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Chapter 5: Sabotaje en la sombra

Kaelen repara el Chatarrero-7 bajo presión, neutralizando un sabotaje en sus sensores mediante una redirección táctica del código. Durante la prueba de velocidad, el Módulo Prototipo toma el control parcial del mech, permitiendo a Kaelen navegar a ciegas y batir el récord de su rango. La academia lo asciende al nivel medio, pero el evento revela que Valeria y la facción dominante están vigilándolo estrechamente, convirtiendo su ascenso en una jaula de alta seguridad.

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Sabotaje en la sombra

El aviso de cierre de pista resonó con una frialdad administrativa que tensó cada fibra de Kaelen: ocho minutos. Ocho minutos para dejar el Chatarrero-7 listo o quedar fuera de la prueba, condenado a ser una carcasa más en el desguace de los niveles inferiores. En la Torre, esos minutos valían más que un año de vida.

Kaelen trabajaba con el torso inclinado sobre el pecho abierto del mech. El olor a metal quemado y ozono le raspaba la garganta. Tenía el antebrazo vendado bajo el guante de trabajo; la herida que le había cobrado el Módulo Prototipo latía con un ritmo febril, una deuda viva que no le permitía olvidar su precariedad. En la pantalla auxiliar, la integridad estructural seguía clavada en un crítico 41%. Debajo, la desviación de control marcaba un 22% y subía.

El número no era una estadística; era una sentencia. Se manifestaba en el mech como un temblor espasmódico en el cuello del chasis y una latencia traicionera en los servos. Kaelen pasó dos dedos por el panel de proximidad y la anomalía se reveló: una línea de código insertada con una precisión quirúrgica, diseñada para bloquear los giroscopios en el momento exacto de una corrección brusca. Un accidente inducido.

—Te dejaron una trampa con firma de élite —murmuró, mientras el Módulo respondía con un pulso de calor bajo su piel.

En el borde de su visor, el archivo Lectura de batalla se desplegó. No eran datos técnicos, sino patrones de movimiento y probabilidades de supervivencia que el Módulo procesaba en tiempo real, reescribiendo la lógica del Chatarrero-7. El costo era su propia energía vital. Kaelen tragó saliva, sintiendo la sequedad en la lengua. Si permitía que el prototipo tomara más control, el mech sería invencible, pero él terminaría desangrado o inconsciente.

—No te voy a arrancar —sentenció, con una sonrisa amarga—. Te voy a usar.

No tenía tiempo para purgar el código sin levantar sospechas. En lugar de borrarlo, Kaelen redirigió la instrucción para que imitara una falla de calibración vieja, un señuelo sucio pero creíble en un chasis de chatarra. El sabotaje seguiría ahí, pero apuntando al vacío. Cuando cerró el último acople, el Módulo reclamó su tributo: un tirón agudo en su brazo izquierdo que le nubló la vista por un segundo.

Al salir al pasillo, el contraste era brutal. La Torre se elevaba hacia pisos pulidos, silenciosos y letales. Valeria lo esperaba bajo el arco de inspección, impecable, con la calma de quien nunca ha tenido que mendigar una pieza.

—Pedí tu registro de combate formalmente —dijo ella, sin preámbulo—. Hoy veré si tu milagro tiene dueño o si solo eres una anomalía técnica.

—Y yo quiero ver cuánto tiempo tarda tu facción en arruinar a un mecánico decente —replicó Kaelen, ajustándose el guante.

Los inspectores llegaron en fila. La supervisora conectó la tableta al puerto del Chatarrero-7. El mech vibró, y por un instante, el Módulo intentó tomar el mando para mentir en los datos. Kaelen apretó los puños, conteniendo la máquina con pura fuerza de voluntad.

—La firma térmica es rara… pero estable —anotó el técnico.

—La estabilidad no me interesa —cortó la supervisora—. Me interesa que no se desintegre en pista. Pase.

Kaelen subió al cockpit. El interior olía a grasa vieja y a desesperación. Al sellarse la cabina, el mundo exterior desapareció. La pista de pruebas se extendió ante él: un circuito de curvas elevadas y puntos de compresión diseñados para romper cualquier chasis que no fuera de élite.

El semáforo cambió a verde.

El Chatarrero-7 salió disparado. El Módulo compensó la torpeza del chasis con una elegancia violenta. Kaelen sentía cada ajuste como una extensión de su propio cuerpo. Pero en la primera curva cerrada, el sabotaje se activó: los sensores de navegación se apagaron. Todo se volvió negro.

El mech se ladeó hacia el borde de la pista. El impacto del aire contra el blindaje fue una advertencia brutal. Kaelen no intentó revivir los sensores; cerró los ojos y se sumergió en el Módulo. La Lectura de batalla explotó en su mente: trayectorias, vibraciones del suelo, el gemido del metal. No veía la pista; la sentía.

El costo fue inmediato. Una fiebre le recorrió la clavícula mientras la desviación de control subía al 25%. Kaelen ignoró el dolor, usando el arnés y el sonido del chasis como sus únicos ojos. Giró, soltó peso, corrigió a ciegas. El Chatarrero-7 pasó por un hueco imposible entre dos obstáculos móviles, rozando el soporte central con un chispazo que iluminó la pista.

Arriba, el murmullo de la grada cambió. Ya no era desdén; era incredulidad.

En la sección final, el sabotaje intentó un último golpe, forzando un estabilizador. Kaelen corrigió a puro instinto, sintiendo la grieta en el costado del mech vibrar al borde de la fractura. Empujó el motor al límite, ignorando el aviso de integridad del 41%. El Chatarrero-7 cruzó la meta con un gemido agónico.

El cronómetro parpadeó: Récord de rango.

El silencio en la plataforma fue absoluto, roto solo por el zumbido de los ventiladores del mech. Valeria miraba la pantalla con una concentración que ya no era desprecio, sino una amenaza clara.

—Resultado confirmado —dijo el supervisor, con voz neutra—. Este estudiante sube de nivel.

Kaelen bajó del cockpit, con el cuerpo pesado y la herida palpitando. Valeria se acercó, lo suficiente para que solo él la oyera.

—Si la academia te admite en el nivel medio, no lo tomes como una recompensa —susurró ella—. Es una jaula más elegante.

Kaelen la miró, desafiante.

—Entonces aprenderé a romper barrotes nuevos.

Mientras se alejaba, Kaelen vio en los monitores la marca del sabotaje que la academia había ignorado. La pelea no era solo suya; la Torre acababa de convertirlo en un activo, y en el siguiente piso, la vigilancia no perdonaría ni un solo error.

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