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Chapter 4: El costo del metal

Kael descubre sabotaje quirúrgico en los actuadores de rodilla del V-01 minutos antes de la prueba de maniobra veloz. Compensa el daño redirigiendo el amortiguador de inercia y usando el módulo prototipo en vectoriales extremos, logrando picos de 214 % de eficiencia y terminando tercero (+180 prestigio), suspendiendo la confiscación por 96 horas. En el túnel de salida confronta a dos secuaces de Valeria, quien aparece personalmente y le promete que no llegará a la siguiente ronda. El enlace neuronal con el módulo se profundiza al punto de que Kael siente el daño del chasis como propio.

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El costo del metal

Treinta y siete minutos.

Kael entró al hangar con el sabor metálico de la sangre en la boca. La insignia de Cadete de Prueba pesaba más que el casco que acababa de colocarse. Conectó el núcleo de enlace rápido y el sistema despertó con un latigazo que le recorrió la nuca. Diagnósticos en rojo.

Actuadores de rodilla – corte limpio, 0 % funcionalidad.

No era fallo por uso. Las incisiones eran demasiado precisas, el metal todavía caliente al tacto cuando pasó los dedos por la junta. Alguien con acceso élite había estado allí en las últimas dos horas. Alguien que sabía exactamente dónde cortar para que el fallo se produjera en plena carrera.

Denunciar significaba abrir una investigación. Investigación significaba suspensión. Suspensión significaba que el V-01 volvía al reciclador antes del atardecer y él volvía a la lista de candidatos para las minas de cobalto. Treinta y siete minutos se convirtieron en treinta y cuatro mientras el temporizador del sistema parpadeaba.

No iba a pedir ayuda. Iba a convertir el sabotaje en ventaja.

Abrió el diagnóstico profundo del módulo prototipo. La interfaz tembló, se tiñó de un verde enfermo y luego se estabilizó. Kael sintió el pulso del módulo como si alguien le hubiera metido un cable vivo bajo la piel. Redirigió el amortiguador de inercia hacia las piernas: sacrificó control lateral por empuje lineal puro. Cada curva cerrada iba a doler. Cada frenada iba a arrancar más integridad estructural. Pero en línea recta el V-01 iba a volar.

Se levantó. El chasis crujió como huesos viejos. Kael sintió el eco del daño en sus propias rodillas, un pinchazo fantasma que ya no era tan fantasma. El enlace neuronal se estaba volviendo demasiado profundo.

—Treinta y dos minutos —dijo la voz impersonal.

Kael no contestó. Caminó hacia la compuerta.

El rugido de la Arena Central lo golpeó como un puñetazo. Gradas llenas, pantallas gigantes mostrando: Kael – Cadete de Prueba – V-01 – Integridad estructural 74 %. Los otros nueve cadetes alineados relucían con escapes de plasma azul. Él dejaba un rastro de humo negro y olor a aislamiento quemado.

Desde el palco superior, Valeria no aplaudía. Sus dedos tamborileaban una vez, dos, y se detuvieron.

—Prueba de Maniobra Veloz —anunció el sistema—. Cinco vueltas. Obstáculos dinámicos nivel tres. Puntuación combinada: tiempo + precisión. Inicio en diez…

Kael alineó el V-01. Las piernas temblaban bajo la tensión contenida. El silbido del actuador izquierdo ya era audible.

Cero.

Aceleró.

Primera vuelta: soportable. El amortiguador nuevo tragaba los badenes. El núcleo de enlace mantenía la respuesta casi instantánea. Pero cada curva hacía crujir el torso como si aplastaran aluminio dentro de su caja torácica.

Segunda vuelta: el actuador izquierdo entró en fallo secuencial. Kael compensó con micro-pulsos del módulo, desviando potencia a los estabilizadores de cadera. La eficiencia subió a 192 %. La pantalla lo mostró en grande. La grada dejó de burlarse y empezó a murmurar.

Tercera vuelta: el actuador izquierdo se partió con un chasquido que Kael sintió en los dientes. El V-01 patinó a 310 km/h hacia la barrera externa. Sin tiempo para pensar, activó compensación vectorial total. Los propulsores laterales del amortiguador rugieron al blanco. El chasis se inclinó en un ángulo que ningún manual permitiría. Rozó la barrera, la placa reactiva chispeó, y recuperó tracción a medio metro del desastre.

Eficiencia pico: 214 % durante cinco segundos. La multitud estalló. No era burla. Era incredulidad convertida en ruido.

Cuarta y quinta vuelta fueron puro sufrimiento controlado. Cada giro arrancaba integridad. Cada recta era una apuesta a que el chasis aguantara un segundo más. Cruzó la meta en tercer lugar.

El tablero oficial actualizó: +180 puntos de prestigio. Confiscación del chasis V-01 suspendida – 96 horas.

Kael exhaló. Había comprado tiempo. No seguridad.

El túnel de salida olía a aceite recalentado y adrenalina vieja. Kael salió del cockpit con las piernas temblorosas dentro del traje. El V-01 quedó atrás, humeante, placas reactivas todavía soltando chispas azules.

No había dado diez pasos cuando dos figuras de traje negro con emblema plateado de la Casa Veyra le cortaron el camino.

El más alto sonrió con dientes perfectos. —Cadete de Prueba… bonito título para un rato de chatarra.

El otro soltó una risa seca. —214 % otra vez. Imposible. Nadie sube tanto con un V-01 que ya debería estar fundido.

Kael mantuvo la vista en la salida. El rastreador en la base del cráneo latía como un segundo pulso. Cualquier golpe y el sistema lo marcaría como agresor. Adiós prestigio. Adiós prórroga.

El alto se acercó más, hombro contra hombro. —La jefa dice que no llegarás a la siguiente ronda. Y la jefa nunca se equivoca.

Un empujón disimulado al pecho. Kael retrocedió un paso. En vez de devolverlo, dejó que el V-01 —aún caliente y conectado a distancia— emitiera un chirrido agudo de sobrecarga desde el hangar. Los dos se tensaron. El sonido era inconfundible: un chasis al borde del colapso, pero todavía con potencia suficiente para aplastarlos si decidía moverse.

Valeria apareció al fondo del túnel, bajando los escalones con pasos medidos. Se detuvo a cinco metros.

—No fue suerte —dijo con voz calma, casi suave—. Fue algo que no debería existir en un montón de chatarra como el tuyo.

Sus ojos no tenían desprecio. Tenían certeza fría. —No llegarás a la siguiente ronda, Kael.

Giró y se marchó. Los secuaces la siguieron sin mirar atrás.

Kael quedó solo en el túnel, respirando agitado. El módulo prototipo seguía latiendo en el fondo de su mente, caliente, hambriento. Por primera vez el dolor de cada grieta en el chasis ya no era fantasma. Era suyo. Cada fisura, cada soldadura a punto de saltar, le dolía en los nervios como si el V-01 y él fueran la misma cosa rota que se negaba a detenerse.

Y la siguiente ronda ya tenía nombre.

La conexión neuronal era demasiado profunda.

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