Frecuencia de combate
Kael empujó la puerta del taller con el hombro porque su mano derecha no dejaba de temblar. Cada paso resonaba en sus rodillas como si los actuadores fracturados del V-01 se hubieran instalado dentro de su propia carne. Habían pasado treinta y siete horas desde que terminó tercero en la prueba de maniobra veloz. Treinta y siete horas de dolor constante. El enlace neuronal no se apagaba. Noventa y seis horas de suspensión de confiscación, y el reloj seguía corriendo.
Jax estaba inclinado sobre una mesa cubierta de placas quemadas, soldando con precisión quirúrgica. No levantó la vista.
—Te dije que el overdrive iba a cobrar factura —murmuró—. Pero nunca escuchas.
Kael se dejó caer en la silla plegable. El metal frío le mordió los muslos y, al instante, sintió el chasis V-01 protestar en el hangar asignado a doscientos metros. Dolor simultáneo. Idéntico.
—No puedo desconectarlo —dijo con voz rasposa—. Cada respiración profunda me clava las soldaduras en los pulmones.
Jax apagó el soplete. Por fin lo miró. Sus ojos inyectados estaban alerta.
—Porque ya no es un enlace. Es una unión. El módulo de la Gran Purga no distingue entre piloto y máquina cuando lo fuerzas al límite. Y tú lo forzaste.
Kael apretó los puños hasta que las uñas se hundieron en las palmas.
—Entonces ayúdame a controlarlo. Optimízalo. Haz que deje de doler.
Jax soltó una risa amarga.
—No deja de doler. Se estabiliza. Hay diferencia. Pero si quieres que responda como extensión de tu cuerpo en vez de como parásito, hay que sintonizarlo completo. Acoplamiento directo. Dolor máximo durante la calibración, pero después… —se encogió de hombros— quizás sobrevivas a la próxima ronda.
Kael tragó saliva. El rastreador en su muñeca vibró: 58 horas restantes.
—Hazlo.
Jax no perdió tiempo. Lo llevó al simulador clandestino dentro del taller. Kael se acomodó en la cabina del V-01. Las correas se cerraron solas. Jax bajó el interruptor principal.
El pulso blanco estalló desde la base del cráneo. Luego vino la invasión. Cada actuador, cada placa de blindaje, cada soldadura defectuosa se convirtió en terminación nerviosa propia. Sintió el actuador de rodilla izquierda como un destornillador caliente clavado en la rótula. El estabilizador dorsal crujía como vértebras dislocadas.
—Respira —ordenó Jax desde el monitor—. No luches contra el feedback. Acéptalo.
Kael gritó entre dientes. El módulo prototipo latía dentro de su médula como un segundo corazón. Entonces, por primera vez, el V-01 respondió antes de que él lo pensara. Un simple impulso de giro y el chasis giró con precisión quirúrgica. Velocidad inhumana.
—Secuencia de evasión alfa-nueve —dijo Jax—. Ahora.
Kael no pensó. Sintió. El V-01 se lanzó hacia adelante, esquivó un proyectil simulado por centímetros, contragolpeó con el cañón de hombro. El registro marcó 0.17 segundos de latencia. Imposible para cualquier Cadete de Prueba.
Pero cada impacto, cada giro brusco, se traducía en dolor real. Cuando el simulador terminó la secuencia, Kael cayó de rodillas fuera de la cabina, vomitando bilis. Sus manos temblaban sin control.
Jax se acercó.
—Ahora sí tienes un piloto. Quizás no por mucho tiempo.
Kael se limpió la boca con el dorso de la mano.
—Necesito un disipador neuronal. De emergencia. Modelo 77-K o superior.
Jax asintió.
—Al mercado. Pero prepárate: tu nombre ya circula. Los precios suben cuando alguien huele sangre.
El Mercado Central de Chatarra bullía bajo pantallas que repetían la clasificación: Kael, tercero, +180 prestigio, parpadeando en ámbar. Se detuvieron frente al tenderete de Roldán.
—Disipador 77-K —dijo Jax.
Roldán sonrió torcido.
—Se acabó la ganga, Chatarra. Doce mil créditos. O equivalente en prestigio.
Kael sintió el estómago contraerse. Saldo: 4.800 créditos y 180 puntos recién ganados. Vender prestigio bajaría su rango provisional. Perdería acceso.
—¿Y si pago con deuda privada? —preguntó Kael.
Roldán entrecerró los ojos.
—Con aval de Chatarra. Intereses del 18 % mensual. Firma aquí.
Jax firmó sin dudar. Kael sintió el peso de esa firma como otra soldadura en su columna.
Mientras salían, el rastreador vibró con fuerza. Mensaje oficial: “Revisión técnica obligatoria del chasis V-01. Presentarse en 72 horas.”
De vuelta en el taller, Jax instaló el disipador. Kael permaneció conectado al máximo. Cada tornillo que entraba era un clavo en hueso vivo. Sintió el metal raspar contra el puerto cervical como si le abrieran la nuca con una ganzúa fría.
—No te desconectes —advirtió Jax—. Si lo haces ahora, perdemos la ventana.
Kael se negó. Apretó los dientes hasta que crujieron. El disipador encajó. Un chasquido grave. El módulo se estabilizó. El tiempo de reacción cayó a 0.09 segundos en prueba final.
Kael abrió los ojos dentro de la cabina. Ya no había diferencia entre carne y metal. Sentía el dolor de cada pieza dañada del V-01 como si fuera suyo: las grietas en el blindaje torácico, las soldaduras frías en los hombros, el actuador de rodilla que nunca volvería a ser el mismo.
Pero también sentía su potencia. Su velocidad. Su rabia.
El módulo no solo compensaba daño. Reescribía protocolos de seguridad obsoletos. Permitía overdrive sostenido más allá del límite rojo. A costa de su propia médula.
Jax lo miró desde abajo.
—Ahora eres uno con la máquina. Felicidades. O condolencias. Depende del día.
Kael no respondió. Solo sintió el siguiente latido compartido.
El dolor ya no era enemigo.
Era combustible.