Duelo de espejos
El simulador de la Academia recibió a Kaelen con un zumbido seco, un vacío de presión negativa que se le clavó en los oídos. En la esquina superior derecha de su visor, el tablero de diagnóstico proyectaba la sentencia: Integridad del Chatarrero-7: 41%. Debajo, un aviso parpadeante en ámbar advertía sobre el riesgo inminente de colapso estructural por vibración. Kaelen apretó los mandos, sintiendo cómo la herida de su antebrazo, ganada en la integración del Módulo, palpitaba al ritmo de los ventiladores del mech.
—Sujetos autorizados: dos. Supervisión: total —la voz sintética de la IA cortó el aire. El cronómetro de la evaluación marcaba 00:09:58.
Valeria ya estaba en posición. Su unidad, un modelo de élite inmaculado, era la antítesis del Chatarrero-7: blindaje pulido, articulaciones hidráulicas sin rastro de desgaste y una firma térmica tan estable que parecía una línea dibujada con regla. Ella no lo miró; simplemente levantó una mano y su visor disparó una línea de diagnóstico directa al sistema de Kaelen.
—Tu firma térmica sigue desviándose —dijo Valeria por el canal abierto, su voz cortante como un bisturí—. La Academia no nos ha encerrado aquí por capricho. Quieren ver si eres una anomalía o un error de cálculo.
Kaelen sintió el tirón del Módulo Prototipo en la base de su columna. El sistema intentaba forzar una sincronización, buscando los archivos de lectura de batalla para predecir los movimientos de Valeria. Kaelen cerró los ojos un segundo, forzando una desconexión manual. Si dejaba que el Módulo tomara el mando, los sensores de la Academia lo marcarían como tecnología prohibida en segundos. Tenía que ganar este duelo con sus propias manos, con el metal viejo y el instinto de chatarrero, o no habría futuro en el Nivel Medio.
Valeria avanzó. Su mecha no corría, deslizaba. Dos pasos, giro de hombro, un barrido de lanza diseñado para obligar al oponente a abrir su guardia. Kaelen se dejó caer, sintiendo cómo la vibración del chasis le entumecía los huesos, y respondió con una maniobra sucia: un pivote sobre una sola pierna que hizo que el Chatarrero-7 chirriara como un animal herido. El impacto de la lanza de Valeria pasó a milímetros de su cabina.
—¿Eso es todo? —bromeó ella, aunque su ritmo se aceleró. Lanzó una estocada triple, perfecta, académica. Kaelen no intentó bloquearla. En su lugar, sobrecargó un micro-impulsor lateral, arriesgando la integridad de su pierna derecha. El Chatarrero-7 se sacudió violentamente, pero el movimiento le permitió entrar en el punto ciego de Valeria. Con un golpe seco en el servomotor de la cadera de la unidad rival, Kaelen forzó un desequilibrio. Valeria intentó corregir, pero su técnica de manual no contemplaba la improvisación errática de alguien que ha aprendido a reparar mechs con chatarra.
Kaelen lanzó una estocada frontal, no al pecho, sino al punto de anclaje de la lanza. El choque metálico resonó en toda la arena. El frame de Valeria retrocedió, sus sistemas de estabilización entrando en modo de emergencia. Kaelen no se detuvo; cargó, ignorando la advertencia de colapso del 41%, y golpeó el panel de control de la unidad de Valeria con la precisión de un cirujano.
El silencio que siguió fue absoluto. El sistema de la arena virtual declaró el final: Ganador: Kaelen.
Al salir de la cabina, el aire del hangar le supo a ozono y derrota inminente. El Chatarrero-7, humeante en la plataforma, parecía a punto de desmoronarse. Valeria ya estaba allí, el casco bajo el brazo, el uniforme impecable. Pero su rostro… ya no había arrogancia. Había una mezcla de miedo y una fascinación fría que le heló la sangre.
—Tuviste suerte —dijo ella, aunque su voz carecía de convicción.
—Si fuera suerte, estarías de pie —replicó Kaelen, secándose el sudor con la mano herida.
Valeria dio un paso hacia él, bajando la voz. —La Academia no está midiendo tu victoria, Kaelen. Está midiendo la grieta. Han empezado la purga de los niveles inferiores. Los que no encajan en el sistema están siendo borrados, y tú… tú eres la anomalía más grande que he visto en años.
Kaelen miró hacia las pasarelas superiores. Dos instructores de la Academia observaban desde la sombra, sus tabletas registrando cada dato de su combate. El triunfo en la arena no era una salvación; era una sentencia. Había ganado el duelo, pero había expuesto su capacidad de romper el sistema, y ahora, el sistema vendría a cerrarlo. La purga era inminente, y él sabía que, en la Torre, las grietas no se reparan: se eliminan.