La escalera de hierro
El V-01 llegó al taller arrastrado por dos cadenas oxidadas que chirriaban contra el suelo de cemento agrietado. Cada metro dejaba un reguero de fluido hidráulico negro que olía a cobre quemado y a promesas rotas. Kael caminaba al lado, con la palma derecha todavía temblando por el feedback del overdrive. Dieciocho horas. Eso era lo que le quedaba antes de que el acceso nivel 2 al almacén caducara y el chasis volviera a ser chatarra reciclable.
Jax salió de la penumbra del hangar sin camisa, el torso cubierto de grasa vieja y cicatrices que parecían mapas de batallas perdidas. Miró el meca, luego a Kael, y soltó un silbido largo y seco.
—214 %. Y sigues respirando. Increíble.
Kael apoyó la mano buena en el muslo destrozado del V-01. La plancha estaba abultada hacia afuera, como si algo dentro hubiera intentado escapar a la fuerza.
—No vine a que me aplaudas, Jax. Necesito que camine. Dieciocho horas.
El viejo escupió al suelo.
—Con ese daño estructural no camina. Cojea, se arrastra o explota. Repararlo mínimamente… —señaló las grietas que corrían desde la junta de cadera hasta la columna vertebral— cuesta más que tu vida actual.
Kael sintió el pulso en las sienes. Sabía lo que venía: negociación de suburbio, sangre o promesas.
—¿Cuánto?
Jax se limpió las manos en un trapo que alguna vez fue blanco.
—Mitad de todo lo premium que saques de aquí en adelante. Y no hablo de tu ración de comida. Hablo de piezas que valgan algo en el mercado negro. Firma o te devuelvo este trasto a la arena tal cual está.
Kael apretó la mandíbula hasta que le dolió. Miró el contador en su visor retinal: 17 horas y 43 minutos. No había margen para orgullo.
—Mitad. Pero solo de lo que yo saque con mis manos. Nada de lo que te pase a ti por debajo de la mesa.
Jax sonrió con dientes amarillos.
—Trato hecho, pequeño prodigio.
Dos horas después el V-01 tenía soldadura de emergencia en las juntas críticas y un bypass temporal en el núcleo de energía que le devolvía movilidad básica. No era bonito, pero caminaba. Jax le clavó una insignia provisional en el pecho del piloto con un golpe seco.
—La próxima sobrecarga te parte en dos. No digas que no te avisé.
Kael no respondió. Solo giró el chasis hacia la salida. El eco metálico resonó como un latido acelerado.
Los pasillos principales de la academia olían a ozono y aceite recalentado. Kael avanzaba con pasos cortos, el eco de sus botas contra las placas de aleación gastada. La insignia provisional ardía en el bolsillo como un carbón vivo. No había dado diez pasos cuando el corredor se estrechó.
Dos siluetas bloqueaban la luz fría de los paneles superiores. Valeria. Vestida con el negro pulido de los herederos de primera línea, flanqueada por un par de escoltas con brazaletes de cromo C-3.
—Vaya —dijo ella, voz suave como un servomotor de precisión—. El ratón de cloaca ya camina por los pasillos de los grandes.
Kael detuvo la marcha. No bajó la mirada. Simplemente la miró. Fijamente. Como si ella fuera un obstáculo más.
—Muévete.
Uno de los escoltas soltó una risa corta. Valeria alzó una mano enguantada. El sonido cesó.
—¿Sabes cuántas veces he visto a alguien como tú llegar hasta aquí? Siempre terminan igual. El chasis se rompe, la pantalla de clasificación se apaga y vuelven a la cloaca de donde salieron. Pero tú… —inclinó la cabeza— tú tienes algo que no deberías tener. Y ya lo sabemos todos.
Kael mantuvo la respiración controlada.
—No sé de qué hablas.
Valeria dio un paso lento hacia adelante.
—El Torneo de Ascenso ya tiene tu nombre. Estás inscrito como prueba viviente. Para ser eliminada o… aprovechada. Depende de cuánto duren tus trucos de cloaca.
Los escoltas se movieron un poco, abriendo espacio para que la amenaza se sintiera más pesada. Kael sintió el sudor frío en la nuca, pero no retrocedió.
—Entonces supongo que nos veremos en la arena —dijo, voz baja—. Y ahí no habrá palabras.
Valeria sonrió sin alegría.
—No llegarás a la siguiente ronda, paria.
Se hizo a un lado. Kael pasó entre ellos sin rozarlos. El pulso le martilleaba en los oídos todo el camino hasta la puerta del almacén.
El zumbido de los servos del V-01 todavía resonaba en los huesos de Kael cuando las puertas blindadas del almacén nivel 2 se abrieron con un siseo hidráulico. El aire olía a lubricante quemado y ozono viejo. Detrás de un escritorio de aleación negra esperaba el Administrador. Solo él. Y la insignia de Cadete de Prueba brillando sobre su pecho.
Kael entró sin saludar. El chasis caminaba torcido; cada articulación gemía. Integridad estructural: 31 %.
—Te esperaba antes —dijo el Administrador sin levantar la vista de la tableta—. Pero supongo que primero tuviste que arrastrar esa chatarra hasta aquí.
Kael se detuvo frente al escritorio.
—¿Vino a darme la medalla o a decirme que el 214 % fue un error?
El hombre sonrió sin calidez. Giró la tableta. En la pantalla flotaba la repetición de la maniobra final: el V-01 girando sobre un pie destrozado, el módulo prototipo escupiendo plasma azul, el Centinela clase B cayendo con el torso partido. Contador congelado: 214 %.
—No fue un error. Fue datos. Y datos valiosos. El Campo de Pruebas no es solo un patio de juegos para cadetes. Es una granja de reclutamiento. Filtramos pilotos para la guerra que viene. La que no sale en los boletines oficiales.
Kael sintió un frío que no venía del aire acondicionado.
—¿Guerra civil?
—Llámalo como quieras. Lo importante es que tú ya no eres invisible. Y eso tiene precio.
El Administrador se levantó. Caminó hasta una estantería sellada y abrió tres compartimentos con huella.
—Amortiguador de inercia clase A. Núcleo de enlace rápido. Placa de blindaje reactivo. Firma aquí y son tuyos. Condición: el rastreador ya está activo. Todo lo que hagas se transmite.
Kael miró las piezas. Pesadas. Brillantes. Exactamente lo que necesitaba para que el V-01 no se desarmara en la próxima pelea.
Firmó.
Media hora después los componentes estaban montados. El chasis ya no gemía al caminar. Pero cada vez que Kael intentaba una secuencia más agresiva, una descarga le subía por la columna desde el implante en la nuca. No lo tumbaba. Solo recordaba quién controlaba el interruptor.
En el simulador secundario del almacén, Kael se conectó. El V-01 despertó con un ronroneo más limpio. Movió el brazo derecho: fluido. Giró la muñeca: preciso. Propulsores al 80 %: estable. La pantalla marcó Eficiencia sostenida 180 % – Integridad estructural 74 %.
Por primera vez el trasto no parecía a punto de morir.
Entonces llegó otra descarga. Más fuerte. Kael apretó los dientes.
Arriba, en el palco superior, Valeria observaba. Sus ojos no mostraban desprecio. Mostraban cálculo frío.
El Administrador apareció en el monitor del simulador.
—Felicidades, Cadete de Prueba.
Una bandeja se abrió junto al asiento. Dentro, la insignia oficial. Más pesada que la provisional. Kael la tomó. Sintió el metal frío contra la palma.
Era un ascenso.
También una sentencia de muerte pública.
Y desde el palco superior, los ojos de Valeria seguían fijos en él. No parpadeaban.
'No llegarás a la siguiente ronda'.