, clavó el brazo reforzado en el suelo y transmitió la vibración final.

La viga colapsó con estruendo. Toneladas de escombros cayeron sobre el A-3, atrapándolo en una jaula de metal retorcido. Las lanzas de plasma se apagaron. El chasis enemigo quedó inmovilizado, humeante, pero intacto.

Kael no remató.

El V-01 se irguió sobre el prisionero de metal. Abrió el canopy, respiró agitado y miró directo a la cámara principal.

Silencio.

Luego el rugido volvió, distinto. No era solo sangre. Era respeto.

—Piloto Kael V-01 —resonó la voz del oficial de la Secta—. Registro concluido. Eficiencia pico: 287 %. Daño estructural crítico: 41 % de sistemas primarios. Victoria técnica confirmada. Prestigio actualizado: +420. Rango provisional: Aspirante de Hierro.

Las letras rojas flotaron sobre la arena. Más alto que nunca. Más expuesto que nunca.

Desde el palco, Valeria se puso de pie. Sus ojos eran cuchillos.

—Esto no termina aquí, paria —su voz llegó limpia por el canal general—. Te arrancaré esa máquina con mis propias manos.

Kael no respondió. Cerró el canopy a medias y dejó que el V-01 permaneciera erguido en el centro exacto de la arena, cockpit abierto, viento caliente cargado de ozono golpeándole la cara.

Las pantallas repetían en cámara lenta el instante final: el brazo de Darius partiéndose, la hoja de plasma apagándose, el Centinela cayendo de rodillas sin ser destruido.

Kael miró hacia arriba, hacia las gradas superiores donde las figuras importantes observaban en silencio.

Un oficial de alto rango apareció en el borde del palco. Hizo un gesto breve. Una compuerta lateral se abrió. Una pantalla secundaria se iluminó con un archivo restringido.

Acceso concedido – Nivel Omega – Lectura inmediata.

Kael sintió un frío nuevo en la nuca que nada tenía que ver con el rastreador.

El Campo de Pruebas no era un entrenamiento.

Era otra cosa.

Y ahora lo sabía.

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