Falla en el núcleo
La alarma del Nivel Medio no sonaba como una advertencia; sonaba como un veredicto. A las 03:14, el hangar 4-B se inundó de una luz roja estroboscópica que cortaba la penumbra como una cuchilla. Kaelen se despertó en el suelo, con el antebrazo izquierdo palpitando al ritmo del zumbido metálico que emanaba del Chatarrero-7.
El mech, su única posesión y su única oportunidad de ascenso, convulsionaba en los soportes de carga. Sus sensores de diagnóstico proyectaban un holograma inestable sobre el suelo de rejilla:
Integridad Estructural: 41% Sobrecarga del Módulo Prototipo: 76% (Crítica)
Kaelen se puso en pie, ignorando el mareo. Sus créditos estaban a cero tras pagar la deuda de Ivo. No había piezas de repuesto, ni tiempo para solicitar una reparación oficial. Si el sistema de vigilancia de la Academia detectaba la firma energética del Módulo antes del amanecer, el Chatarrero-7 sería confiscado y él, desterrado a los pozos de desguace.
Corrió hacia el chasis. El aire olía a ozono y a metal quemado. Al acercarse, una figura bloqueó su camino. Era un técnico de vigilancia, un hombre de rostro grisáceo y ojos de halcón, que observaba la escena desde la pasarela superior.
—El Chatarrero-7 está emitiendo una frecuencia prohibida, Kaelen —dijo el hombre, su voz resonando en el hangar vacío—. La Academia no tolera anomalías en la víspera de la evaluación.
—Es un fallo de calibración, nada más —respondió Kaelen, sin detenerse. Su mano buscó el código de acceso manual en el panel de la escotilla.
—Si entras ahí, no saldrás antes de que llegue la patrulla de purga —advirtió el técnico.
Kaelen introdujo la secuencia. La escotilla se abrió con un siseo hidráulico. Entró y selló el acceso, dejando al técnico afuera. Dentro, el chasis era un infierno de cables expuestos y chispas. El Módulo Prototipo, incrustado en el núcleo, palpitaba con una luz violeta que no debería existir. Cada pulso le enviaba una descarga de dolor directo a la médula, una conexión neuronal que se estaba volviendo permanente.
No te rompas ahora, pensó, forzando sus manos entre los conductos de energía.
El calor era insoportable. Al girar el primer regulador, el mech gimió. Un soporte estructural se fracturó con un sonido seco. Kaelen apretó los dientes, sintiendo cómo el Módulo drenaba su propia energía vital para estabilizar el reactor. Su visión se volvió borrosa, pero entonces, en medio del caos, el patrón se reveló. No era ruido. Era un mapa.
Sus dedos presionaron el nodo principal con una precisión que no recordaba poseer. El zumbido bajó de tono. La sobrecarga descendió: 74%… 71%… 68%…
El dolor se transformó en una claridad fría. De repente, su mente se inundó de datos: esquemas de la Torre de Hierro, puntos de presión sísmica, vectores de colapso. El Módulo no era un error de fabricación. Era una llave maestra diseñada para derribar la estructura desde adentro. La revelación le golpeó con más fuerza que la sobrecarga: alguien había dejado esto ahí a propósito.
Un golpe seco en la escotilla exterior lo devolvió a la realidad.
—Kaelen —la voz de Valeria era gélida, cargada de una urgencia que no pudo ocultar—. Abre. La Academia ha detectado la firma. Si no sales ahora, no habrá evaluación mañana. Habrá una ejecución.
Kaelen se quedó inmóvil. La sangre de su brazo herido goteaba sobre el núcleo, pero el Chatarrero-7 estaba estable. La llave estaba en sus manos. Podía ocultar los datos, o podía usarlos.
Mañana, en la arena, la Academia vería a un chatarrero con un mech roto. Pero él sabía la verdad: la Torre no era una fortaleza, era una jaula, y él acababa de encontrar la salida.