La prueba pública final
El hangar 4-B apestaba a ozono y a la desesperación de los que saben que tienen las horas contadas. Kaelen apretó los dientes, sintiendo el pulso martillear contra la venda que cubría su antebrazo. La quemadura del Módulo Prototipo no era solo una herida; era un recordatorio constante de que su cuerpo estaba siendo consumido para alimentar una máquina que no debía existir. Frente a él, el Chatarrero-7 parecía un cadáver metálico remendado con chatarra de desguace. El indicador de integridad estructural parpadeaba en un rojo agónico: 41%.
—Si intentas una maniobra de alta sincronización, el chasis se fragmentará antes de que alcances el primer sector —la voz de Valeria cortó el aire estancado. Estaba apoyada contra un pilar, impecable, con el uniforme de la élite académica brillando bajo las luces de neón. Sus ojos, sin embargo, no buscaban el error en su postura, sino en los circuitos expuestos que palpitaban con una luz azulada, una firma energética que gritaba 'ilegal' a cualquier sensor de la Academia.
Kaelen no levantó la vista. Ajustó el último perno con una llave inglesa que le temblaba en la mano. —Tengo cinco minutos de autonomía antes de que el núcleo se sobrecaliente. Y otros cinco para ganar. No necesito que el chasis dure más, Valeria. Solo necesito que no se desintegre antes de que el jurado vea lo que este prototipo puede hacer.
—La Academia no quiere ver nada —replicó ella, acercándose un paso. Su voz perdió el tono gélido y ganó una urgencia impropia—. Han enviado a los campeones de la promoción superior. Es una ejecución pública, Kaelen. Si despliegas ese mech, te convertirás en el ejemplo que necesitan para justificar la purga de los niveles inferiores.
—Entonces será una ejecución muy ruidosa —respondió él, sellando la placa de blindaje. El motor rugió, un sonido metálico y agónico que hizo vibrar el suelo del hangar.
La arena de pruebas era una jaula de cristal y acero. En las gradas, el silencio de los palcos superiores contrastaba con el murmullo tenso de los estudiantes de los niveles inferiores, que observaban a Kaelen como si fuera un mártir. Tres mechs de clase Vanguardia, pulidos como espejos y cargados con armamento de grado militar, cerraron el círculo en formación de pinza.
—Anomalía detectada —la voz del sistema de la Arena resonó, fría y mecánica—. Identificación: Chatarrero-7. Prioridad de purga: Alta.
Los tres Vanguardia abrieron fuego. El aire se llenó de estelas de plasma. Kaelen no intentó bloquear; no podía. En lugar de eso, activó el registro de guerra del Módulo. La interfaz neuronal le inyectó una ráfaga de datos tácticos: vectores de ataque, puntos ciegos térmicos, la frecuencia de vibración del suelo. Kaelen movió el Chatarrero-7 con una fluidez que desafiaba su estado ruinoso. Esquivó el primer haz por milímetros, sintiendo el calor del disparo chamuscar su propio brazo a través del enlace, y devolvió el golpe con una sobrecarga en el sistema de pistones que hizo que su brazo mecánico desgarrara el flanco del primer Vanguardia.
La multitud rugió. No era el aplauso educado de la Academia, sino el grito de los olvidados que veían a uno de los suyos desmantelar a un dios de metal. Valeria, observando desde una plataforma lateral, apretó los puños. Sabía que Kaelen estaba hackeando algo más que los mechs: estaba colapsando la lógica de la arena.
—¡Ahora! —rugió Kaelen, inyectando todo el pulso restante del Módulo en la estructura de soporte de la arena. El suelo debajo de los dos Vanguardia restantes se fracturó, las vigas de carga colapsaron bajo el peso del impacto, y la estructura se dobló, inmovilizándolos en una trampa de metal retorcido.
Kaelen se alzó sobre los restos de sus oponentes, el Chatarrero-7 humeando, con la integridad cayendo en picada, pero victorioso. El silencio que siguió fue absoluto. La Academia no podía borrar lo que acababa de suceder frente a miles de testigos. Pero mientras la multitud estallaba en una euforia peligrosa, el Módulo vibró en su antebrazo, revelando una verdad oculta: la arena no era solo un campo de entrenamiento, sino una pieza de una maquinaria mayor, una llave que Kaelen acababa de girar. La puerta hacia los niveles superiores se abrió, revelando no un ascenso, sino una escalera hacia la verdadera arquitectura de la Torre, una que estaba construida para reciclar a los que subían. Kaelen se perdió en los ductos de servicio, dejando atrás una Academia en caos y una jerarquía rota, con el Módulo ardiendo con la promesa de una guerra que apenas comenzaba.