Calibración bajo fuego
El visor parpadeaba en rojo: 47 minutos para el desmantelamiento automático del V-01. Cuarenta y siete minutos para que el chasis fuera declarado chatarra oficial y Kael terminara encadenado en las minas de cobalto, respirando polvo azul hasta que los pulmones se le volvieran vidrio. El módulo prototipo latía contra su nuca como un segundo corazón que ya sabía que iba a estallar.
En el centro de la arena, el Centinela clase B trazaba círculos lentos. Blindaje pulido, estabilizadores activos, lanza de plasma zumbando con carga completa. Su piloto ni siquiera abrió el canal público. No hacía falta. El desprecio se leía en cada movimiento preciso, en cada watt que no desperdiciaba.
Desde las gradas bajas subía un rugido de apuestas. La mayoría había puesto contra el V-01. Los más cínicos apostaban minutos exactos antes del colapso. Kael los ignoró. Solo existía el cronómetro y la única ración de emergencia que le quedaba en el acumulador auxiliar.
Abrió el panel de inyección directa con dedos que no temblaban. Conectó los cables que Jax le había marcado con carbón la noche anterior, murmurando entre tragos: «Si vas a quemarte, muchacho, que sea con estilo».
Inyectó.
Un relámpago blanco le atravesó el cráneo. El dolor le arrancó el aire. Por un instante pensó que se había quedado ciego. Luego el visor se estabilizó y el mundo se llenó de líneas doradas.
Trayectorias predictivas. Fractura del 7% en la articulación de la rodilla derecha del Centinela. Sobrecalentamiento del 14% en el núcleo de plasma. Ventana de disparo: 1.8 segundos. El módulo no mejoraba la puntería. Reescribía el combate entero. Y cobraba en metal y carne.
La pierna izquierda del V-01 se agarrotó con un chasquido seco. Dos servomotores principales se fundieron. Humo negro brotó por las juntas como sangre. El chasis entero gimió, un lamento de hierro viejo.
Kael apretó los dientes. Activó el overdrive manual.
El V-01 se lanzó hacia adelante con un crujido que lanzó chispas contra el suelo de la arena. No esquivó la lanza de plasma. La recibió con el antebrazo reforzado. El calor arrancó media placa de blindaje y le subió dolor fantasma por el brazo como si le hubieran arrancado la piel con alicates calientes. Kael gruñó, pero no soltó.
Aprovechó el contacto. Giro imposible de muñeca. El cañón principal del V-01 —un arma de calibre bajo que todos despreciaban— escupió un proyectil único. Guiado por las líneas doradas, impactó exactamente en la junta del hombro enemigo.
El Centinela se congeló a mitad de carga. Brazo colgando inútil. Luces rojas parpadeando en cascada.
Silencio.
La arena entera contuvo el aliento.
Kael jadeaba. El módulo se había enfriado, pero el V-01 estaba destrozado. Cada respiración hacía crujir algo nuevo. La pierna izquierda apenas arrastraba. El cronómetro marcaba 41 minutos.
Arriba, en las gradas altas, Valeria se inclinó sobre el barandal. Sus nudillos blancos contra el metal. La mirada ya no era de desprecio puro. Era cálculo. Sospecha. Peligro.
El Administrador bajó a la plataforma con pasos medidos. Traje impecable, olor a autoridad y lubricante caro. Se detuvo frente al V-01 humeante.
—Piloto 7-G —su voz retumbó por los altavoces—. Eficiencia registrada: 214% por encima de las especificaciones base del chasis V-01. Victoria técnica confirmada.
Hizo una pausa deliberada, como si le doliera pronunciar las siguientes palabras.
—Por resolución del Comité de Pruebas, se te otorga el rango provisional de Cadete de Prueba. Acceso nivel 2 al almacén de componentes. Supervisión directa de la Secta.
Extendió una mano enguantada. En la palma descansaba una insignia triangular de aleación mate. El símbolo del siguiente escalón… y de la diana recién pintada en la espalda de Kael.
Kael la tomó. El metal estaba helado. Pesado.
La multitud rompió el silencio con murmullos. Algunos aplaudían a regañadientes. La mayoría miraba con recelo. Un paria no debía ganar. Mucho menos de esa manera.
Valeria giró sobre sus talones y desapareció entre los asistentes de élite. Pero Kael había alcanzado a ver la última expresión en su rostro: no ira limpia. Miedo disfrazado de furia.
El módulo prototipo zumbó una vez más, débil, casi una advertencia.
Kael cerró los ojos un segundo. Había comprado tiempo. Había comprado un escalón. Pero el precio no era solo metal fundido y nervios quemados.
Ahora todos los ojos que importaban en la Secta de Hierro estaban puestos en él.
Y el siguiente combate no sería contra un Centinela clase B.
Sería contra el sistema mismo.